2022-04-03

LA ROPA SE HACÍA A MANO Y SE BAILABA EN “AKU AKU”

El Bariloche del Mercado Municipal y el limpiador de chimeneas

A mediados de los 50, la ciudad de hoy era un auténtico pueblo, con solo 10 mil habitantes. Más tarde, estuvo de moda el bar “Tronador”, del Hotel Italia.

Entre los años 50 y 60, Bariloche contaba con “un limpiador de chimeneas alemán con el inquietante nombre de Frankesteiner”. La ropa la hacían las modistas que trabajaban en el pueblo y donde hoy están el SCUM y el Anfiteatro, el Mercado Municipal proveía de pescado, carne y verduras. Hasta que abrió Grisú, la juventud bailaba en “Aku Aku”, una discoteca que funcionaba en el subsuelo del Hotel Italia en horarios que hoy serían impensables.

A un mes escaso de cumplirse el 120 aniversario de la ciudad, estampas de su pasado urbano y social pueden rastrearse en “Mandato paterno” (EDUCO-2011), el libro que legó el antropólogo, periodista y fotógrafo Hans Schulz, quien justamente, vino al mundo en Bariloche en 1955. Su trabajo aborda sobre todo la relación de sus mayores con el nacionalsocialismo, pero en sus párrafos iniciales, hay invalorables descripciones del pueblo que insiste en esfumarse día a día, frente a nuestra mirada incrédula.

“A los ojos de un chico, en la infancia y en un pueblo de solo diez mil habitantes, todo parecía tener un lugar, como en una constelación de estrellas”, rememoraba el autor. “Estaba el zapatero, la modista, el peluquero, el almacenero y hasta un limpiador de chimeneas alemán con el inquietante nombre de Frankesteiner. Todos en aquel mundo parecían estar donde tenían que estar”.

Para Schulz, “recordarlo es como hojear las pinceladas ingenuas de los libros de Graciela Pino: Boleto a 1965 y El Picadero, con sus fotos de familias posando frente a sus casas, los chicos subidos al capó de un camión a la ‘barra de carozo’ caminando por la calle Mitre”, describió. “En contraste con los tiempos actuales, puedo recordar todavía la textura de la ropa hecho a mano por alguna modista del pueblo: los pulóveres que usábamos en el colegio, las medias, los guantes, los gorros de lana y la sensación de que siempre hacía frío”. El autor puso punto final a su libro en 2009, esos fueron sus “tiempos actuales”.

De manera retrospectiva, “si pienso en esos primeros años de mi vida, veo todo en blanco y negro, como las fotos de las vestimentas, las casas, los negocios, el viejo aeropuerto y sus aviones. De aquella ciudad quedó muy poco y a la luz de aquellos documentos todo parece haber sucedido hace mucho tiempo. Mi amiga Mónica (Girón), mudada como muchos a Europa y luego a Buenos Aires, me decía que le fascinaba volver y ver cómo su casa paterna mutaba con el tiempo”.

En efecto, “en cada viaje era otra cosa: restaurante, mueblería, parrilla. Ahora, de la casa original en la que transcurrió su infancia y temprana juventud, ya casi no queda nada, es todo ventanal, un despliegue abarrotado de electrodomésticos de los más variados tipos. Mónica, claro está, es una artista contemporánea, hace extrañas instalaciones y podemos decir que ve las cosas de otro modo”, la disculpó Schulz. En cambio, “a los antiguos habitantes de la aldea, los que remontan sus ancestros a la era de los pioneros, no les gusta el cambio y miran con secreto terror lo que a Mónica la resulta fascinante”.

Si 13 años atrás tenía lugar la descripción que sigue, imagínese ahora: “Ya nadie se acuerda de la gran tienda Casa Valles, uno de los lugares memorables de mi niñez. Allí comprábamos desde zapatos hasta los uniformes del colegio. Puedo, todavía hoy, recorrer las instalaciones en mi mente y recordar con claridad los nombres y los rostros de todos los vendedores”. Lamentablemente, el recordado Hans no los consignó en su texto.

En cambio, sí mencionó que “en un primer piso del mismo edificio, funcionaba también el Instituto Hudson de la profesora Ruth Spagat, en donde aprendíamos inglés”. No obstante, “si hoy queremos recordar los nombres y las vidrieras de todos los negocios que a lo largo de los últimos años fueron reemplazando a esa tienda, sería imposible. En los últimos tiempos hasta desapareció el antiguo revestimiento de madera que le daba a todo el edificio un cierto carácter alpino. Fue reemplazado por otro más moderno, un simulacro del antiguo”.

Otra postal borrosa o ya inexistente: “Frente al edificio, en la calle Mitre, estaba el antiguo Hotel Italia, con su vieja confitería Tronador. Tomar un café en el bar del hotel, de clara ambientación norteamericana, era como ingresar al decorado de una película de los 50”, evocó Schulz. “En el subsuelo del Hotel, funcionó en mi juventud la discoteca ‘Aku Aku’, adonde podíamos ir a bailar por las tardes los fines de semana. Esto, en la actualidad es inconcebible, porque hoy, a esa hora, los jóvenes están durmiendo, preparándose para ir a bailar después de la medianoche”.

Más presente en la memoria de las y los barilochenses está un nombre emblemático. “Luego y algo más lejos, se inauguró Grisú, una discoteca con estética de mina de carbón a orillas del lago, que todavía existe”. Como contrapartida, “también desapareció el viejo mercado y sus pintorescos habitantes, de cuyo interior, con sus pescaderías, carnicerías y verdulerías, podría trazar hoy una detallada descripción. Ese espacio lo ocupa hoy una plaza, una feria y un centro de exposiciones”. Que en su momento, también corrieron el riesgo de ser historia, gracias a un proyecto de “refuncionalización” que no prosperó.

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