2024-05-12

A JORGE MANGE SE LE QUEMARON LOS PIES DE TANTO CAMINAR

La nevada de 1944 y el pibe de 13 años que se puso el traje de héroe

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Integrante de una familia histórica, quedó aislado con un tío impedido y un hermano menor a unos 50 kilómetros de Bariloche. Caminó alrededor de 14 kilómetros para aferrarse a la vida.

La nevada histórica de 1944 arrancó en agosto y tanto se prolongó que puso a Jorge Mange en una encrucijada: con apenas 13 años tuvo que hacer en soledad y a pie un trayecto de legua y media hasta el puesto más cercano para evitar que su tío y hermano menor pasaran hambre o tal vez, algo peor. El jovencito casi deja los pies en la imperiosa travesía, que se cobró la vida de unos cuantos animales. Zafó gracias a la generosidad de la mujer que lo recibió, viuda de un Barbagelata, cuyo nombre no quedó en su memoria.

Rescató el suceso Albertina Rahm, quien tiene varios cuentos publicados. El texto que tituló “Del cuarenta y cuatro” no llegó a la imprenta, pero, afortunadamente, quiso compartirlo con el cronista. Jorge formaba parte de una familia pionera en la región, que por entonces “tenía un lote de varias hectáreas en la ruta que va a Villa La Angostura, a unos 50 kilómetros de Bariloche”, contextualiza el escrito inédito.

“Criaban ganado vacuno y unas pocas ovejas para el consumo. La familia llevaba en arreo a los animales hasta Bariloche y se los vendía a Jesús Arroyo, quien los faenaba en el matadero”. En el lugar vivía un tío de Jorge en soledad y desde ya, para los chicos pasar unos días en el campo era una delicia. Fueron de visita como tantas otras veces a comienzos de agosto de 1944, sin sospechar que aquella ocasión se tornaría inolvidable.

La idea inicial era permanecer como mucho una semana. “Salían al campo a caballo a darles alfalfa a las vacas, a cazar liebres y a ver si veían algún jabalí. Los jabalíes hozaban muy cerca de la vivienda, a veces lograban cazar alguno con el Winchester. Entonces se juntaba toda la familia para comer tan exquisita carne”, reconstruye el texto de Albertina. También disfrutaban de escuchar las historias que contaba el tío.

Hasta que llegó la infaltable, “de noche y como siempre en silencio. Y vino nomás, con su aliento helado que cala hasta los huesos y se quedó un mes; parecía dispuesta a perpetuarse. Con su blancura ingenua lo cubrió todo: el suelo, las piedras, los árboles que por su peso quebraron las ramas más débiles. Dejó a los animales sin pasto, los que podían ramoneaban de maitenes y coihues y los que no, morían de hambre”, describió la escritora a partir de la memoria de Jorge.

La cuestión es que “no dio tiempo a comprar los vicios. Ni a engrasar los tamangos. Y se siguió quedando. Dura. A la semana volvió renovada, seca, fina. Con tranquila monotonía cayó sobre la rigidez que le dieron las heladas. Los chicos se quedaron atrapados en el lote. No se pudo llegar a buscarlos. El camino estaba intransitable. Y lo peor era que se estaban quedando sin nada. Alguien tenía que ir a Santa María”.

Mange en la década de 1960. Gentileza: Albertina Rahm.

Ahí tenían un almacén los Barbagelata, otra familia histórica más vinculada a la historia de Villa La Angostura. Hacían falta “los vicios, las velas” y también “kerosene para la lámpara. Apenas si tenían un poco de harina y nada de grasa y yerba para una cebada. A la noche antes de acostarse se alumbraban dejando abierta la puerta de la estufa, así ahorraban el tronquito de vela que les quedaba”.

Pero “Santa María estaba a una legua y media y seguía nevando. Finito y rendidor. Había que ir pronto. El tío estaba grande para semejante caminata y andaba con lumbago hace un tiempo. Tenía que ir Jorge, el mayor”. El pibe argumentó que tenía los calamorros rotos, pero no quedaba otra. Se llamaba así a “unos zapatos tipo botines” más bien “toscos”, informó Albertina. Es más, se acordó del caso de Feliciano Quesada, que había perdido los dedos después de un congelamiento, pero tuvo que salir igual.

En aquellos tiempos, nada de “camperas técnicas” como las de hoy: “debajo de las dos tricotas que le había tejido su madre, se puso unas hojas de diario para que no le pasara el viento a través de los agujeros del tejido, y arriba, el poncho. El problema eran los pies. Primero probó con tres pares de medias, pero los calamorros ya le estaban quedando chicos, le sobresalía el dedo gordo”.

Para disimular los agujeros en la suela, “el tío le fabricó unas plantillas con la caña de una bota vieja que encontró en el galpón” y después, “en la plancha de la cocina calentó un pedazo de grasa rancia que había guardado de la última carneada, esperó que se derritiera un poco y la pasó sobre los calamorros una y otra vez. Era la forma de impermeabilizar el cuero”, recuerda la narración.

El pibe estaba listo. “Cuando abrió la puerta vio que no caía ni una gota de las estalactitas que pendían del alero. Pero debía partir y partió”. Lo recibió el “silencio blanco” y para colmo, “no había huella en el camino” porque “hacía una semana que no pasaba nadie. La huella la tenía que hacer él, pero si seguía nevando así, para la vuelta ya estaría tapada”. Jorge conocía el trayecto, pero de tanta nieve se tornaba irreconocible.

Después de dos horas de trajín y de experimentar una “sensación de entumecimiento” en los pies, vio “entre los árboles el techo de Santa María”, donde actualmente está el camping Don Horacio, ubicó Albertina ante la inquietud del que firma. La “doña” que hizo de anfitriona vio que los tenía escaldados y sugirió que se quedara a pasar la noche, pero Jorge replicó que no podía, porque su tío y hermano estaban “solos, a oscuras, sin yerba, ni pan ni nada”.

Ante tanto convencimiento, la mujer entibió agua y ordenó que el joven caminante pusiera sus pies en una palangana para suavizar las ampollas que ya salían. También preparó un jarro con leche caliente y tortas fritas, mientras “el Pilón” alistaba “todo para que pueda volverse temprano, antes que lo pille la noche, porque parece que la nevazón no va a parar”, pronosticó y con razón.

“La doña le prestó medias tejidas por ella misma y un par de botas de goma altas, hasta la rodilla; le recomendó ponérselas debajo de los pantalones para que la nieve no le entrara por arriba” y explicó “son de mi finado marido”. El jovencito “partió más reconfortado, pero con el frío metido en el cuerpo. Llevaba la bolsa en el hombro y los pies doloridos. De nuevo la caminata sobre la nieve, ahora con más miedo”.

Para colmo “el cielo gris se oscurecía. La muerte andará cerca, pensaba el muchacho y trataba de mover los pies entumecidos dentro de las medias”. Volvió a recordar “al finado Feliciano Quesada”. La legua y media (algo más de 7 kilómetros) se hizo eterna, “hasta que por fin vio el rancho en medio del paisaje nevado y la bandada (de loros) pintando de verde un retazo de cielo. El humo todavía se elevaba vertical”, finaliza el escrito de Albertina. Aquel pibe que tuvo que ponerse el traje de héroe, fue más tarde, su marido.

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