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CON LA PATAGONIA Y OTROS PUNTOS EN DISPUTA

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02/11/2025

Unos 130 años atrás, Chile y la Argentina corrían una vertiginosa carrera… armamentista

Buques de guerra recibían los nombres de “O’Higgins” y “San Martín”, respectivamente. Nadie parecía recordar el Abrazo de Maipú.
El acorazado argentino "San Martín" (imagen coloreada).
El acorazado argentino "San Martín" (imagen coloreada).

En estos tiempos las fronteras entre Chile y la Argentina se cruzan sin contratiempos, más allá de las aglomeraciones que puedan darse en los fines de semana largos o en épocas de temporada alta. Vaivenes cambiarios de por medio, hay períodos en que el flujo es mayor desde Bariloche hacia Osorno y otras de circulación predominantemente inversa. Los momentos de equilibrio relativo son más bien raros, pero convengamos que, en el largo plazo, los vecinos de uno y otro país se benefician mutuamente de la fluidez del tránsito y no solo económicamente. No siempre fue así.

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Unos 130 años atrás, los que se beneficiaban de las tensas relaciones que sostenían los gobiernos de ambos países eran los astilleros europeos que construían barcos de guerra, entre ellos los británicos. En un periodo que se extendió por un par de décadas, tanto Chile como la Argentina protagonizaron una carrera armamentista que hoy sería impensable, no solo por las relaciones de entendimiento que predominan, sino también por las inimaginables sumas de dinero que el erario argentino canalizó hacia los astilleros ingleses u otros destinos. El cometido, no quedar demasiado atrás de la flota hipotéticamente adversaria.

En la década de 1860, la Argentina no contaba con nada que se pareciera a una fuerza naval marítima, aunque Chile tenía en su haber cinco buques de guerra. Como contrapartida, la Armada brasileña tenía una magnitud considerable. Además, junto con Ecuador, Bolivia y Perú, entre 1865 y 1866 Santiago sostuvo una contienda bélica contra España. Entre otros hechos de armas, Valparaíso tuvo que soportar un bombardeo. Aunque Buenos Aires no tuvo nada que ver en esa llamativa conflagración, la ausencia de poderío naval se hizo notar.

Como consecuencia de esa experiencia y también de la Guerra del Pacífico, hacia 1880 Chile contaba con la que muy probablemente fuera la Marina de Guerra más poderosa de Sudamérica. Si bien en 1881 se firmaría el tratado entre ambos países para delimitar por dónde pasarían las fronteras después de la incorporación por la fuerza de vastos territorios indígenas, las tensiones y desentendimientos se prolongarían por espacio de 20 años.

Al comienzo de la carrera, Chile incorporaron al crucero “Esmeralda” y la Argentina respondió con la adquisición de un monitor de torreta central que recibió el nombre de “Almirante Brown” y también del crucero que precisamente, se bautizó como “Patagonia”, en directa alusión a la enorme región en disputa. Para 1887, dos años después de la capitulación de Sayhueque, el Congreso trasandino sumó más de 3 millones de libras al presupuesto de la Armada.

Innovación tecnológica

Por entonces, la fuerza se organizaba en función de dos antiguos monitores de batería central que, a esta altura, rondaban los 20 años de antigüedad en una época en que los cambios tecnológicos se daban con velocidad. Se trataba del “Almirante Cochrane” y del “Blanco Encalada”. Para actualizarse, el país vecino encargó la construcción del que en las aguas sería el acorazado “Capitán Prat”. Se armó en Francia y constituyó una verdadera innovación a escala mundial, porque fue la primera embarcación de su tipo que contó con sistema eléctrico. También se sumaron los cruceros “Presidente Errázuriz” y “Presidente Pinto”, además de dos torpederos. Estuvieron listos en 1890.

El navío chileno "Blanco Encalada".

Buenos Aires respondió con otra orden de compra que incluyó a los acorazados “Independencia” y “Libertad”, que, sin embargo, fueron concebidos solo para navegación fluvial. De todas formas, la carrera armamentista naval estaba declarada y continuó durante toda la década de 1890 e inclusive, hasta los primerísimos años del nuevo siglo. Ni siguiera perdió ritmo cuando en 1891 estalló una guerra civil al interior de Chile.

Parecía un encuentro de tenis: en julio de 1895 la Argentina aceleró su ritmo y compró un acorazado de la clase Giuseppe Garibaldi, obviamente en Italia. Para que se tenga un parangón, de 10 buques similares que construyó el astillero italiano, tres quedaron en poder de la Marina Real italiana, uno en la española, dos en la japonesa y cuatro vinieron a la Argentina.

Ni lerdo ni perezoso, Chile respondió con la incorporación de otro crucero acorazado, que se bautizó como “O’Higgins” y seis torpederos. Otro de los navíos de la serie italiana que se adquirió para la Armada de la República Argentina se llamó “San Martín”. Evidentemente, nadie recordaba el abrazo que ambos próceres se dieron al lograr la victoria decisiva contra los realistas en Maipú.

La maratón belicosa aminoró un tanto cuando en 1899 y a través de la intervención diplomática estadounidense, los dos países llegaron a un acuerdo sobre un diferendo que tenía lugar en la Puna de Atacama, pero dos años después se reanudó la fiebre belicista. Buenos Aires insistió con acorazados de la clase Garibaldi en Italia y Santiago encargó dos buques de poderío similar, pero en astilleros británicos. Se llamarían “Constitución” y “Libertad”.

Quizá la enumeración de las sucesivas compras aburra al lector/a, pero hay que decir que continuaron a ritmo parejo hasta 1902. Afortunadamente, ese año los dos países celebraron los Pactos de Mayo, con decisiva participación del arbitraje británico. El entendimiento incluía cláusulas de limitación naval, a tal punto que vendieron buques o cancelaron órdenes de compra. Inclusive, tres navíos se desarmaron para que las respectivas marinas de guerra quedaran en situación de equilibrio

A partir de entonces transcurrieron varias décadas de relativa tranquilidad, aunque las tensiones no se esfumaron del todo. Como los más veteranos/as recordarán los dos países estuvieron a punto de irse a las manos en fechas tan cercanas como 1978, gobernados por sendas dictaduras militares. En esa ocasión fue la Iglesia la que medió con el papel estelar del cardenal Antonio Samoré, de ahí que el paso que se congestiona los fines de semana largos lleve su nombre. Inicialmente, la historia pudo ser muy distinta.

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