EL CORDILLERANO, 30 AÑOS / HISTORIAS DE BARILOCHE
La esquina de los videojuegos
Jaime Cohen suele llegar a su comercio bastante antes del horario de apertura… y eso que abre temprano.
En un recoveco de la trastienda, husmea entre el cablerío, aparatos y un largo etcétera.

La esquina barilochense de Albarracín y John O’Connor, donde se ubica su local –llamado Led–, es un rincón de la ciudad que cualquier amante de los videojuegos conoce.
Y, contrariamente a lo que se podría pensar, en relación a que el avance de modas –como jugar en línea– tenderían a ponerle fecha de expiración al negocio, el sitio respira fuerte y seguro.
Así, por ejemplo, Jaime reconoce que “los juegos virtuales sacaron clientela”, pero aclara: “Igualmente, entran dentro del mismo círculo en el que estamos nosotros, porque los que los usan vienen por accesorios y, en definitiva, lo que hacen también depende de lo que vendemos”.

El hombre nació en la santafecina Coronda (“Capital Nacional de la Frutilla”, acota) y vino a Bariloche en 1976.
Llegó junto a su mujer, María Teresita, y su hijo mayor, Simón. Luego nacerían los “patagónicos” Carolina y Jonatán.

El arribo a esta parte del sur se vinculó a una labor en el cerro Catedral.
“Trabajé en el montaje de medios de elevación. Se trató de una experiencia interesante; tecnología aplicada a la montaña”, señala.
Encantado con el paisaje y el clima –le agrada el frío–, Jaime decidió que su futuro continuaría en este lado del mapa.

“El negocio nació hace treinta y siete años”, puntualiza, y aclara que primero era una tienda de electrónica, donde hacía diversas reparaciones.
Un día le llevaron, para arreglar, un equipo de videojuegos.
“Había personas de buen poder adquisitivo que viajaban al exterior y los traían; eran ‘chiches’ que acá no se conseguían”, rememora.

El producto le interesó. “En ese momento, más que nuevo, era algo desconocido”, apunta.
Averiguó y se contactó con importadores, porque creyó que se trataba de algo llamativo para comercializar.
De esa forma, cuando consiguió los primeros aparatos, trabajó para lograr cautivar a la gente. “Puse un televisor hacia la vidriera, con el equipo funcionando”, recuerda.

“Captaba el interés, pero las personas no entendían qué era aquello, por lo que entraban a preguntar. Les explicaba que se trataba de un entretenimiento, que existía una gran variedad de juegos, y que el equipo funcionaba con el televisor”, narra Jaime.
Fue entonces cuando los barilochenses empezaron a prestarle atención a los videojuegos de uso hogareño.

“Los padres, al principio, temerosos de la nueva tecnología, cuando un chico se paraba frente a la vidriera, le pegaban un tirón para que no mirara… Se decía que hacía daño, que no era bueno para la salud”, cuenta, para luego considerar: “Yo no niego que en exceso pueda tener sus problemas, como todas las pantallas, pero es el mundo en que se vive desde hace años, y todo apunta a que se seguirá ese camino, donde todavía no conocemos el final”.
Más allá de aquellos papás que temían sobre los peligros de los videojuegos, en Bariloche comenzaba a saberse que había un local en el que se conseguían consolas y cartuchos para jugar en casa. “La bolilla se corrió rápido”, sonríe Jaime.

“Por supuesto que proveíamos el servicio técnico ante cualquier falla o inconveniente, algo muy importante en lo que hace a la tecnología. No se puede comercializar ningún producto que no esté avalado o respaldado por la casa”, sostiene.
Para Jaime, “no debe dependerse siempre de Buenos Aires, o de un importador o proveedor”. En tal sentido, afirma: “Tenemos que solucionarle los problemas a la gente”.
De la misma manera, recalca el valor del asesoramiento. “No se trata sólo de vender”, dice, apuntando al resto del acompañamiento que hay que brindarles a los clientes, como “las indicaciones y recomendaciones de uso”.

Si bien el negocio, desde hace un cuarto de siglo, se ubica en la intersección de Albarracín y John O’Connor (para los barilochenses, “la esquina de Led”), antes tuvo otras localizaciones.
Aquellos que son clientes desde el principio quizá recuerden los inicios en Villegas casi Tiscornia –donde ahora hay un edificio– o su paso por Gallardo.
Pero, más allá del lugar en que han conocido el comercio, lo cierto es que muchos, en Bariloche, crecieron comprando ahí videojuegos. Es decir, para una parte importante de la ciudad, el sitio es sinónimo de un entretenimiento que los acompañó durante la niñez y adolescencia.

Aunque, claro, tampoco es que haya que limitar la cuestión a un rango etario, porque varios de aquellos que estuvieron en los primeros tiempos de Led aún concurren al comercio. “Hay gente grande a la que le hace bien jugar, porque le agiliza la mente”, expresa Jaime, quien, precisamente, destaca que tiene clientes que dejaron atrás la juventud hace rato… al menos, la del reloj biológico, pero no la del alma.
El técnico menciona diversas marcas y artefactos, consolas y accesorios… Así, habla de Atari, Nintendo, Family Game, Sega, los diversos modelos de Play Station…

“La época del Family Game fue la más masiva… ¡la gente hacía cola!”, rememora, trayendo a su cabeza imágenes de más de veinticinco años atrás.
Nunca dejó de vender cartuchos para esos equipos. “Se siguen fabricando”, explica Jaime, quien cuenta que “todo eso viene de China”.
En cuanto al tipo de público que recurre a ese formato, comenta: “Los que lo conocen son los grandes, que lo usaron, pero cuando se llevan los juegos y los más jóvenes los ven, prácticamente se los quitan de las manos… Les llama mucho la atención. Si bien están acostumbrados a una tecnología distinta, cuando los observan, pese a ser otro tipo de gráficos y demás, encuentran el atractivo que aún tienen”.

En cuanto a las últimas novedades, Jaime menciona un pendrive que se conecta por HDMI al televisor, “¡con más de diez mil juegos!”, para utilizar con joysticks inalámbricos.
Asimismo, en cuanto a los avances que han existido en la materia, advierte que antes lo sorprendían, pero, al acompañar activamente el tema, las novedades, si bien las aprecia, ya no lo deslumbran como antes.

Al bucear en su memoria, rescata una de las cuestiones que más lo asombraron: “Cuando Nintendo creó el movimiento reflejado en la pantalla y salió la consola Wii fue una novedad total”, resalta, y desarrolla: “Ahora ya no llama la atención, pero eso era revolucionario. No se podía entender… Ni nosotros comprendíamos… Yo desarmaba los aparatos para ver qué tenían adentro; necesitaba saber, porque técnicamente me interesaba”.
En realidad Jaime precisa comprender cómo funciona todo. En la actualidad, al abrir los equipos, los fotografía con la cámara del celular. Antes, sobre todo, tomaba apuntes. “Tengo carpetas con papeles que están conmigo desde hace veinte años, repletos de anotaciones que todavía uso”, comenta.

Led siempre fue un negocio familiar. La esposa de Jaime y todos sus hijos, en algún u otro momento, pasaron por allí.
En la actualidad, al hombre lo acompaña Simón, su hijo mayor, que fue quien, de alguna forma, introdujo el rubro computación, incluyendo, claro, juegos de PC, lo que, en cierto modo, no hace más que engrandecer el mapa de cobertura, aunque siempre dirigiéndose a ramificaciones que se desprenden del núcleo central que nació hace más de tres décadas, cuando Jaime quedó maravillado ante un aparato de videojuegos que le llevaron a arreglar.

Tanto tiempo después, a los setenta, asegura: “Disfruto de lo que hago…Nunca se me fue el entusiasmo. Estar abocado a algo te mantiene activo, y esto, claramente, es lo que me gusta”.
