LA TRATA EN BARILOCHE, NO HACE TANTO
Una yegua, un poncho de Castilla o dos quillangos por una mujer
Supuestamente, la desproporción numérica entre la población masculina y femenina alimentó un mercado tan vil como naturalizado en la región, hasta fechas relativamente recientes.
La trata de mujeres fue una práctica naturalizada en Bariloche y conjunto de la Patagonia hasta fechas relativamente tardías, como mediados del siglo XX. Al carácter degradante de la práctica, hay que sumarle la vileza de los precios: jóvenes que llegaban desde del sur de Chile en manos de “mercaderes filántropos” se transaban por “una yegua, un poncho de Castilla o por dos quillangos”, según puede leerse en fuentes de la época.
Echa luz sobre los métodos el libro “Nosotras somos ellas. Cien años de historias de mujeres en la Patagonia” (EDUCO-2023), de reciente aparición. Tiene como autoras a Laura Méndez, Mónica de Torres Curth y Julieta Santos, quienes todavía se consagran a presentar el inusual volumen, ya que además de divulgación histórica, reúne narrativa, poesía y fotografía.
Precisamente, introduce la historiadora a través de una concienzuda revisión de las fuentes: “La comercialización de mujeres fue una práctica común. Manuel Porcel de Peralta, docente y periodista de la ciudad de Bariloche, publicó en 1958 un libro que describe -desde una clase de clase- a las mujeres de la región durante la primera mitad del siglo XX. En su relato naturaliza su tráfico y su venta”, destaca la investigadora.
El volumen que legó Porcel de Peralta se titula “Biografía del Nahuel Huapi” y, periódicamente, aparece algún ejemplar en las librerías que venden libros usados. Escribía a fines de la década de 1950: “En San Carlos de Bariloche las mujeres son escasas; como en toda la Patagonia. Los hombres sufren de lo que se llama ‘el mal de la Patagonia’, sufren la falta de mujeres. Algunos se tornan viciosos, otros melancólicos, impotentes”.
Esa desproporción provocó prácticas deleznables, porque “como es lógico, (los hombres) no se entregan fácilmente a la desesperación. Antes tratarán de quitarle la mujer a algún vecino o de conseguir una india moza y linda, si es posible. Los matrimonios entre blancos y nativas no serán vistos con buenos ojos, ni así sean santificados por la iglesia. Pero no todos se conforman con el trueque que hacen los casamenteros chilenos, ni con los largos trámites para conseguir una gringa por correspondencia”, ironizaba el autor.
El patriarcado en su máxima expresión porque “además, casándose con una india… se puede prescindir de la sirvienta y a veces hasta de un peoncito… en cambio a los indios les resulta imposible conseguir mujer blanca (los puntos suspensivos están en el original). Es que son escasas, no alcanzan para los cristianos. Como hay pocas mujeres blancas en los poblados, indias y jóvenes serán las domésticas de las familias acomodadas, y a veces las hembras del patrón o del hijo mozo”.
El párrafo que sigue es de redacción confusa, aunque igualmente ilustrativo. Continuaba Porcel de Peralta: “Comenzarán a aparecer los primeros mestizos, mezcla híbrida de una raza indolente de una raza vencida, indolente (sic), y de la petulancia audaz de los primeros pobladores blancos”. Si bien las aduanas de ambos países funcionaban con firmeza desde la década de 1930, nadie controlaba ciertas transacciones.
Según comentó el docente y periodista, “existen mercaderes filantrópicos que, provenientes de Chile, a veces traen mujeres dispuestas a quedarse. Las cambian por una yegua, un poncho de Castilla o por dos quillangos. La cotización es mayor cuando la hembra es joven y de familia”. Por filantropía ha de entenderse la “tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio”. ¿El bien de qué personas buscaban aquellos mercaderes de seres humanas?
No solo en los escritos de Porcel de Peralta existen rastros sobre la sumisión femenina en el Bariloche de no hace tanto tiempo. Laura Méndez aportó otros testimonios que permiten ratificar que “la trata de mujeres ya existía en la región a comienzos del siglo XX. Ernesto Serigós, un joven médico que residió en Bariloche en la década de 1920, recordaba en sus memorias la conversación mantenida con Aníbal Tesaire, administrador de la estancia El Cóndor. Este, refiriéndose a los boliches de campaña que jalonaban el camino de postas entre Fuerte Roca en el Alto Valle rionegrino y la zona andina, recordaba que “arriba, en los piringundines, se reparten entre ese renovado tráfico de mujeres que vienen de los pueblos del sur de Chile. Aquí, en el tapete quedan en una o dos manos y usted se da cuenta que no podría ocurrir de otra manera”.
El trabajo de Serigós se titula “Un médico nuevo en la Aldea” y hay una edición de 2007. Como puede advertirse, “Nosotras somos ellas” pone la lupa sobre páginas y párrafos que están escritos hace mucho tiempo y, sin embargo, fueron soslayados por las narraciones históricas más difundidas. Hasta no hace mucho, siempre fueron escritas por hombres y de ahí tantos silencios u omisiones.