UNA DE LAS IMPULSORAS DEL CAMPING MUSICAL BARILOCHE
Restauran y ponen en funcionamiento piano que perteneció a Linda Rautenstrauch
La familia de Jorge Kalmar difícilmente supiera de la existencia de Bariloche hacia 1919, cuando el futuro arquitecto y oboísta vino al mundo. Oriundo de Budapest, el húngaro estudió en la Universidad de Cambridge y en ese mismo ámbito comenzó a tocar en grupos de aficionados. Fue durante su permanencia en Inglaterra que conoció la experiencia de los así llamados music camps, es decir, campamentos musicales en cuyo transcurso, gente que tenía ganas de aprender contrataba a un músico profesional para practicar una suerte de inmersión en la música de cámara. Aquellos cursos intensivos solían realizarse en alguna granja de la campiña, donde se alquilaba el granero y se pernoctaba en carpas al aire libre.
Hombre inquieto, Kalmar llegó a la Argentina en 1948 y de inmediato se incorporó al ambiente musical de Buenos Aires. Integró como oboísta una orquesta juvenil que dirigía el maestro Tomás Fuks y simultáneamente, profundizó sus estudios musicales. Se sumó al Collegium Musicum bajo la dirección del maestro Guillermo Graetzer. Cuando puso en común la experiencia inglesa de los campings musicales, entusiasmó a un grupo que se integraba con Hernán Erenhaus (oboe), Favelli (cello), Efraim Guigui (clarinete) y Gerardo Levy (flauta). La intención, pasar las vacaciones de verano “una región muy bella de montañas y lagos en la cordillera” cuya fama resplandecía.
Terminaba diciembre de 1949 cuando los entusiastas músicos se alojaron en Colonia Suiza. Ya en el histórico paraje supieron que a pocos kilómetros había una casa donde su moradora acostumbraba a tocar el piano. Conocieron sin que mediara mucho tiempo a Linda Rautenstrauch, cuyo nombre de soltera era Adelinda Gaigher. Entre la historia y la leyenda, el relato dice que Kalmar compartió con sus anfitriones, Max Rautenstrauch y Linda, la intención de reflotar la práctica británica, pero entre los bosques y lagos patagónicos.
La propuesta se concretó en el verano de 1950-51, cuando tuvo lugar la primera estival del que luego sería el Camping Musical Bariloche. Durante ese primer retiro, al grupo original que se había congregado en Buenos Aires, se sumó la violista y violinista inglesa June Hardy. También fue de la partida una joven promesa que, por entonces, contaba con 15 años: Alberto Lysy. A Kalmar y los esposos Rautenstrauch se sumaron luego en la consolidación del proyecto Patricia Stokoe, Paul y Narcisa Hirsch, Ernesto Epstein, Ljerko Spiller y Mónica Cosachov.
Cabaña y carpas del Ejército
Kalmar acertó en sumar al proyecto al millonario barón austríaco Friederich “Fritz” Mandl, que prestó un terreno en la llamada Playa sin Viento sobre el lago Moreno. Allí se hizo construir una cabaña, se sumó un piano y esa fue la sede durante una década del Camping Musical Bariloche. El campamento propiamente dicho de cada verano era posible gracias a las tiendas de campaña que cedía momentáneamente el Ejército Argentino. Más tarde, se accedió a las tierras que significan su emplazamiento actual.
Max y Linda Rautenstrauch.
Por una cuestión de practicidad, un par de años atrás la entidad resolvió designar Campus de Artes y Música Bariloche (CAMBA) a sus históricas instalaciones. En las últimas semanas, aquel pasado entre bohemio y elegante afloró de manera contundente, al recuperar la institución un piano que acompañó varias de las circunstancias fundacionales que narramos. Como no podía ser de otra manera, se sumó a la sala Rautenstrauch. Si no, ¿dónde iría a sonar?
En la información que hizo llegar a El Cordillerano, mencionó el CAMBA que “el nuevo instrumento es un Steinway de cola, marrón, de 102 años”, ya que salió de fábrica en 1923. Precisamente, tiene “un profundo valor histórico”, porque “fue el piano de Linda Rautenstrauch que acompañó a los músicos que dieron el impulso vital” al Camping Musical Bariloche a finales de la década de 1940.
Al dar a conocer la grata novedad, el actual director del CAMBA, Eduardo Malachevsky, expresó: “ese piano no puede permanecer en silencio, ese piano debe recobrar su voz, y dónde mejor que en el lugar del alma mater de este Campus de Artes y Música… Linda Rautenstrauch seguramente quisiese que esté aquí, en la sala que lleva su apellido”. Comentó el directivo que “este instrumento se suma a nuestro patrimonio tras un proceso de adquisición e intensa restauración de su máquina. El logro es una realidad gracias al compromiso y el aporte de nuestros socios, quienes con su apoyo hacen posible que el Camping Musical siga ampliando posibilidades y preservando su memoria fundacional”.
Como consecuencia de la incorporación, probablemente sea la barilochense la única sala de la Patagonia en reunir tres pianos y tener la posibilidad de albergar conciertos a tres instrumentos. En materia de espectáculos, ya cerró su calendario, pero se reanudará en los primerísimos días de enero, precisamente con un clásico: el Encuentro de Piano Internacional (EPI), que suele congregar a grandes maestros de relieve internacional. Tiene por delante una insospechada cita con la historia.