AHORA QUE VOLVIÓ A FUNCIONAR, REVIVIERON RECUERDOS
30 años atrás, noche de batahola en Puerto San Carlos
En los 90, el emplazamiento era básicamente un patio de comidas que, además, funcionaba parcialmente como puerto. Alguien tuvo la mala idea de organizar allí mismo un festival que incluía heavy y punk sin conocer el paño. Y bue…
Casi 30 años después, se puso en funcionamiento y abrió sus puertas a expresiones musicales. El flamante Centro Municipal de Arte, Ciencia y Tecnología todavía luce un tanto pelado, pero que retornaran los sonidos motivó a hurgar en el baúl de los recuerdos. Es que, precisamente, tres décadas atrás, en el más absoluto imperio del neoliberalismo, en el Puerto San Carlos pasaron cosas y no del todo apacibles.
En su imperdible “La otra cara de la postal. Punk en Bariloche”, Claudio Vargas plasmó en el papel la crónica de una tarde que arrancó con expectativas y no terminó bien, producto de la enorme diferencia social que, por entonces, se agudizaba en Bariloche. No es que en 2023 el abismo esté superado ni mucho menos, pero en los 90, periódicamente estallaba el descontento de aquellos que la Argentina primermundista dejaba afuera.
Contexto: “En el fin de año del 93 una rockería local (la) emprendió con un evento musical, era la gente de Crazy Music. La disquería céntrica organizó un concurso de bandas, en el que la ganadora se haría acreedora de la grabación de un demo”, introduce el recuerdo. Todavía faltaba para la digitalización y, en aquellos tiempos, era muy difícil acceder a un estudio de grabación.
Detrás de esa meta, “se presentaron los consagrados Suburbio (heavy), La Zanja y otras bandas que daban sus primeros pasos como Enola Gay, Eutanasia (death metal), Incisión (death metal), Necrofilio (punk), Verónica a ciegas (dark), Marimba (trash metal) y Necrófagos. El recital comenzó temprano debido a la gran cantidad de bandas inscriptas”. Los paréntesis son los que aparecen en el texto de Vargas. Como dato de color, aportamos nosotros que el cantante de Verónica a Ciegas era el luego abogado y más tarde fiscal de Investigaciones Administrativas Marcelo Ponzone.
Sigue el historiador del punk. “La presentación de todas estas bandas estaba prevista para el final de la jornada, y a medida que avanzaba la tarde la fauna empezó a cambiar. El lugar se llenó de camperas de cuero, tachas y remeras rockeras”. Por entonces, Puerto San Carlos era básicamente un patio de comidas, así que se comprenderá el contraste y el estado de ánimo entre los habitués.
“Los punks locales esperaban a Necrofilio (debut), Suburbio y Marimba, esta última la banda más esperada, con poco tiempo de formación pero con gran cantidad de seguidores, ya que se nutría de punks y heavys, en especial, pibes de los barrios que encontraban en sus letras una representación de todo aquello que sentían: amor, rebeldía, sueños y marginalidad”, reconstruye el aporte de Vargas.
El autor conoce bien esa historia. “La base del grupo la conformaban mi amigo Chachi en batería con otro gran amigo de aventuras que era César Cárdenas (El Bestia) en guitarra. Chachi se había comprado una batería hecha mierda y El Bestia una guitarra, a lo que sumaron al Gringo (César) en voz y a Topeca en bajo. El sonido de la banda era algo así como thrash metal con algo de punk, por eso los punkis empezaron a seguir a la banda, por estar Chachi y ensayar en el barrio, precisamente en su casa, en el entretecho. Toda una aventura entrar en ese lugar y pasar horas y horas en sana camaradería. Lugar sublime para los adolescentes que nos juntábamos ahí, en el que aparte de sonidos solíamos compartir tortas fritas, buñuelos o empanadas salteñas que nos regalaba la madre de Chachi”. La rebeldía no tenía por qué perder ternura.
Al endurecerse la música, “los primeros pogos se vieron con Eutanasia (death metal) que solían ser disuadidos por los encargados del orden, lookeados con remerita blanca de la organización”, ironiza la narración. “Con la presencia de Necrofilio subió la temperatura sintiéndose la intensidad del pogo. Luego con el turno de Suburbio se puso bien pesado. Cuando llegó el horario de Marimba estaba muy denso el ambiente, un par de peleas se produjeron por quilombos varios y otros producto de la efusividad del baile”. Monedas corrientes en los 90.
Nunca tan justa la expresión “zapatero a tus zapatos”, porque “los hacedores del recital no entendían mucho del asunto, así que en un momento al ver el pogo la organizadora se metió gritando CHICOS, NO SE PELEEN (mayúsculas en el original), un punki en el fragor de la danza la tocó con el hombro y la infortunada señora cayó al suelo, mientras otro asistente se la llevaba puesta en el piso. Resultado: señora con un improvisado cabestrillo producto del dislocamiento del hombro y la amenaza de parar el certamen”.
Pero había que llegar al final: “En ese momento realizamos una reunión de directorio con el amigo Chachi y decidimos hacernos los caretas, hasta el último tema de Marimba, que era nada más y nada menos que el tema Me cago en la yuta, de Comando Suicida […] Marimba la interpretaba con una potencia inusitada”. No se sabía por aquí que la banda en cuestión había virado hacia posiciones nazis.
Para volver a la acción, “la señal la tenía que dar el gordo (Chachi) detrás de los parches y el resultado era no escatimar en energías en el final de la ceremonia. Y así fue, después de eso pararon el recital y los que pagaron el pato fueron los Necrófagos que ese día debían debutar y otra banda más que no recuerdo el nombre. El salón era la plaza de comidas del Puerto San Carlos, lugar de lo más nuevo que tenía la ciudad; de ahí salían los catamaranes hacia la isla Victoria y bosque de arrayanes”. El nuevo Centro Municipal de las Artes, la Ciencia y la Tecnología todavía está un tanto pelado, pero sus paredes atesoran historias. Gratas algunas, otras no tanto.