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AUNQUE SIN DUELOS DE COWBOYS, PARECÍA EL VIEJO OESTE

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07/06/2026

Cuando caminar por Bariloche era pisar “herraduras, huesos, cráneos” y “mandíbulas”

Al menos al principio, no se llevó una buena impresión Jules Huret, cuanto en 1910 o 1911 llegó al “pueblecito de San Carlos”. El hotel donde durmió no era muy confortable.
Bariloche visto desde el actual Paseo de las Colectividades, aunque hacia 1928. Colección Capraro en Archivo Visual Patagónico.
Bariloche visto desde el actual Paseo de las Colectividades, aunque hacia 1928. Colección Capraro en Archivo Visual Patagónico.

Hacia 1910 Bariloche parecía un pueblo del Lejano Oeste. Aunque no había duelos de cowboys en su única calle, “todo el mundo” usaba “botas de montar”, quizá para mejor transitar sobre un tapiz de “herraduras, huesos, cráneos, mandíbulas, dientes, tibias y cuernos”. Al parecer, solo funcionaba un hotel y el servicio que prestaba dejaba mucho que desear para los viajeros que llegaban de Europa. Ni con luz eléctrica contaba.

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No fueron muy favorables las impresiones iniciales que se llevó Jules Huret al arribar al “pueblecito de San Carlos”, después de navegar desde Puerto Blest por el Nahuel Huapi. Sus conceptos llegaron a nuestros días en las páginas de “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes”, un libro poco conocido, cuyas versiones en castellano tienen más de un siglo. El francés escribía para el prestigioso Le Figaro de su país, y se dice que pasajes de su publicación primero ganaron la calle en sus páginas, de manera que las primeras noticias que tuvo el público lector sobre el poblado no fueron muy atractivas. De todas formas, casi ninguno de sus vecinos pensaba por entonces con los criterios turísticos de la actualidad.

Observó nuestro colega que “el pueblecito de San Carlos, situado en la extremidad oriental del Nahuel Huapi, se compone de algunas casas de madera esparcidas por la colina verdeante, completamente desmontada, que bordea el lago. Las montañas vienen a morir en este punto, en suave pendiente, encuadrando en una ancha bahía las verdes aguas del Nahuel Huapi, y los montes más elevados no se aperciben sino a lo lejos, en una sucesión de planos”.

Había puerto: “una escollera penetra en el lago transparente, tan limpio que se ve el fondo, en un lecho de guijarros, una multitud de cráneos y de esqueletos blanquecinos de caballos y de vacas”, destacó el viajero, posiblemente con sorpresa. “Este muelle, formado por un armazón de madera lleno de grandes bloques de piedra, fue construido por la Compañía chileno-argentina para el cargamento de sus mercancías”.

El aspecto que presentaba el muelle, precisamente hacia 1910. Foto J. Wiederhold (Archivo Visual Patagónico).

Su infraestructura era más extensa: “Cerca de la orilla se levanta una serrería, un molino harinero y un almacén, que le pertenece también. Este es el principio del pueblo”, destacó Juret. En realidad, 116 años atrás no había mucho más en términos urbanos. “En San Carlos de Bariloche no hay más que una sola calle, ancha vía surcada de hondonadas y en la cual se alinean algunas casas de madera”.

Sería la actual Mitre. “Se ven en ella la Escuela comunal, limpita; la carnicería, barraca de madera, sin más abertura que la puerta” y “el hotel Perito Moreno, pobre hostería, punto de cita de los raros habitantes de San Carlos y único refugio de los viajeros que pasan por el pueblo”, resaltó el francés, que había nacido en la misma localidad donde falleció San Martín: Boulogne sur Mer.

Cerrada por falta de fieles

Es muy interesante el dato que aporta el relato sobre la realidad religiosa de Bariloche más de un siglo atrás. “Ladeada sobre la colina, se levanta una casita del pastor protestante, que sirve también de escuela a sus compatriotas”. Interpretamos que se refería a la colectividad alemana. “En frente de la escuela se ha instalado un zapatero-guarnicionero, a cuyo habitáculo acuden todas las mañanas los viajeros cuidadosos de la pulcritud de sus botas, para hacérselas limpiar, tarea de que no se encarga el hotel. Más lejos, hay algunos chalets de madera, con sembrados de alfalfa y huertos, y una capilla católica, cerrada siempre por falta de fieles. Más allá está situado el puesto de policía, cerca del cual hay algunas casitas. Esto es todo”. Se acababa el pueblo.

Pareciera que no resultaba muy atractivo caminar por la única calle y sus alrededores, porque “en el suelo, se ven herraduras, huesos, cráneos, mandíbulas, dientes, tibias y cuernos, entre restos de lana y latas viejas de conservas”, detalló Juret. Quizá por ese escabroso relieve “todo el mundo usa botas de montar”, observó. “En cuanto llega la noche, impresiona el silencio de esta soledad. Los pitidos prolongados y, melancólicos de los vigilantes rompen de cuando en cuando ese silencio. Por la noche, se responden como es costumbre en todas las ciudades y pueblos argentinos. Ese silbido os infunde una suerte de confianza, pues os dice: Podéis salir a pesar de la obscuridad”, especuló.

La Escuela 16 hacia 1908. Tal vez así la viera el francés. 

A pesar de tanta quietud, es muy probable que Juret tuviera inconvenientes para conciliar el sueño. “Tuvimos, pues, que hospedarnos durante varios días en la pobre fonda Perito Moreno. Nos instalaron en una habitación, en la que el papel de las paredes se caía a pedazos, con una ventana minúscula de sucios cristales y de donde colgaba un girón a guisa de cortina. Para la toilette teníamos una mesa exigua, con un cubo tan grande como una taza; encima de ella había un espejo minúsculo que deformaba las imágenes y adornado con flores pintadas. Por toda luz, una vela colocada en el cuello de una botella, y, por lecho, una especie de catre y un jergón cubierto por unas sábanas demasiado cortas y desgarradas”.

Esa insuficiencia tenía una justificación para quienes brindaban el servicio. “Ni siquiera se toman ellos el trabajo de quitarse las botas de montar, me dice la hostelera para excusarse”. Explicó Juret que “con la palabra ellos, quería dar a entender los capataces y tratantes de ganado, únicos viajeros de estas regiones”. Que sepamos, nadie desenfundó Colts en los atardeceres de la única y polvorienta calle de Bariloche hacia 1910, pero la atmósfera era muy similar a la del Viejo Oeste norteamericano.

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