2025-12-21

CUANDO CONTABA CON APENAS 26 AÑOS SE SALVÓ POR UN PELO

Emilio Frey estuvo a punto de morir ahogado en unos de los ríos de la región

Sucedió mientras navegaba por los rápidos del Futaleufú. Sus compañeros de tripulación no tuvieron esa suerte.

La readecuación de la que fuera su vivienda por parte de una empresa trasnacional de indumentaria y la recuperación de su archivo por parte del Museo de la Patagonia revivió el interés por Emilio Frey, figura central en los albores de Bariloche y los parques nacionales. Pero buena parte de la trayectoria que construyó estuvo a punto de troncharse durante el verano de 1897-1898, cuando el entonces integrante de las comisiones de límites estuvo a punto de morir en uno de los ríos de la región. Sus compañeros de embarcación no tuvieron la misma suerte.

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¿De quién hablamos? “El ingeniero Frey fue uno de los más antiguos vecinos de San Carlos de Bariloche. Respetado y querido por todos, fue una verdadera figura patriarcal. Quien deseaba adentrarse en el pasado de la zona, le bastaba acercarse a su residencia Los Cipreses, sobre el camino Bariloche-Llao Llao y allí escuchar de sus labios, en amena y chispeante conversación la crónica de los tiempos heroicos de la demarcación de límites, de la Comisión Bailey Willis, del primitivo Bariloche o de los orígenes del Club Andino”.

Elaboró la semblanza Juan Martín Biedma para su libro “Toponimia del Parque Nacional Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche, 2004), porque en el presente, un río y un lago llevan su apellido, al igual que el célebre refugio de alta montaña. “Atraído por la fama de (Francisco Pascasio) Moreno y su obra en el Museo de la Plata, lo entrevista y le ofrece sus servicios. Empeñado Moreno en la misión de estudiar sistemáticamente los Andes australes, no pudo recibir mejor oferta de colaboración que le brindaba el joven laureado en Suiza”. El encuentro se produjo cuando el futuro intendente del Parque Nacional Nahuel Huapi era un veinteañero.

Si bien Frey había nacido en Baradero (provincia de Buenos Aires), había adquirido su educación en el país europeo. “Inmediatamente lo llamó a colaborar y el perito no se tuvo que lamentar de la confianza dispensada. Con el correr de los años, Frey llegó a ser su mejor colaborador en la difícil tarea de la demarcación de límites. Después de un riguroso examen, fue destinado a la comisión del Museo, encabezada por el ingeniero Lange, que estudió la cordillera patagónica en los años 1895-96”, añade el racconto de Biedma.

Precisamente, “hasta 1903, integra las comisiones de límites con Chile en la Patagonia norte. Este escenario le resultó familiar y le fueron muy útiles los estudios prácticos realizados en las montañas suizas. En su primer año en la cordillera explora la zona de Lelej, Cholila, Futa-Leufú y Puelo, y descubre los lagos Cholila, Rivadavia y Epuyen”. Como se verá, esas expediciones siempre contaban con baqueanos, de manera que, aunque era la terminología de la época, hay que relativizar el concepto de descubrimiento.

En cercanías del Nahuel Huapi

La cuestión es que “en el verano de 1897, como auxiliar de la 4ª. Subcomisión, a las órdenes de Roberto Guevara, explora entre los meses de febrero y abril, los portezuelos de Guayaquil (sic) y Copahue, paso de Pino Hachado, Aluminé, Paso del Arco y Añihueraqui”. Un año después, Frey ya andaba por aquí: “en la temporada siguiente, la de 1897-98, lo encontramos con el cargo de auxiliar. Establece su campamento general a orillas del lago Nahuel Huapi, en la chacra de José Tauschek. Con el personal a sus órdenes forma dos secciones. La 1ª integrada por Arnaudo y Duhagou, reconoció las nacientes del Curileufú hasta las del Chubut, la 2ª formada por Nysell y Janson, el SO de Cerro Catedral. Por una senda que Tauschek había conocido por el indio Huenchopan (sic), llega hasta un recodo del río Villegas, denominado Vuelta del Toro”.

Peones contemporáneos a Frey. Archivo Museo de la Patagonia.

Fue durante ese período cuando Frey estuvo a punto de pasar a mejor vida. Según consignó el propio involucrado, “habíamos navegado por el Krüger en un bote que tripulaba yo con tres personas. Mis ayudantes me aseguraban que no había ninguna dificultad para navegar el Futaleufú (Río Grande), que luego de atravesar el lago Krüger se encajona en altas cordilleras, pero yo tenía mis dudas, debido en especial a la disminución considerable del cauce y a la gran velocidad de las aguas”.

Su relato se publicó en la revista Argentina Austral en agosto de 1943 en un artículo más extenso con la firma de Carlos Bertomeu. De allí tomó la cita Biedma. Según se desprende del escrito, Frey desoyó su intuición porque “mis peones era buenos baqueanos”. Después se lamentaría: “fue así como nos internamos en las aguas del caudaloso río, que por momentos se angostaba más y más, cobrando su correntada mayor ímpetu. Con verdadera preocupación de mi parte, llegamos a unos rápidos sembrados de peligrosas piedras que emergían del agua, que se empenachaba de blanco al chocar con ellas”.

La situación no hizo más agravarse: “tratamos con desesperados esfuerzos de dominar la embarcación; yo trataba de eliminar los obstáculos manejando lo mejor que podía una gruesa caña de coihue, que oficiaba de vichero (sic), pero mis temores no eran infundados; a poco de luchar desesperadamente con el torrente, chocó el bote con una enorme piedra y fue tal el sacudón que me despidió de la embarcación, arrojándome al medio del torrente”.

Como se desprende de los primeros párrafos de su semblanza, Biedma tuvo la chance de charlar en repetidas oportunidades con el explorador en su casa de la actual Avenida Bustillo. Al término de una de esas conversaciones, pudo aclarar que “no chocaron con ninguna piedra y que el bote zozobró por el oleaje producido por el mismo río, muy crecido, al deslizarse por encima de las piedras”. La cuestión es que el navegante se vio de improviso en las aguas del Futaleufú.

Salto de 30 metros

Después de la involuntaria mojadura, “pude asirme a unas rocas y lo primero que hice fue buscar el bote, que ya estaba casi fuera de mi vista, a unos doscientos metros, con sus tripulantes aún a bordo. A duras penas conseguí llegar a la orilla y con una enorme congoja avancé por la orilla confirmando mi terrible presentimiento: a unos trescientos metros del lugar donde yo había caído, providencialmente puedo decirlo, el río se precipita en un impresionante salto de treinta metros de altura”.

Como no era una película, el final no fue feliz. “Y con la consternación que es de imaginar pude ver más tarde entre las rocas del cauce inferior los restos destrozados de la embarcación, pero de sus desgraciados tripulantes nunca tuvimos el menor rastro, pese a todos los esfuerzos que hicimos durante varios días”. Por entonces, contaba el joven Emilio con apenas 26 años, aproximadamente. Al menos en el fragmento del texto al que accedió El Cordillerano no se menciona la identidad de los baqueanos fallecidos. El sobreviviente pudo dejar su impronta en la historia de Bariloche.

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