VIEJAS ESTAMPAS BARILOCHENSES
Cuando Mamuschka era Status y Gambrinus, un recuerdo
Seis décadas atrás, el centro de Bariloche era tan distinto al actual que costaría reconocerlo. Hacen falta las palabras para saber qué había en esquinas que hoy son tan emblemáticas como bulliciosas.
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Donde hoy se levanta el elegante local de una célebre chocolatería –cuyo nombre felizmente no fue blanco de la rusofobia– antes funcionó una confitería. Durante años, el establecimiento concedió estatus a sus asistentes y fue centro neurálgico de la vida social barilochense. Antes aún, trabajó en el mismo sitio una cervecería que rememoraba el origen alemán de varios pobladores barilochenses, cuando los así llamados bares temáticos no estaban en los planes de nadie.
Estas y otras estampas del pasado barilochense pueden encontrarse en “Mandato paterno” (EDUCO-2011), el libro que Hans Schulz publicó 11 años atrás. Sus recuerdos remiten a las décadas del 50 y 60, cuando transcurrieron su niñez, adolescencia y primera juventud. Si bien su trabajo es un cuestionamiento sobre las siempre incómodas relaciones entre la colectividad alemana a la que pertenecía y el nazismo, en varias de sus páginas pueden encontrarse semblanzas entrañables de un Bariloche que ya no está.
Cuando se lee, casi siempre se aprende. Resulta que en la esquina de Morales y Elflein “se levanta un edificio histórico que originalmente no estaba allí. En 1940 fue trasladado a esa ubicación sobre un trineo de troncos tirados por yuntas de bueyes, una costumbre muy común de aquella época. Es la ex-Oficina de Tierras y Colonias, construida en 1928 por Primo Capraro y Santiago Castillo y desde la cual se administraba la antigua Colonia Agrícola Ganadera del Nahuel Huapi. Hoy es un Monumento Histórico Nacional”, destacó Schulz, en su trabajo.
Si desde allí se camina en dirección al lago y “llegando a la esquina”, se verá que “una moderna estación de servicio reemplazó a la antigua YPF de la familia Boelcke”. Con espíritu crítico, el periodista y fotógrafo describió que “antes de llegar, un hotel de arquitectura posmoderna y algo fuera de lugar agrega, con su nombre de tinte aristocrático, Kenton Palace, un toque de necesaria globalización al conjunto de edificaciones que componen el abigarrado cuadro”, en referencia a la primera cuadra de Morales, claro.

Aquella esquina, hoy. Foto: Matías Garay.
“En cuanto a los antiguos dueños de la esquina, es increíble cómo nuestra imaginación adscribe algunos personajes de la infancia o juventud a ciertos ámbitos. Este es el caso de Carlos Boelcke, que era en aquellos años cónsul de Alemania y al que no puedo dejar de recordar sentado con sus amigos detrás de los ventanales en aquellos sillones verdes de la legendaria confitería de la calle Mitre, que sin ocultar la noble aspiración de sus parroquianos, llevaba el apropiado nombre de Status”, ironizó.
Precisamente, “hoy, en el lugar que ocupó Status, existe una elegante chocolatería con un nombre ruso, y en la esquina opuesta, una confitería de nombre Friends. El mar de objetos que pueblan el techo de dicha confitería es como un altar en las alturas. Los pequeños recuerdos fueron traídos por sus dueños desde los más remotos lugares del planeta. Tomar un café allí es como tomarlo en un museo”, consideró el autor, precisamente, hombre bastante viajado.
“La confitería Gambrinus, anterior a la chocolatería y a Status, ya pertenece a una historia más antigua y al imaginario de otra generación de descendientes de alemanes del pueblo, a los que todavía aquel barbado santo del pueblo, con vestimenta de rey medieval y patrono legendario de la cerveza, remitía a la cultura popular de una época histórica pasada. En ese entonces, el nombre y la atmósfera que suscitaba todavía cargaban con algunas connotaciones étnicas”.
En este punto, quizás haga falta ahondar un tanto. Gambrinus es un nombre que alude a un héroe de leyendas europeas, ícono de la cerveza y de su fabricación. También se identifica al personaje con la jovialidad. En múltiples canciones, poemas e historias, es descripto como como un rey, duque o conde, tanto de Flandes como de Brabante, es decir, en esas versiones no era precisamente alemán.
Artísticamente, se acostumbra a representarlo como un noble o rey orondo y barbudo, con una jarra de cerveza infaltable. En ocasiones, también aparecen barriles cerca cuyo. A veces, se afirma que se trataba de un santo patrón, pero aparentemente, esa interpretación no tiene asidero. Tampoco fue deidad alguna. “Basta con visitar la ya clásica confitería de ese nombre en la ciudad de Bahía Blanca y observar su profuso decorado para saber de qué estoy hablando”, completó Schulz su semblanza.
En 70 años, los significados cambiaron y mucho. “Para las globalizadas generaciones actuales, una cervecería Gambrinus es, junto con los pubs irlandeses, solo una confitería temática más”. Si no fuera por los escritos del antropólogo prematuramente fallecido, algunos recuerdos de gente ya anciana o por ciertas fotos que felizmente alguien tomó la precaución de digitalizar, esas “generaciones actuales” nada sabrían del pasado no tan remoto de su pueblo.