NAVEGÓ POR EL LIMAY Y AMAGÓ AL NAHUEL HUAPI
¿Hasta dónde llegó la expedición de Basilio Villarino?
El piloto del rey había partido de Carmen de Patagones con la intención de arribar a Valdivia por vía lacustre o fluvial. No pudo hacerlo, claro.
El 5 de febrero de 1783 Basilio Villarino y sus marineros supusieron que estaban en el “punto del desagüe de Pichi-picuntú Leubú” (itálica en el original) en el Limay, apreciación que parece exacta porque coincidió con la entrada de “un fortísimo viento por el NO”, característica que inclusive en el presente distingue al paraje. No obstante, la desembocadura del Picún Leufú en el río que llega hasta el Nahuel Huapi quedó alterada por las represas hidroeléctricas que se construyeron entre 1960 y 1970.
Tres días después, cerros de cumbres con nieve comenzaron a delimitar el panorama de los viajeros, mientras en el valle por donde discurría el río “de una y otra banda hay montes espesos de chacay (itálica en el original), aunque chico”, consignó el piloto real en su diario de viaje. Al dar con otro río que ingresaba al curso de agua principal y ante la posibilidad de llegar a Valdivia por vía fluvial después de atravesar el Huechulafquen, Villarino ordenó el desvío.
El oriundo de Galicia basó su determinación en los informes que había recogido al hablar con interlocutores indígenas en el río Negro y en los textos de Tomás Falkner, de manera que la pequeña escuadra intentó abandonar la ruta hacia “la famosa laguna” (el Nahuel Huapi) con la intención de dirigirse a otra, no menos jalonada de historia. Si bien en ese tramo de su navegación no contaba con baqueanos, Villarino anotó que navegaba por el Huechum, aunque en un espacio de 5 kilómetros también, transcurrían el Lolquem y el Picuntú (itálicas y ortografía del original).
No obstante, sus planes se frustraron porque los rápidos y saltos que caracterizan a los ríos de montaña tornaron imposible el avance y, entonces, dispuso retornar al Limay a la vista de cerros muy altos: “Uno, que dista 10 leguas de nosotros, está cubierto de nieve: y otro que está muy lejos, es de extraordinaria altura: se ve muy confuso, y sobresale por encima de toda la cordillera. Me pienso que este sea el cerro Imperial, que está entre Valdivia y Chiloé”. En realidad, no podía ser otro que el Lanín.
Después de avances muy trabajosos que demandaron que los marineros incluso tuvieran que cargar sus embarcaciones, el 15 de marzo de 1783 Villarino se sorprendió al encontrar “6 balsas de palos secos, 5 fogones, y vestigios de haber pasado indios con caballada el río […] Me quedé admirado al ver el rastro por la aspereza de las sierras, pero examinando por donde podrían bajar al río, hallé una cañada estrecha y única entre esta sierra, por donde habían bajado”.
Comenzó el otoño, según el calendario que llevaba Villarino. “A mediodía hallé vestigios de haber estado algunos indios hace 10 o 12 días, en un potrerito chico que tiene el río por la parte del N. y así sucede en todos, porque no hay rincón por chico que sea a la orilla del río, como tenga algún pasto, que no esté trillado y pisoteado de ellos”. Rastros de presencia y gran actividad.
Los hallazgos se multiplicaron cuando el 24 de marzo “a mediodía hallé 16 fogones en un potrero en la parte del S., que parecían haber estado los indios en él como 3 o 4 días, pero bastante gente, caballada y ovejas”. Ganado ovino incluso, en la actual jurisdicción de la provincia de Río Negro, cuando aún no expiraba el siglo XVIII. El último día de ese mes, el contingente español volvió a dejar el Limay para aventurarse en su nueva versión del río Huechun (sic), porque el piloto acariciaba con fervor la idea de llegar a Valdivia por vía fluvial.
La denominación que llegó hasta nuestros días es Collón Cura. Una avanzada había divisado el Lanín a presumibles siete leguas de distancia y según las estimaciones de Villarino, el emplazamiento de sus compatriotas no podía estar muy lejos. El 7 de abril, “llegó una cuadrilla de indios y chinas” desde el sur en relación con la posición de los marinos, que en ese momento cavaban para profundizar el río. Entendió al piloto real que respondían a la orientación de Basilio Chulilaquin (itálica en el original).
Villarino consignó que sus anfitriones le obsequiaron dos bolsas de manzanas, con una docena y media cada una. Para su segura desorientación, “pregunté a los primeros indios por el paraje llamado Huechu-huechuen, me dijeron que este mismo sitio tenía este nombre”, si bien las chalupas no habían llegado a lago alguno. Más tarde, llegó a la posición una mujer indígena a quien los españoles conocían como María López, quien no solo podía entenderse con ellos, sino que habían tratado con sus parientes en otros tramos de su navegación.
Les dijo que aún restaban cuatro leguas para Huechu-huechuen (itálica y ortografía del original) y que las manzanas se recogían al pie de la cordillera, para luego transportarse a caballo. Añadió que no podía dar noticias sobre “los cristianos que están de la otra parte del cerro de la Imperial” porque entre su poblado y el lago, mediaban “indios aucaces, enemigos acérrimos suyos”.
Más allá de los desencuentros entre diversos grupos indígenas, Villarino y los suyos continuaron con su paso por el río que hoy conocemos como Chimehuin. Una de las avanzadas tuvo a su vista el lago Huechulafquen y también el volcán Lanín, antes de convencerse el jefe de la expedición que sería imposible llegar a Valdivia navegando y disponer el retorno. Al hermoso lago que hoy perpetúa su memoria, nunca lo tuvo ante su vista.