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EN LA PATAGONIA PROFUNDA SE CUENTAN HISTORIAS DE MIEDO

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31/07/2025

La Dama de Blanco en Ruta 23: hay que tener cuidado en los caminos solitarios de Línea Sur

Más vale circular con compañía en determinados parajes. Pueden darse encuentros con seres misteriosos que después, nadie creerá.
La imagen que acompaña al relato en el libro de Piccini (reproducción propia).
La imagen que acompaña al relato en el libro de Piccini (reproducción propia).

Desde que se estableció el imperio de la razón todo el mundo dice que no existen, pero que las hay… No nos referimos específicamente a las brujas, sino a ciertas manifestaciones que desafían la lógica y que podrían designarse rápidamente como esotéricas. Muchas gozan de sobredimensionada difusión gracias a las películas de Hollywood y si bien por aquí nadie los rodó, de los vericuetos de la Patagonia también emanan relatos que pueden meter miedo. Se cuentan de boca a boca y en ocasiones, llegan al papel.

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El encontronazo tuvo lugar hace bastante, porque su involuntario protagonista confió que al suceder “la 23 todavía no estaba pavimentada como ahora”. La narración refiere a la entrañable ruta que une a la Nacional 3 con la localidad de Dina Huapi y atraviesa la zona más sureña de la provincia de Río Negro. En buena parte de su recorrido corre paralela a las vías del ferrocarril que históricamente se designaron como Línea Sur, denominación que, por añadidura, equivale a la amplia zona que se extiende entre Valcheta y Pilcaniyeu.

En su condición de policía provincial, Jorge Castañeda estaba por entonces destinado a Sierra Pailemán, paraje sito a unos 60 kilómetros de Valcheta. El autor de relato recuerda al lugar como bonito y de “gente muy buena. Hay algunas plantaciones de frutales y siempre algún asado está aguardando”. Sucede que “no hay muchas diversiones para que los pobladores se pueden entretener en sus horas libres”, justificó.

Como mucha gente todavía a pesar del paso del tiempo, “yo tenía en aquellos años una camioneta Ford F100, porque en el campo hay que tener vehículos fuertes, nobles y de mecánica sencilla para andar entre los pedreros y las rutas de ripio”. Un buen día, “como me hacían falta algunas provisiones tomé la decisión de viaja a Valcheta para comprar sobre todo verduras frescas y algo de indumentaria, entre otras cosas”.

Transitar por el ripio demanda más tiempo que por el asfalto, entonces “salí temprano de Pailemán y cosa rara esta vez viajaba solo, no tenía ningún acompañante que necesitara viajar al pueblo por alguna necesidad”. El viajero iba enfrascado en sus cavilaciones “cuando en la primera tranquera veo a una figura humana que estaba esperando seguramente alguien que la lleve hasta el empalme con la 23”.

Hasta ahí, nada desusado, pero… “Voy aminorando la marcha y distingo a una señora que portaba una especie de paraguas y estaba vestida de blanco como una dama antigua, situación que mucho no me llamó la atención porque la gente de campo raramente anda a la moda como los puebleros”. Solícito, como es costumbre en situaciones similares en el campo patagónico, el conductor de la F100 preguntó a la mujer “si necesitaba algo”.

Aroma a violetas

La respuesta tampoco salió de lo habitual. “La mujer, cuyo rostro no me llamó mucho la atención porque no era nadie que hubiera conocido, me pidió si no la podía llevar para dejarla en el cruce porque tenía que ir hasta la ciudad de Viedma y allí era más fácil encontrar un medio de transporte que la deje en su destino”. Desde ya y como haría cualquiera en la misma situación, la solicitud fue correspondida.

“Me bajé, le abrí la puerta del lado del acompañante y la invité a subir a la camioneta. La cercanía a su cabello, que llevaba ceñido con una cintita de color, me invadió con un aroma como a violetas, que me hizo recordar un perfume que muchos años antes usaba mi madre”, confía el relato de Castañeda. Más allá del gesto de caballerosidad, el conductor no pudo con su genio y espontáneamente, dio rienda suelta a sus hábitos.

“Cuando me acomodo nuevamente al volante de la Ford, mi oficio de policía siempre despierto advirtió nuevamente en la rareza del vestido de la dama, en el aroma a violetas que exhalaba su caballera, en el extraño paraguas cuando el día estaba completamente despejado y en especial un detalle muy particular, que a cualquiera haría sospechar: no llevaba ningún equipaje”. Una suma insoslayable de rarezas.

El conductor convivió un rato con sus dudas, hasta que no pudo más. “Al hacer menos de una legua y atento al camino que estaba en muy malas condiciones, intrigado quise hacerle algunas preguntas para aclarar el misterio, pero cuando miro a mi lado: ¡No había nadie! ¡La misteriosa dama de blanco se había esfumado en el aire! ¡Estaba yo solo en la cabina de mi camioneta! Y allí a pesar de mi formación policial, tuve miedo, mucho miedo”, admitió después Castañeda.

Bastante más tarde, “en alguna guitarreada donde también se hablaba de luces malas, de aparecidos y fantasmas, un viejo poblador para mi sorpresa comenzó a mentar la desventura de la dama de blanco que se aparecía en la primera tranquera de Pailemán”. En esa ocasión supo el escritor que “fue la dueña del establecimiento de campo que había heredado y que siempre vio frustradas sus ganas de irse del paraje para regresar a la ciudad”.

La cuestión es que la mujer murió en el lugar, allí recibió sepultura “y es por eso que su fantasma en algunas ocasiones hace dedo en la ruta para irse del lugar y cumplir de alguna forma los sueños que estando en vida no pudo concretar”. He ahí la explicación que dan los relatos populares y que ningún razonamiento lógico convalidará.

Refrescó la historia de Castañeda Jorge Piccini en su flamante “La 23. De la cordillera al mar”, libro de reciente aparición. Desde que se estableció el imperio de la razón todo el mundo dice que no existen, pero más vale no aventurarse en soledad por los caminos solitarios de la Línea Sur. Al menos, no por el que une Sierra Pailemán con la emblemática ruta.

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