EL “CAPRARO”, EL CLUB ANDINO, LA INTENDENCIA DEL PARQUE
Edificios que resisten al desorden inmobiliario y urbanístico
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El primero data de 1952 y se construyó para continuar una tradición arquitectónica anterior. El segundo es de 1935 y el de Bustillo, de 1936.
Solemos pasar por sus respectivos frentes sin prestar atención alguna, pero haríamos bien en detener la marcha y, al menos, levantar un tanto la cabeza. Todavía resisten en el centro de Bariloche edificaciones que hablan de otras épocas, más originales y menos globalizadas, cuando participar y preservar ciertas identidades se consideraba un valor en la ciudad. Tienen bastante que decir, solo se requiere prestar oídos.
Sobre la calle Moreno, frente a la YPF de Morales, “se levanta el Edificio Capraro, construido en 1952, que a pesar de su dimensión y de haber sido construido en mampostería, sigue siendo, en su estructura general y con sus techos de fuertes pendientes y su revestimiento de madera, un claro ejemplo de cómo una nueva generación de arquitectos mantuvo la continuidad de estilo con la arquitectura tradicional de los pioneros chilenos”.
La semblanza lleva la firma de Hans Schulz, quien la incluyó en “Mandato paterno” (EDUCO 2011), un libro que aborda la relación de su familia con el nazismo y el comportamiento de la colectividad alemana frente a tema tan espinoso. Pero, además, varias de sus páginas describen al Bariloche de 1950 y 1960, décadas en las que transcurrieron la niñez, adolescencia y primera juventud de su malogrado autor.
“Hacia el oeste de esta construcción, comienzan las plazas que rodean al Centro Cívico y toda una serie de edificios históricos que no vamos a enumerar”, se disculpó Schulz. “Ocupan el lugar mítico sobre el cual, según los decretos de la burocracia oficial, fue fundada la cuidad europea, es decir, el lugar donde se construyó el antiguo almacén de Karl Wiederhold y, unos pocos años después, el aserradero de Primo Capraro”.
Con ironía, recordó el antropólogo, fotógrafo y periodista que “aquí no hubo un árbol de la justicia ni un Garay que lo plantara, como en Buenos Aires, y nadie blandió su espada a las cuatro direcciones ni dio un tajo a la tierra para señalar la posesión y comenzar a repartir las tierras. Fueron colonos chilenos de origen alemán los que aquí descendieron de los barcos, se asentaron y comenzaron con el comercio”, puntualizó.
“Hace muchos años, cerca de allí (del Centro Cívico) sobre la calle Mitre y un poco escondida todavía, estaba la antigua casa de madera de Karl Wiederhold, algo que recuerdo como uno de los rincones más pintorescos del imaginario perdido de la ciudad. Pero desde la esquina que describo ya no se ven esas casas”, lamentó. Su libro se publicó 11 años atrás y es de suponer que lo escribiera tiempo antes. Para situar su presente, digamos…
En efecto, “a mis espaldas está el edificio de la Administración de Parques Nacionales, una obra del arquitecto Bustillo inaugurada en 1936 y que es hoy Monumento Histórico Nacional. En una esquina de sus jardines se conserva, algo escondido, uno de los clásicos señaladores de caminos, diseñados por aquel legendario arquitecto. Es el kilómetro 0 de los caminos del Parque Nacional Nahuel Huapi y un ejemplo del afán del arquitecto en darle una identidad estética uniforme a la región del Nahuel Huapi, durante la segunda o tal vez la tercera fundación de la ciudad”, volvía a ironizar.
Desde la Intendencia del PNNH, “mirando hacia el sur, se levanta la pequeña edificación del Club Andino Bariloche, fundado en 1931, construida en 1935 en un claro estilo alpino por el arquitecto Godofredo Hacker”. Según las observaciones de Schulz, “este encierra en sus paredes, al igual que el colegio alemán, una gran parte de la historia de la ciudad europea. Los destinos de las familias se entrelazan entre ambas instituciones. Ingresar al salón de reuniones de la planta baja del Club es como comenzar un viaje en el tiempo. Pareciera que allí nadie se atrevió a molestar a los espectros que convocaron a la montaña sagrada. Sobre el antiguo hogar reposa un cuadro con uno de sus legendarios fundadores, Otto Meiling”, describió.
Como muchas y muchos barilochenses que hoy peinan canas, sean nacidos y criados o no, Schulz se molestaba cada vez que el mal llamado desarrollo inmobiliario, se lleva por delante el patrimonio del viejo pueblo. “Más atrás, sobre una calle transversal, todavía se conserva el triste simulacro de la que algún día fuera la primera vivienda de la familia de don Primo Capraro, uno de los pioneros europeos de la región del gran lago y personaje emblemático de la colonia agrícola, ganadera y forestal de las primeras décadas del siglo XX”.
Según pudo constatar, “en antiguas fotos, esta vivienda estaba rodeada de bosques y a su costado corría el arroyo del molino”, es decir, el que se supone que no tiene nombre. “En la actualidad, el simulacro histórico y la serie de edificios modernos de departamentos que la rodean convierten a ese sector de la calle Neumeyer en un triste ejemplo del desorden estético que está devorando a la ciudad”. Once años después de la publicación del libro, ese desorden no ha hecho más que insistir en desordenarse.