LOS RECIENTES INCENDIOS PUSIERON EN VILO A BARILOCHE
El cerro Otto: historia de ovejas, muerte y fuegos
En Bariloche protagonizó a su pesar la noticia de la semana: los incendios forestales que se declararon en su ladera norte pusieron en vilo no solo a las viviendas y barrios cercanos, sino también al conjunto de la sociedad, comprensiblemente sensibilizada ante la sequía y las elevadas temperaturas que se registraron hasta el último jueves, más bien desusadas para noviembre. El cerro Otto volvió a los primeros planos informativos e indirectamente, puede actualizarse una historia que se entronca con varias facetas del pasado barilochense.
Como fue Otto Meiling quien edificó en sus alturas un refugio de montaña en sociedad con Heriberto Tutzauer, quizá se suponga que la elevación lleva ese nombre en homenaje al pionero del montañismo. No obstante, el origen de la toponimia todavía vigente es otro, a tal punto que a fines del siglo XIX se conocía al paraje con el apellido del vecino que allí residía, colono que encontró trágico final para su vida.
En verdad “su primitivo nombre fue Goedecke o Gödicke y Ottoshöhe por un colono chileno-germano, Otto Goedecke, que se estableció en Nahuel Huapi en fecha anterior al 1897”, es decir, bastante antes que su compatriota. Meiling recién hizo su arribo a estas latitudes en 1930, dos años después de la muerte de su antecesor, quien coincidentemente, también disfrutaba de caminar por las montañas.
Juan Martín Biedma incluyó una breve semblanza en su “Toponimia del Parque Nacional Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche-2004): “cuenta Juan Steffen que en abril de 1897 ascendió al cerro Gödicke (sic)”, de 1390 metros. Se denominaba así “en homenaje a este colono que, como muchos otros, emigró desde las orillas del lago Llanquihue, estableciéndose en Nahuel Huapi bajo las condiciones más primitivas”. El espejo de agua en cuestión da nombre a la provincia chilena que está del otro lado de la cordillera, a la altura de Bariloche.
El poblador que también brindó su apellido a una calle céntrica que transcurre de norte a sur, se asentó en la zona cuando todavía no quedaba muy en claro cuáles eran los límites entre Chile y la Argentina. “El 31 de diciembre de 1897, Lehmann y Wehrli, de la séptima Subcomisión Argentina de Límites, llegan a Puerto Moreno”, según la reconstrucción de Biedma. Ellos escribieron: “En la misma tarde nos fuimos con caballos que nos facilitara el señor Boock a la casa del colono, señor Tauschechk (sic), no sin visitar la casucha de nuestro ya conocido señor Otto Goedecke, tipo de un verdadero pionero americano”.
De origen sajón
Según esos testimonios de primera mano, “el señor Goedecke, nacido en Sajonia, después de haber pasado unos años en América del Norte, vino a establecerse en estos parajes con una majada de ovejas que le dan buenos resultados. Tiene un cultivo de papas, arvejas, etcétera y espera con ansias la posibilidad de hacerse dueño del terreno ya valorizado por sus trabajos”. A ese respecto tuvo suerte porque consiguió su objetivo, aunque más de dos décadas más tarde.
Trabajos contra el fuego el último miércoles. Foto: Eugenia Neme.
Para contextualizar, recordemos que las tropas argentinas se habían instalado en cercanías del nacimiento del Limay en 1883, aunque sus posiciones se mantuvieron con intermitencias. En general, se señala que Carlos Wiederhold abrió su almacén en 1895, es decir, dos años antes de que aquellos integrantes de la Subcomisión de Límites recorrieran la zona y visitaran “la casucha” de Goedecke.
Según Biedma, “con el fruto de su trabajo consiguió adquirir la falda Norte del cerro que hoy lleva su nombre y en el año 1919 aproximadamente, su chacra estaba vecina a la de don Luis Pefaure y a la casa de Federico Reichert”. En el presente, esa cara del cerro Otto cobija a numerosos barrios y a raíz de un informe del SEGEMAR (Servicio Geológico Minero Argentino) que se practicó en 2005, se sabe que es un área de riesgo geológico si continúa la deforestación, al igual que la presión inmobiliaria por encima de la cota de 900 metros sobre el nivel del mar.
Pero más allá del incierto presente, recordemos que “Goedecke tuvo una infortunada muerte. En la noche del 1° de mayo de 1928 regresó antes de la hora acostumbrada y sorprendió a un muchacho de 15 años que estaba robándole manzanas en su chacra. El intruso le disparó un tiro mortal”, aporta la reconstrucción de Biedma. Unos cinco años atrás, el colono chileno- alemán volvió a ser noticia un tanto macabra, cuando al realizarse tareas en el exterior del colegio Ángel Gallardo, afloraron restos óseos de origen humano.
En esa oportunidad, El Cordillerano se contactó con Graciela Pino, profunda conocedora del pasado barilochense desde mediados del siglo XX en adelante. Según la vecina, hacia 1963 paseaba con unas amigas de la infancia por el predio que, por entonces, era apenas un pastizal. En su deambular, el grupito dio con unas lápidas, entre las cuales se destacaba la de Otto Goedecke. Cuando se dispuso el traslado del cementerio que allí funcionó, nadie se interesó por remover la tumba porque el fallecido en 1928 no tenía parientes.
Beneficencia
Precisamente y según un informe municipal, “por no tener familia, sus bienes fueron vendidos en remates públicos en 1930. Así, el lote fue adquirido por Carlos Sutton, un joven enfermero de un hospital capitalino”, que también era soltero. “Venía solo en verano, levantaba una carpa en su predio y hacía vida de campamento durante meses trabajando solo la tierra -zanjando mallines- o jugando al golf en sus praderas con los amigos que lo visitaban”.
Según el mismo texto, Sutton “promovía insistentemente la visita de turistas a la cascada Goedecke y hasta editó una postal turística con el motivo. Esta caída de agua se encuentra hoy en el predio del hotel La Cascada”. Luego, el enfermero cedió “parte de sus tierras para obras de beneficencia en la capital. Posteriormente, en un sector se instaló Tomas Warton, con un tambo”. El nombre de Cerro Otto ya se había instituido, pero nadie podía intuir que vivir en los predios que poseyó antiguamente el chileno-alemán, entrañaría una peligrosa vecindad con el fuego.