NO HABÍA SALAS NI MUCHOS FONÓGRAFOS

| 26/05/2024

¿Cómo hacían los barilochenses para escuchar música un siglo atrás?

¿Cómo hacían los barilochenses para escuchar música un siglo atrás?
Detrás de la empalizada a la izquierda de la imagen, alcanza a verse el Hotel San Carlos alrededor de 1920. Colección Frey Neumeyer en Archivo Visual Patagónico.
Detrás de la empalizada a la izquierda de la imagen, alcanza a verse el Hotel San Carlos alrededor de 1920. Colección Frey Neumeyer en Archivo Visual Patagónico.

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El pueblo quedaba muy lejos de los grandes centros urbanos y los caminos eran azarosos. Así y todo, nuestros antiguos vecinos y vecinas se las arreglaban para dar rienda suelta a inquietudes musicales.

Cien años atrás no existían la sala de la Biblioteca Sarmiento ni el Camping Musical y nadie podía soñar con la multitud de pubs o bares donde en el presente se puede escuchar música casi todas las noches. No obstante, las y los barilochenses se las arreglaban para entretenerse: en 1924 existía una “banda pueblerina”, podía escucharse el tema preferido a cambio de unos cuantos centavos en una especie de gramófono público y, en algunas confiterías, un pianista matizaba el consumo de tés y tragos.

Para los años 20 del siglo pasado, “los tres hoteles que disputaban las preferencias de los turistas y pasantes eran Los Lagos, de Camilo Garza, con amplio edificio y terraza sobre el lago; Nahuel Huapi, de Alberto Parsons; y San Carlos, de Félix Pettiti”. La semblanza sobre el Bariloche de un siglo atrás puede leerse en “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche-2003), libro que lleva la firma de Juan Martín Biedma y de primera edición en 1987.

Apenas principió aquella década, “Garza había vendido su hotel a Fernando Álvarez, quien introdujo mejoras y le cambió el nombre por Hotel Central. Fue el primero que suministró agua caliente y fría en sus habitaciones”. Hoy las habitaciones con baño privado parecen una obviedad, pero no siempre fue así en la historia de la hotelería local o regional. Es más, todavía perduran en Chile establecimientos con baño compartido, sobre todo en destinos no muy concurridos.

Mientras en Buenos Aires proliferaban cafetines y restoranes de diversa índole, aquí “la confitería de Belarmino García era el punto obligado de reunión por las noches y los días festivos”. Se adivina que su administrador era un hombre de inquietudes, porque “a este mismo García se le debió otra gran diversión: el cine. Como no poseía local, era un cinematógrafo trashumante, en el bar o en alguna casa, a pedido de los vecinos, para animar fiestas”.

No obstante, no demoró demasiado en instalarse el cinematógrafo pionero más o menos regla. En efecto, “el primer local de cine se debió a Alberto Parsons en Mitre y Frey, y las máquinas andaban a caldera”. Toda una curiosidad, si se tiene en cuenta la digitalización que en la actualidad es la norma. “Otra alternativa de esparcimiento se abrió en 1915 al inaugurarse el Tiro Federal, creado por Emilio Frey por mandato del gobierno”, establece la obra de Biedma.

Lejísimos de los grandes centros urbanos y con las comunicaciones todavía más bien endebles, la vida artística del poblado estaba en pañales, aunque estaba. “A comienzos del siglo XX no eran muchas las oportunidades de escuchar música. Había pocos fonógrafos en el pueblo, en la Compañía Chile Argentina y en algunas familias”. Al observar ese déficit y que, paralelamente, había demanda, “un comerciante de la calle Mitre, poseedor de uno de estos codiciados aparatos, vio la posibilidad de incrementar sus ingresos cobrando 20 centavos para oír una pieza de música”.

Y exactamente cien años atrás, tuvo lugar un acontecimiento simpático. “A partir de 1924 también se podía escuchar la banda pueblerina que dirigía Rafael Soriani. La integraban sus hijos y otros voluntarios. Los instrumentos los había conseguido Capraro, en donación de una escuela de Capital Federal”. Cómo no recordar, mucho más cerca en el tiempo, a Miguel Nitzche y sus esfuerzos por recuperar “la banda del pueblo”. Algunos pasos se dieron en ese sentido, pero su existencia fue más bien fugaz.

No era la única opción, porque hacía años que estaba presente en Bariloche el Ejército Argentino, entonces “también estaba la banda de la guarnición militar y una orquesta organizada por el suboficial Carmelo Minitello, con músicos militares y civiles”, puntualiza el trabajo de Biedma. Más allá de aquellas músicas, que se interpretaban más bien a “cielo abierto”, existían otras posibilidades menos dependientes del clima.

En efecto, “algunas confiterías ofrecían acompañamiento musical a sus parroquianos: piano en Cambrinus, en la Suiza y, además, cítara en Trivelhorn, en Mitre y Beschtedt”. ¡Cítara! ¿Quiénes serían los intérpretes durante aquellas tardes de relax en los comienzos de la actividad artística barilochense? Desafortunadamente, sus nombres no llegaron a nuestros días. Al menos, no hay mención alguna en la obra de Biedma. ¿Cuál sería la banda de sonido de Bariloche un siglo atrás?

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