2020-04-10

TAN VIEJO COMO LA CIUDAD

Orígenes del sentimiento anti-chileno en Bariloche

Más allá de las cuestiones limítrofes que tensionaron a la Argentina y Chile, la discriminación hacia los inmigrantes trasandinos también se fundamentó en razones económicas no muy honorables.

El sentimiento anti-chileno que rebrota en Bariloche cada vez que se enfrentan las respectivas selecciones de fútbol no tiene su origen en rivalidades deportivas. Más bien, se explica por las tensiones que existieron entre ambos países a comienzos del siglo XX por cuestiones limítrofes. Sin embargo, también se nutrió de cierto nacionalismo discriminador que mientras daba la bienvenida a europeos con capital, prefería bien lejos a los inmigrantes empobrecidos que llegaban de Chiloé o de más al norte.

Investigó el tema la historiadora barilochense Laura Méndez, en el texto que tituló “Bariloche 1880-1935: procesos migratorios, prácticas políticas y organización social”, al que publicó en “Horizontes en perspectiva. Contribuciones a la historia de Río Negro 1884-1955. Volumen 1”. Se trata de un libro en el que confluyeron varios autores, con la coordinación de Martha Ruffini y Freddy Masera. Su publicación data de 2007.

Estableció que la especialista que después de la finalización de la Campaña al Desierto, “en el espacio patagónico, se produjo una nueva dinámica en las relaciones sociales de la región, debido a la irrupción en escena de nuevos actores y la marginación y exclusión de las parcialidades nativas. El grupo social de mayor peso económico fue, desde principios del siglo XX, el de los extranjeros de origen europeo, estadounidense o germano-chileno, vinculados a la actividad ganadera y comercial. En segundo orden se encontraban las clases subordinadas, formadas por chilenos, chilotes provenientes de la isla de Chiloé e indígenas que, o bien vivían del trueque, con una economía de subsistencia, o trabajaban como mano de obra barata en los emprendimientos del grupo social dominante”.

Como más o menos se sabe, “el tráfico comercial con Chile trajo para los nuevos colonos posibilidades de crecimiento, a partir de la realización de inversiones y de la apropiación del trabajo de los grupos sociales subordinados. Así, emergió la figura de los grandes empresarios quienes, superando el localismo, formaron compañías comerciales de capitales extranjeros, que monopolizaron el comercio de larga distancia. El principal bien comercial del período fue la ganadería, aunque era común observar que estos grupos, una vez consolidada la producción ganadera, diversificaran sus producciones e invirtieran en rubros afines, como en el mercado de la tierra, el comercio minorista, la explotación forestal y los transportes”.

Un peligro

En efecto, “la mutua desconfianza entre los gobiernos chileno y argentino por cuestiones de soberanía territorial, hizo que la presencia de chilenos –sobre todo los de bajos recursos- en la zona del Nahuel Huapi, concebida como espacio de frontera, fuese considerada como peligrosa por las autoridades argentinas, en particular entre los años 1895 y 1901, período en que las que las cuestiones de límites entre ambos países alentaron las posibilidades de conflicto”, reconstruyó Méndez.

Ante esa desconfianza, “el Estado argentino elaboró distintas estrategias de ‘deschilenización’ de la población, entre ellas, el fomento de la inmigración extranjera europea a través de la cesión de tierras fiscales; el incremento de la presencia militar, la construcción de caminos y la extensión de la educación pública para los nuevos espacios ‘civilizados’”, entre ellos, la zona del Nahuel Huapi. Entre los estigmatizados, “los motivos de la llegada a la Argentina fueron móviles y variados. Entre ellos, la dificultad de acceso a la tierra chilena, producto de políticas del Estado chileno, que favorecían al colono europeo, así como los remates públicos de tierras entre los ríos Biobío y el Toltén. Debido a estos remates, en 1896, se produjo el desalojo de muchos residentes que no pudieron reunir el dinero para comprar la tierra, lo que permitió que un grupo reducido de capitalistas fuertes se hicieran de grandes extensiones”, aporta la investigación.

De ese lado de la cordillera, “una de las vías que el Estado empleó para ejercer control y presencia efectiva en los territorios nacionales fue, a través de la Dirección de Tierras y Colonias. Los informes de las Inspecciones de Tierras, que cada tres o cuatro años se realizaban supervisados por el gobierno nacional para relevar la situación de los territorios del sur de la república, aportaban datos concretos sobre la composición social de la población, la propiedad de la tierra y las actividades económicas, a la vez que explicitaban la percepción que los mandatarios estatales poseían sobre los colonos según su adscripción de nacionalidad y clase. Los inspectores tenían la facultad de otorgar o quitar títulos de propiedad -según se hubiera o no cumplido lo que al respecto dictaba la ley- lo que los convertía en sujetos con alto poder e influencia dentro del espacio regional”. Manera elegante de la historiadora de aludir a la arbitrariedad.

Una constante

En consecuencia, “el anti-chilenismo y el anti-indigenismo fueron una constante en las primeras décadas del siglo XX, así como el apoyo y beneplácito generado en torno a grandes empresas y grandes empresarios. Eliseo Scheroni fue el responsable de la inspección realizada en la región del Nahuel Huapi en el año 1906 para la Dirección Nacional de Tierras y Colonias. En su informe final registró un total de setenta y siete lotes en la Colonia Agrícola, de los cuales dieciséis fueron adjudicados a colones de origen chileno con capital, ocho a argentinos, cuatro a alemanes, uno a un francés, uno abandonado y cuarenta y uno fiscales. Cinco de los lotes fueron otorgados a dos indígenas, Bernardino Güenul y Llanquín, que habían colaborado con los blancos y habitaban la zona a la llegada de Villegas y sus tropas”. Pudo establecer Méndez que “el informe presentado en esta inspección demuestra la posibilidad que los inmigrantes chilenos tuvieron de acceso a la tierra, aunque no como propietarios, sino bajo figuras normativas como las de ‘concesionarios’ (veintiocho del total) u ‘ocupantes’ (sólo ocho de esas condiciones)”.

Poco más de un lustro después, “en el año 1912 se realizó una nueva inspección de Tierras en la que se observa, como variante, la disminución de tierras fiscales, las primeras escrituras de lotes, el inicio del acopio de tierra por parte del empresario italiano Primo Capraro, quien es el único que figura con cuatro lotes de su propiedad, y la irrupción de un actor nuevo, el ‘cuidador de terreno’, figura que aparecía afincada en el lote y sostenía que lo cuidaba en nombre de su verdadero dueño, que estaba ausente. También resulta relevante en esta inspección el registro de reiterados incendios en los bosques, que destruyeron gran parte de la vegetación nativa”, anotó la historiadora.

Hubo más novedades. “Es también en la inspección de ese año en la que aparece la figura de los ‘intrusos’, aludiendo a aquellos que habitaban campos sin ningún título o permiso del Estado o lo ocupaban de hecho. Aunque a todos los ‘intrusos’, moradores por lo general de las tierras reservadas para el Parque Nacional, se los mencionaba con nombre y apellido, sólo se consignaba la nacionalidad en el caso que fueran chilenos”, puntualiza el trabajo.

La ofensiva anti-chilena se generalizó. “A partir de la última década del siglo XX y en los territorios patagónicos, las quejas contra la población chilena inmigrante fueron una constante, tanto por parte de los funcionarios estatales, como por la prensa regional y nacional. El anti-chilenismo presente en los informes oficiales evidencia que las diferencias no estaban dadas entre viejos y nuevos colonos, sino entre colonos extranjeros europeos, aunque proviniesen mayoritariamente de Chile, y colonos chilenos, nacidos en ese país”. La condición económica era factor decisivo en la construcción de esos mecanismos discriminatorios.

Preferencia por alemanes

En su informe final de 1909, el inspector Scheroni “manifestó su preferencia por los colonos europeos, en detrimento de chilenos y chilotes. De estos últimos advirtió la necesidad de seleccionarlos: ‘doy a conocer las condiciones de labor del chilote y sin excluirlo de la colonización indico la necesidad de seleccionarlo. Hago ver los males ocasionados por los permisos a extraños de corte de madera en los lotes de la reserva y los desperdicios de madera ocasionados en la forma actual de la construcción de cerco y limpieza del terreno’”, citó Laura Méndez.

El funcionario fue muy meticuloso. “Scheroni denunció que, mientras los colonos europeos traían capital, los chilotes carecían de éste, por lo que justificó que las tierras que se otorgaran a los trasandinos no superaran las 50 hectáreas y no fueran inferiores a las 200 hectáreas las adjudicadas a los arribados desde el viejo continente. Sostuvo que: ‘Los colonos europeos, casi todos alemanes, son personas que han empezado con algún capital, construyendo casas de alguna consideración, se rodean de las comodidades para la mejor administración del terreno, hacen hortalizas y plantan árboles frutales exteriorizando en el conjunto unas familias de buenas costumbres y de mayores aspiraciones. Pero estas personas que aportan un capital no se establecen en el lago, si no se le ofrecen lotes agrícolas de una superficie no menor de doscientas hectáreas. Los chilotes, o sea chilenos de Chiloé sólo ocupan y se conforman con lotes de 50 hectáreas. En el cuadro de pobladores a que he aludido se nota: Que estas personas levantan estrechas viviendas, pero en cambio, son los únicos que allí siembran la tierra en mayores extensiones y con fines de comercio’”, argumentaba el inspector.

Añade el texto de Méndez que “el informe presentado al inspector general de Tierras y Colonias, Augusto Marguerita, por el encargado de inspeccionar la Colonia Agrícola Pastoril Nahuel Huapi y el pueblo San Carlos de Bariloche, entre octubre y diciembre de 1912, reiteró la postura del representante del gobierno nacional sobre la población del Gran Lago; estableciendo una clara antinomia entre el extranjero europeo responsable, capitalista y trabajador y el chileno o indígena, vago y sin recursos. Según expresiones del informe final: ‘… (colonos) su mayoría se compone de chilotes enviciados con muy poco amor al trabajo y el progreso (…) los señores intrusos en su mayoría son chilotes que sin temor de exagerar un 80 por ciento es gente de mal vivir y enemigos acérrimos del progreso (…). El intruso o indistintamente los colonos de la Colonia Nahuel Huapi que exagerando en la alta cifra de diez que habrá colonos de verdad, los demás en general conocen y conjugan un solo verbo (DESTRUIR) (transcripto así por la autora) lo hacen rápido invirtiendo el menos capital posible, con menos trabajo y en tiempo más rápido”. Prejuicios de larga data.

Adrián Moyano

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