2023-04-16

NI LA DEL HANTAVIRUS NI LA DEL VOLCÁN

¿Cuál fue la peor crisis en la historia de Bariloche?

Una tormenta perfecta se instaló sobre el pueblo: no había con qué apagar incendios, el hospital cerró, se interrumpió por años la energía eléctrica y había que salir a cazar chivos para alimentar a la población.

La conjunción entre paridad cambiaria desfavorable para la actividad turística y la entrada en escena del hantavirus hizo que la crisis económica de 1996-1997 sea memorable para las y los barilochenses. Más cerca en el tiempo, los ochos meses que mediaron entre la erupción del Caulle-Puyehue y el retorno de la aviación comercial, también se recordarán como particularmente dañinos. Y el año 2020 está tan cerca que todavía no hace falta historiar.

Pero si la mirada se extiende al largo plazo, se podrá advertir que los tres momentos que mencionamos ni siquiera pueden compararse con la situación que se vivió en Bariloche entre 1927 y 1933, aproximadamente: la ciudad se quedó sin energía eléctrica, el hospital cerró sus puertas y la pobreza impedía que 200 familias pudieran alimentarse sin depender del Municipio, que, dicho sea de paso, carecía de recursos significativos.

Por ejemplo, en el último de aquellos años se desató un incendio forestal significativo hacia el Este del lago Nahuel Huapi, “siniestro que adquirió enormes proporciones debido al escasísimo personal disponible para combatirlo. El comisario movilizó entonces a los presos detenidos en las comisarías, los que trabajaron juntamente con el personal de mensuras y tierras y con pobladores bajo a vigilancia de un agente para apagar el fuego”.

¡Hubo que sacar a los encarcelados de los calabozos para contener las llamas! Someras descripciones sobre la crisis que afectó al pueblo durante el período en cuestión pueden leerse en “Estado, frontera y turismo. Historia de San Carlos de Bariloche” (Prometeo Libros-2010), el libro insustituible que aportó Laura Méndez al conocimiento del pasado local y también regional.

Para 1933, hacía seis años que en Bariloche no había luz. “Desde 1927 se vivía sin energía eléctrica y a oscuras, ya que se había incendiado la única usina del pueblo y las gestiones ante la gobernación para reinstalar el sistema no tenían respuesta”. Tampoco era posible contar con salud pública, pero no por cuestiones gremiales o por el desfinanciamiento del sector. “El hospital, que se sostenía gracias al aporte de la empresa de ferrocarriles, de la que a diario recibía operarios accidentados a causa del trabajo con dinamita, cerró sus puertas en 1928 al paralizarse las obras del ramal”.

Cabe recordar que, a escala nacional, la coyuntura coincidió con la descomposición del segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen (Unión Cívica Radical), el golpe de Estado de 1930, la dictadura de José Félix Uriburu y el mandato fraudulento de Agustín Justo. Entre otros factores, tantas turbulencias hicieron mella en el esquema que, a grandes rasgos, basaba su economía Bariloche desde fines del siglo XIX.

El expirar la década de 1920, “la situación sanitaria era tan crítica, que la Comisión subvencionaba a un médico para que atendiera en forma gratuita a los ‘pobres de solemnidad’, entre quienes hacía estragos la tuberculosis y la escarlatina. Esta situación se mantuvo hasta la mitad de la década de 1930”, aportó la investigadora. Por entonces, el municipio se gobernaba a través de una comisión, que contaba con un comisionado como suerte de poder ejecutivo.

Después del golpe, ofició como comisionado el teniente primero Ramón Ubieto, que estaba de casualidad en el pueblo, al trabajar en un tendido de la línea telefónica hacia Puerto Blest. Entre 1930 y 1932 se sucedieron en el cargo cuatro funcionarios, hasta que en mayo del segundo año fue designado Primo Capraro, quien falleció cuatro meses después al suicidarse. Institucionalmente, las cosas recién se normalizaron en 1933, con la asunción en el Concejo Municipal de Camilo Garza y Felipe Domínguez, adherentes al Partido Socialista Independiente, uno de los desprendimientos del viejo Partido Socialista.

Mientras tenían lugar esos avatares políticos, la gente pasaba hambre. “La falta de alimentos era un problema para gran parte de la población. Por tal motivo, en coordinación con la Oficina de Tierras, la Municipalidad encaró la instalación de una ‘olla popular’, que funcionó entre 1930 y 1931 y a la que los vecinos aludían como ‘olla podrida’. La olla brindó alimento a alrededor de 200 familias”, afirma la investigación de Méndez.

Vista la situación desde hoy, llamará la atención el origen de los ingredientes. “La carne provenía de las excursiones de caza a la isla Victoria, donde existía una gran cantidad de hacienda sin dueño, principalmente cabras. Varios pobladores fueron seleccionados para realizar la cacería de estos animales, que periódicamente eran remitidos ya faenados a las instalaciones de ‘la olla’, ubicada en el corazón de la ciudad”. ¿Hantavirus? ¿Volcán? ¿Pandemia? Aquella sí que fue una crisis.

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