DA SU NOMBRE AL LAGO QUE EMBELLECE A BARILOCHE
Sobre pueblos indígenas, Juan María Gutiérrez no pensaba igual que Francisco Moreno
Si bien participó de la alta cultura argentina durante el siglo XIX, dejó asentadas sus diferencias en “De la poesía y la elocuencia de las tribus de América” en 1869. Diez años después comenzaba oficialmente la Campaña al Desierto.
Cuando anduvo por aquí en el verano de 1880, Francisco Moreno modificó el nombre del lago que hasta entonces se conocía como Karülafken en mapudungun o lengua mapuche. Pero Juan María Gutiérrez, el homenajeado con la denominación que hoy perdura, tenía una opinión muy distinta a la del futuro perito en relación con los pueblos indígenas en general y el mapuche en particular.
De hecho, fue autor de un ensayo muy ilustrativo de sus pareceres ya desde el título: “De la poesía y la elocuencia de las tribus de América” (Fundación Biblioteca Ayacucho-2006), en varios de cuyos párrafos menciona explícitamente a “los araucanos”, nombre que durante buena parte del siglo XIX e inclusive parte del XX, se utilizó para designar a grupos portadores de la cultura mapuche, a uno y otro lado de la cordillera.
Escribió Gutiérrez: “Echando una mirada sobre esa vasta superficie de nuestras regiones meridionales en donde hoy se asientan tres repúblicas, Chile, Estado Oriental y parte de la Argentina, hallamos, al occidente, la cadena gigantesca de los Andes y al oriente el prodigioso caudal de aguas que con el nombre de Paraná se arroja al Atlántico por la boca del Plata, sin igual en anchura. Como guarnecidos tras de estas vallas levantadas por la naturaleza, escondían su felicidad y su inocencia dos naciones numerosas, arraigadas al suelo con toda la fuerza del amor patrio. La una y la otra se han hecho célebres en la conquista bajo las denominaciones de guaranís y de araucanos y ambas han sido cantadas por la trompa de la musa épica castellana, sin que tanta honra las haya excluido de la común maldición y de los horribles padecimientos que la conquista desplomó sobre todas las naciones americanas”. No se parecen esos pensamientos a los que inspiraron la Campaña al Desierto…
Incluyó una exhortación quien fuera rector de la UBA entre 1861 y 1874: “Cuán hermoso y deleitable fuera el Paraíso en que Dios había colocado a estos sus pueblos de predilección, díganlo los que se han sentado a la sombra de los naranjos y de los robles del Paraguay de Arauco, y han navegado en piraguas de alerce el Bio-Bio o en canoas de timbo las aguas diáfanas y dulcísimos de los tributarios del Plata”.
Según Gutiérrez, “el suelo tiene una secreta, pero indudable correlación con los habitantes, y tanto más íntima cuanto menor es sobre estos la influencia de una civilización que tiende a poner trabas a las inclinaciones instintivas de los sentidos”, decía en relación con la que integraba con fervor y protagonismo, es decir, la eurocéntrica. “Y también por el lado del espíritu y de la inteligencia, sobresalían los habitantes de esta porción de América”.
Estableció el nacido en Buenos Aires que “los españoles mismos les han hecho justicia, y han levantado a las nubes las heroicas prendas morales de los calumniados indígenas. El noble Ercilla ha creado la más hermosa de las epopeyas de nuestra lengua, con hechos y caracteres de bárbaros, tomando el colorido principal de sus valientes cuadros, no tanto en el heroísmo de los castellanos, como parecía natural, cuanto en las virtudes de sus enemigos”.
El homenajeado por Moreno tenía bien presente “el seso y la elocuencia de Colocolo; la valentía y la astucia de Lautaro, hijo de Pillán; el orgullo, la audacia y la bizarría de Tucapel; la pujanza de Rengo”, materias que “constituyen el principal interés de los treinta y siete cantos de un poema que tanto honra al autor como a las regiones cuyos moradores inmortaliza. Y sin embargo, Ercilla no cree haber hecho lo bastante en desagravio de la justicia para con los hijos de Arauco”.
Llama la atención que, tan tempranamente, un integrante de la alta cultura argentina se detuviera críticamente en las caricaturizaciones que colegas y antecesores suyos trazaron sobre culturas indígenas. A propósito, no ahorró críticas sobre las labores misionales, porque “el misionero tenía por objeto transformar al indígena, mas que en un ser social, en un católico sumiso a la Iglesia, e inocularle creencias e ideas que ni en ciernes siquiera estaban en la mente de aquel infeliz (sic)”.
Entonces, “para llenar tal propósito violentaron y torturaron los idiomas americanos e injertaron en el tronco de estos un lenguaje teológico y metafísico que derrama falsa luz sobre la índole, la intelectualidad, el carácter y las costumbres de nuestras razas aborígenes. Hemos visto, por ejemplo, que los araucanos no levantaban el espíritu más allá de las nubes y que en ellas daban asilo a las almas de sus héroes, que eran según ellos, los únicos mortales dignos de la vida eterna”, consideraba Gutiérrez.
“Sin embargo, si buscamos en los mencionados calepinos (se refería a los diccionarios español-mapudungun o viceversa) la palabra ‘cielo’ en el sentido de sus autores, hallaremos una expresión araucana que se da por equivalente de la castellana, huenu mapu, que en rigor no es más que la asociación de las palabras ‘país’ y ‘arriba’, que de ninguna manera representaron jamás la idea de bienaventuranza en la inteligencia de aquellos indígenas”, opinaba el homenajeado. Para quienes se interesen en ahondar, “De la poesía y la elocuencia de las tribus de América” se puede descargar libremente desde el sitio de la Biblioteca Ayacucho.