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NO MANCHÓ SU SABLE CON SANGRE DE HERMANOS, PERO…

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16/08/2021

San Martín nunca fue neutral en las guerras civiles

San Martín nunca fue neutral en las guerras civiles
San Martín nunca fue neutral en las guerras civiles

Cuando Buenos Aires ordenó que retornara para valerse del Ejército de los Andes en su contienda contra las provincias, el futuro libertador desobedeció una y otra vez. Además, quiso mediar desde la gobernación de Cuyo.

Sobre San Martín se realza su vocación de no desenvainar para evitar el derramamiento de sangre hermana. Con esa sentencia, se intenta instalar su no intromisión en la feroz contienda que entablaron Buenos Aires y las provincias cuando todavía los realistas estaban en el Alto Perú y en el sur de Chile. Pero si bien es absolutamente veraz que San Martín no combatió en las contiendas civiles, no es cierto que no tomara partido.

Una decena de veces Buenos Aires le ordenó al futuro libertador retornar con el Ejército de los Andes a las Provincias Unidas, una vez que la victoria sonriera a los patriotas en Maipú. Hasta enternece detenerse en la correspondencia de aquellos años, cuando el jefe de la tropa inventaba excusa tras excusa para no abandonar Santiago primero y Mendoza después, ya que efectivamente, al frente de un contingente importante de sus hombres, hubo de retornar al territorio cuyano. Por entonces, San Martín solo pensaba en Perú y sabía que, si comprometía a sus fuerzas en un enfrentamiento intestino, jamás podría hacerse a la mar para desembarcar en el último bastión realista. En definitiva, desobedeció una y otra vez a quienes detentaban el poder en la altanera ciudad, para quienes la revolución solo significaba sacudirse el yugo realista para hacer grandes negocios con Gran Bretaña.

El vencedor en Chile causó la irritación de Buenos Aires al proponer a la gobernación de Cuyo como mediadora entre los intereses portuarios y los reclamos de Córdoba, Santa Fe y la Banda Oriental. En aquel entonces, para las autoridades bonaerenses, los federales del interior eran simplemente bandoleros, cuatreros y gauchos rotosos. En consecuencia, que pusiera en un mismo plano a los partidarios del Directorio con los seguidores de Artigas, Bustos y Ramírez, constituyó una auténtica afrenta.

Existe correspondencia entre el prócer americano y los caudillos. Hacía rato que San Martín sabía que no podía contar con el apoyo económico y militar de Buenos Aires para seguir rumbo a Lima y, por otro lado, también admitía que solo podía pensar en los gauchos de Salta para una táctica defensiva. En consecuencia, sus misivas hacia los tres hombres fuertes del interior -cuando terminaba la década del 10- constituían exhortaciones a la unidad patriota en orden a enfrentar a los maturrangos.

El correntino no manchó su sable con sangre de rioplatenses, pero no fue neutral, como nos quiso enseñar Bartolomé Mitre. Harto de las mezquindades de Buenos Aires y con el apoyo de Santiago, volvió a cruzar la cordillera con el Ejército de los Andes. Si la tropa hubiera marchado hacia el Río de la Plata para ponerse a las órdenes porteñas, ¿habría terminado de la misma manera la batalla de Cepeda? No.

Historiadores ultraliberales acusan a San Martín de secuestrar un ejército que, en definitiva, habían armado las Provincias Unidas. En cierto sentido, tienen razón porque su jefe no solo desobedeció las órdenes de la antigua capital virreinal, además se puso formalmente a disposición del gobierno chileno y embarcó a su gente en una flota que navegó hacia el norte bajo el pabellón trasandino.

Como él mismo debía sus jinetas al gobierno de Buenos Aires, cuando consumó la desobediencia convocó a todos sus oficiales. Estaban allí los que habían cruzado la cordillera con grandes padecimientos, los que habían batido al enemigo en la cuesta de Chacabuco, los que habían mordido el polvo de la derrota en Cancha Rayada y luego, asestado el trascendente golpe de Maipú. Todavía guerreaban en el sur de Chile y sabían junto con su líder, que la victoria definitiva solo se podría conseguir en los antiguos dominios de los incas. A instancias del correntino, se reunieron, deliberaron y ratificaron a San Martín como comandante del ahora Ejército Expedicionario al Perú. Buenos Aires quedaba lejos y al norte, aguardaba escribirse la historia grande.

Más o menos por entonces, escribió el desobediente: “¡Ánimo, para los hombres de coraje se han hecho las grandes empresas!” Hazañas trascendentes que se vieron desteñidas por quienes piensan que los "argentinos" liberamos tres países, razonamiento típico de la “ciudad gringa”, según la calificara Atahualpa Yupanqui. La suerte quedó echada cuando de Venezuela y Colombia llegaron a través de Ecuador, las huestes que comandaba Simón Bolívar. San Martín no manchó su sable con sangre de hermanos, pero nunca fue neutral.

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