2025-12-07

PEQUEÑA ESPARTA EN EL CERRO OTTO

En la primera escuela de esquí de Bariloche no se podía fumar, tomar café ni trasnochar

Fue la que fundó Otto Meiling donde actualmente se levanta el refugio Berghof. En sus comienzos, tampoco era muy atractivo el menú que se ofrecía a los alumnos. Fueron pocas las cocineras que mantuvieron a raya el carácter del montañista.

Con disciplina espartana. Así funcionó la primera escuela de esquí de Bariloche al comando de un profesor muy riguroso: Otto Meiling. Quienes llegaron durante los inviernos en la década de 1940 para aprender los secretos de la montaña, tuvieron que contentarse con frugales comidas y abstenerse de fumar en todo momento, además de irse a la cama a las 22. Si alguien vulneraba normas tan estrictas, tenía que vérselas con al afamado instructor, cuyo carácter no era precisamente muy suave.

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“La pequeña villa construida en las laderas del cerro Otto debía dar a Meiling los ingresos suficientes para cubrir sus necesidades y según opinión de su dueño, debía ser una escuela de montañeses. El proyecto de Meiling apuntaba a convocar grupos relativamente pequeños, provenientes en su mayoría de Buenos Aires, y enseñarles a esquiar y a familiarizarse con la montaña”, contextualiza Toncek Arko en la reciente edición de “Otto Meiling. Patriarca del esquí y andinismo argentino”.

Fue precisamente el autor quien comparó las formalidades de la iniciativa con la antigua ciudad griega. “La vida en el refugio, llamado al principio Bergreude (alegría de montaña) y posteriormente Berghof (vivienda de montaña), estaba reglamentada de manera bastante… ¡espartana! Al respecto se pueden recoger abundantes testimonios, en particular los de Werner Diem, quien acompañó a su madre en varias temporadas de trabajo, como cocinera en el refugio”, ilustra la investigación.

Aprendizajes y enseñanzas en la década de 1940. Gentileza Toncek Arko.

Efectivamente, “la familia Diem trabajaba en la península Quetrihué, con la familia Lynch. Meiling pasaba por allí cuando se dirigía al cerro Colorado o al Machete y también hacia otras montañas al noroeste del lago. Cuenta Werner que Otto raras veces aceptaba alojarse en las casas de sus padres (José y Elena) y que prefería dormir al aire libre bajo los frondosos pinos Douglas, a la vera de la casa. Otto decía que quería dormir en la Villa Grün (Villa Verde), bautizando así a ese grupo de árboles”. Inclusive en verano puede resultar frío dormir a la intemperie en Patagonia, pero el montañista no tenía mayores inconvenientes con las bajas temperaturas.

Quejas por las comidas

“Según Werner, en el refugio Otto sólo cocinaba en ocasiones. Pero en general había quejas por los menús que preparaba, donde abundaban las leguminosas, trigo pelado, lentejas, arroz, y a veces hacía locro. Los postres eran casi siempre compotas de frutas secas y de vez en cuando arroz con leche. También había mermeladas, que él mismo preparaba, de frambuesa, frutillas y parrillas (grosellas de racimo)”. Lejos del espíritu gourmet del presente.

Según Diem, “a veces Otto lograba que alguna cocinera lo ayude. Pero ellas en general le duraban poco a causa de sus imposiciones, mal humor y reacciones bruscas. Alguna se fue… ¡en plena temporada de invierno! Así fue que (sic) se le ocurrió pedirle a mi mamá si podría cocinar y hacerse cargo de la gastronomía del refugio. Ella aceptó y durante el invierno de 1947 cocinó para los turistas”, aporta el testimonio que logró Arko.

Sigue Werner: “mi madre aguantó toda la temporada, no sin peleas y discrepancias con Otto, pues estaba a acostumbrar a preparar comidas más elaboradas y ofrecer buenos postres. A pesar de las discusiones mi madre volvió al invierno siguiente y cocinó varias temporadas. Yo la acompañaba, ya que tenía vacaciones de invierno en la escuela de Villa La Angostura, que duraban del 25 de mayo al 5 de septiembre”.

Con persistencia “mi madre logró imponerse a Otto y dio mejor servicio de comidas, ante lo que el alumnado y las visitas estaban muy conformes. A veces, sin que se enterara Otto, mamá preparaba algunas comidas y reposterías especiales, y también le servía algún cafecito a los alumnos, lo que estaba estrictamente prohibido. Cuando Meling se enteraba de estos deslices protestaba y discutía con mamá, ponía mala cara por uno o dos días, pero finalmente todo se calmaba… y lo toleraba”.

El emprendimiento de Meiling.

El régimen espartano funcionaba así: “a las 8 debía despertarse todo el mundo, con una diana. A las 9 comenzaba el desayuno, que consistía en mate cocido o té de yuyos (algo parecido al Cachamay), pan negro bastante viejo y seco, a veces pan blanco (muy poco), manteca, mermeladas varias y miel… mucha miel. De 9:30 a 9:45 había que abrigarse y buscar los esquís, que los alumnos tenían que encerar por su cuenta. A las 10 comenzaban los cursos. El que se retrasaba, recibía un reto. La clase de esquí duraba hasta las 12. A las 12:30 comenzaba el almuerzo: un plato fuerte (a veces dos), precedido ocasionalmente por un plato de sopa. Y luego el postre. Nada de vino ni otras bebidas. Se tomaba agua limpia y pura, del manantial de la montaña”.

Prohibiciones

En la continuidad de la jornada, “después del almuerzo había un pequeño impasse y cada uno podía hacer lo que quisiera: descansar, charlar, caminar; a excepción de fumar, lo que estaba estrictamente prohibido. A las 13:45, terminado el recreo, había que prepararse para estar nuevamente presente en el inicio de la instrucción vespertina, que duraba desde las 14 hasta las 16. Terminado el trabajo, cada uno tenía que limpiar sus esquís y bastones de la nieve pegada y guardarlos, con las puntas hacia abajo. A las 17 se servía la merienda, idéntica al desayuno. Luego cada uno podía volver a ser dueño de su tiempo. Se podía volver a esquiar y pasear con esquís por los hermosos bosques que cubren la montaña. Otros leían algún libro o escuchaban la vitrola”.

Hubo maneras de sortear la frugalidad, porque “durante un tiempo los clientes pudieron degustar chocolates Uhlitsch, ya que el dueño de esta empresa era amigo de Otto y frecuentaba el Berghof en invierno. Abastecía el refugio con sus chocolates y así las visitas podían deleitarse con el dulce producto”. Pero las cosas se complicaban para los más inquietos, sobre todo por las noches.

En efecto, “a las 20 comenzaba la cena, similar al almuerzo, luego se ofrecía un té de yuyos para la digestión. Finalizada la cena había tiempo libre hasta las 22, hora fijada para ir a dormir. Se charlaba frente a la chimenea, se tocaban instrumentos musicales… se pasaba ratos muy amenos”, rescata el relato de Arko. “A las 22 la mayoría concurría a dormir, a los dormitorios emplazados en el primer piso del refugio o a los bungalows Tábanos y Pichi Ruca, ubicados en las inmediaciones”.

Por su lado, “Otto se retiraba a su casa, situada unos metros más abajo del refugio”, pero “en ocasiones había alumnos que no tenían ganas de dormir y volvían a bajar al living comedor, para estar un poco más al lado de la chimenea o del Kachelofen (estufa de ladrillos). Pero, a veces sucedía que Otto volvía al refugio para controlar. Los infractores recibían un reto y con mala cara, las indicaciones de ir a dormir”.

Peor la pasaban quienes no podían mantener a raya el vicio. “En razón de que fumar estaba prohibido, algunos pensionistas lo hacían a escondidas, generalmente de noche antes de acostarse. Solían ir al balcón del refugio, donde fumaban y charlaban. Los puchos solían ir a parar debajo del balcón al sendero hacia el sótano del refugio. Durante la mañana Otto recorría ese camino y encontraba las colillas, lo que producía la consiguiente reprimenda a los fumadores”. Un pequeña Esparta en las intimidades del bosque barilochense.

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