2024-07-09

LA APURADA QUE LE PEGÓ SAN MARTÍN AL CONGRESO DE 1816

¿No le parece ridículo acuñar moneda, tener pabellón y no declarar la independencia?

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Por entonces, el futuro libertador era gobernador de Cuyo y a través de los diputados de esa provincia, urgió “romper los violentos vínculos” que ligaban a las Provincias Unidas con España. El correntino llamaba despectivamente “Fernandito” al rey restituido en Madrid.

Para abril de 1816 la restauración monárquica era un hecho en Europa e inclusive en España. Los revolucionarios americanos entendieron que la única manera de terminar con los privilegios de los reyes y la nobleza era a través de la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Entre quienes tomaron debida nota situación estaba quien por entonces era gobernador de Cuyo, quien urgió a sus diputados: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes pues nos declaramos vasallos. Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación y, por otra parte, el sistema ganaría un cincuenta por ciento con tal paso. Ánimo, que para los hombres de corajes se han hecho las empresas. Veamos claro, mi amigo, si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir, a Fernandito”.

Con el diminutivo, San Martín reafirmaba el desprecio que sentía por el monarca. Así se expresó en una carta que le enviara a Godoy Cruz, uno de los representantes de Cuyo en Tucumán cuando los congresales se empantanaban en discusiones sobre las interminables contiendas entre Buenos Aires y las provincias. El futuro comandante del Ejército de los Andes ardía de impaciencia, no sólo pensaba que se tornaba insoslayable declarar la independencia, además creía que la decisión tenía que explicarse al conjunto del pueblo y a los demás países. Bastante tiempo demandó a los diputados terminar con ese cometido, que finalmente se formalizó en el “Manifiesto que hacen a las naciones el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas en Sudamérica sobre el tratamiento y crueldad que han sufrido por los españoles y motivado la declaración de su independencia”. Recién se aprobó el 25 de octubre de 1817.

En ese documento se destacan dos partes que responden “a dos plumas diversas y a dos mentalidades diversísimas. La primera parte es una recriminación por la conducta de España con sus provincias de ultramar; la segunda una testificación de la fidelidad a España por parte de los hombres del Río de la Plata y la decepción final causada por el proceder intolerante y drástico de Fernando VII”. La observación pertenece al historiador Guillermo Furlong y según Norberto Galasso, esa contradicción “refleja las dos corrientes que conformaban el frente revolucionario: la de los comerciantes porteños y probritánicos, deseosos de remarcar los aspectos negativos de la conquista y colonización española [..] y la de los revolucionarios democráticos de la pequeña burguesía y los pueblos en general, reafirmatoria (sic) de la raíz hispánica, no secesionista al principio, justificatoria (sic) de la independencia en 1816 a raíz de la gradual declinación de la revolución democrática española, que concluye con la restauración del absolutismo en 1814”.

También abonó esa hipótesis otro historiador que, sin embargo, no concordaba ideológicamente con Galasso. Para Bonifacio del Carril, “estas palabras del Congreso, redactadas y publicadas más de un año después de la declaración de la independencia, cuando ninguna razón había para mantener máscara alguna sobre las diversas actitudes sustentadas por los sucesivos gobiernos patrios, son terminantes y definitivas para aquilatar las distintas etapas de la evolución de la idea de la independencia. Destruyen, por lo demás, todas las hipótesis de simulación sobre hechos que son claros e intergiversables (sic). La Revolución de Mayo tuvo por fin reivindicar el derecho de los hombres americanos a gobernarse por sí mismos. Pero es reivindicación no podía obtenerse (en 1816) sin enfrentar y vencer al despotismo, a los mandones. Cuando la lucha por la libertad, la lucha contra el despotismo requirió la declaración de la independencia, la independencia fue declarada”.

Hay que traer a colación el carácter americano de aquellos momentos. No es verdad que el 9 de julio de 1816 se declarara la “independencia argentina”. La fórmula no da lugar a equívocos: “Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside el Universo, en el nombre y los autoridad de los pueblos que representamos (...) declaramos solemnemente a la faz de la Tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar sus derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli; quedar, en consecuencia, de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias”. Entonces, hoy debería conmemorarse la independencia de las Provincias Unidas en Sud América.

“Los americanos de las Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su revolución que la emancipación del mando del fierro español y pertenecer a una nación”, también le escribió San Martín a Godoy Cruz, dos meses antes de la declaración. Las precisiones no dejan lugar alguno para los equívocos que más tarde sembraron Mitre y sus seguidores. La idea era emanciparse y “pertenecer a una nación”, no a una multitud de repúblicas de poderío mínimo, como en la actualidad.

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