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Quetrequile: “uno de los sitios más hermosos” de la Patagonia
Formuló la apreciación el viajero francés Henry de la Vaulx, quien cobró notoriedad en los últimos años porque saqueó un enterratorio aonikenk. En Maquinchao contó en 20 mil ovejas el ganado de la estancia.
En octubre de 1896 un noble francés viajaba con dificultad por la geografía actual rionegrina. Quedó en la historia de la Patagonia porque protagonizó un feo caso de saqueo, al profanar un enterratorio de gente aonikenk bastante más al sur, pero más allá de ese episodio reprobable y de su eurocentrismo general, sus escritos valen a la hora de reconstruir qué aspecto presentaban. estas latitudes algo menos de 130 años atrás.
Por entonces, el ingeniero Jacobacci no existía y Maquinchao era, sobre todo, una estancia. En forma coincidente con las apreciaciones de la investigadora Liliana Lolich que trajimos una colación dos semanas atrás, Henry de la Vaulx apreció la importancia relativa que tenía Quetrequile en aquellos tiempos. Aunque claro, la población significativamente mayoritaria era mapuche y tehuelche.
El conde extrañaba las comodidades de sus pagos y llegó al actual trazado de la Línea Sur proveniente del Valle, en particular, de General Roca. Al observar desde lejos construcciones que supusieron familiares, albergó vanas esperanzas. “Aquí hay una estancia confortable, a pesar de la aridez y la soledad de la región de más al norte. Mis ojos, desacostumbrados a ver algo que no sean las pálidas vastedades bajo un cielo tristón, descansan ahora quietamente sobre enormes rebaños de ovejas, más de veinte mil, que pastorean tranquilamente en el valle que el crepúsculo va invadiendo”.
En tono de diario de viaje, dice el escrito que legó: “Me parece que en esta estancia tendré el gusto de conocer gente afable cuya hospitalidad sonriente distendería mis nervios, aliviaría mi cerebro, me incitaría -en una especie de bienestar- a conversar sobre la gente de la región, sus costumbres… Toda una filosofía sin pretensiones, pero sustancial y clara, por la que uno se las ingenio para sobrevolar un poco el simple hecho de existir”.
Tal vez estas geografías no estarían hechas para el noble, porque admitió que “encontrar franceses en ese momento me hubiera llenado de alegría. ¡Pero no! Me topo con una especie de poste anglicano antipático como un aya (sic) y frío como un puritano, que dirige la casa y que me recibe de manera que no me dan ganas de pasar mucho tiempo ahí. Sin embargo, aprovecho la herrería de la estancia para reparar mi carro, muy dañado por los sacudones del viaje”.
A pesar de ese aparente desagrado, la comitiva que lideraba se demoró cinco días en retomar su camino. Partió de Maquinchao el 23 de octubre y “nos dirigimos a Quersqueley”, el Quetrequile de la actualidad. Por entonces, el ingeniero Jacobacci no estaba en los aviones de nadie. “La primera jornada avanzamos muy poco, hostigados por el pampero que, sin piedad, nos muerde la cara. Las mulas se empacan y yo mismo casi me dejo confundir por el condenado viento que sopla con fuerza”. La denominación del ventarrón corre por cuenta de su texto.
En la Patagonia es así. Al día siguiente, uno de los animales sufrió un accidente que obligó a pernoctar en un sitio poco propicio. “El agua es salobre, así que el mate tiene un sabor horrible. Seguimos en la mala ya la noche cae una copiosa lluvia, que al día siguiente se transforma en nieve. Literalmente, estamos empapados, la carpa no estaba armada y no podemos pensar en ir a Quersqueley con este tiempo”.
Sin embargo, “en medio de la desgracia sacamos algo bueno, y es que la nieve que recogemos en nuestros abrigos se transforma fácilmente en agua para preparar -con carne traída de la estancia- un sabroso puchero en la marmita de la campaña”. Finalmente, el pequeño contingente llegó a Quetrequile el 26 de octubre. De la Vaulx lo describió “como uno de los sitios más hermosos que encontré en mi viaje”.
En efecto, añadió: “es un vallecito regado por un arroyo cristalino, en cuyas orillas se alinean los toldos de los indios. La entrada al valle es una angostura entre dos rocas elevadas”, describió. Como comentamos al reparar en la investigación de la arquitecta Lolich, la población que allí creció años perdió paulatinamente su importancia, al trazarse el ferrocarril con el recorrido que llegó a nuestros días y al quedar durante varios años Huahuel Niyeo (Jacobacci), como punta de riel. Serían “postes anglicanos antipáticos”, pero eran los que mandaban en la Patagonia en el espacio entre siglos.