DURANTE CASI TRES DÉCADAS, FUE EL HOMBRE FUERTE DE BARILOCHE
¿Qué razones indujeron el suicidio de Primo Capraro?
Sucesivas crisis que afectaron a la zona alrededor de 1930 generaron una pobreza inédita, pero no todos quienes la pasaron mal eligieron quitarse la vida. El otrora “emperador” de la ciudad prefirió terminar con su existencia con solo 50 años.
Primo Capraro se quitó la vida el 4 de octubre de 1932. Durante casi tres décadas, había impreso su sello a la vida económica y política en el área del Nahuel Huapi. Tanto poder llegó a acumular que el recordado Roy Centeno lo calificó de “emperador de Bariloche” en uno de sus libros. Seguramente, hubo razones muy personales que apuraron la trágica determinación, porque, por entonces, no solo él la pasaba mal. Pero la crisis que se apoderó del noroeste patagónico en derredor de 1930 tuvo una cuota importante de responsabilidad.
Hubo una serie de sucesos que se concatenaron para desembocar en el infortunio. “Desde el tiempo en que el tren llegaba hasta Valcheta, Primo Capraro proveía al ferrocarril de los postes para el alambrado que se tenía paralelo a las vías. Luego gestionó algunos contratos para construir la infraestructura necesaria que permitiera el avance de la línea: pequeños canales, puentes, alcantarillas y terraplenes. Los obreros contratados por Capraro eran en su totalidad italianos, ya que intentó con esta actividad paliar la crisis de su empresa constructora ante el paro de la construcción en el ámbito local”.
La reconstrucción puede consultarse en “Estado, frontera y turismo” (Prometeo Libros-2010), la obra todavía insuperada de Laura Méndez sobre historia de Bariloche. La autora citó a un empleado suyo: “Muchas veces Capraro pagó sueldos de su capital con la seguridad, o más exactamente la esperanza, de que por fin el Ferrocarril le pagara”. Pero esas deudas no se saldaron, más bien al contrario, porque “el Estado nacional comenzó primero a dilatar los pagos para, finalmente, suspenderlos e interrumpir los trabajos viales y ferroviarios”, continúa el relato.
En efecto y como más o menos se sabe, “las obras del tramo final del ferrocarril –desde Pilcaniyeu hasta Bariloche– comenzaron a interrumpirse por períodos en 1926, para paralizarse totalmente en 1929. A esto se sumó la detención de las obras del camino internacional entre Bariloche y el paso Pérez Rosales, además de la intensificación de las medidas proteccionistas en relación con las exportaciones, tanto de Chile como de la Argentina. Como consecuencia, el comercio y turismo intercordillerano (sic) sufrieron una fuerte caída, en tanto que la desocupación hizo que la actividad de la construcción y el consumo disminuyeran drásticamente en el ámbito local”.
La crisis que se abatió sobre Bariloche fue descomunal. En 1929 escribió Capraro al gobernador rionegrino: “Fue el invierno pasado de una pobreza jamás vista. La actividad del comercio fue nula. Paralizadas las obras del Camino Internacional y del Ferrocarril del Lago, la desocupación lindaba con la miseria y fueron muchos los obreros que se brindaban clamando trabajo”. Sigue Méndez: “La paralización de ambas obras dejó sin trabajo a alrededor de 350 obreros en un pueblo de 2113 habitantes. El nuevo Concejo Municipal se enfrentó a una realidad crítica: el municipio y sus pobladores tenían muy pocos recursos”.
Si bien mucha gente debió pasarlo peor, “a Primo Capraro esta situación lo afectó tanto en lo laboral como en lo personal. A la coyuntura económica se le sumó el incendio de un vapor de su propiedad en 1922, el Nahuel Huapi”. Además, había perdido las elecciones municipales, sucesión de hechos que “minaron la confianza y el optimismo de un hombre que parecía invencible”, considera Méndez.
“Su precaria salud –sufría de diabetes– se deterioró. Las deudas insalvables, empleados suyos a lo que no pudo pagar sueldos, un Estado moroso que le debía mucho dinero, serios problemas de salud y un viaje a Buenos Aires en busca de recursos que fracasó rotundamente lo llevaron a la depresión y luego al suicidio”. Cabe recordar que, por entonces, la experiencia de la Unión Cívica Radical en el Gobierno había finalizado con el primer golpe de Estado del siglo XX. Para 1932 gobernaba en la Argentina Agustín Justo, presidente de la restauración conservadora.
La obra de Méndez trae a colación el recuerdo de Cesaria Gelain, cuyo marido fue empleado de Capraro durante muchos años. “Claro que era el jefe. Era muy bueno; tenía sus cosas, tenía tanta adversidad, tantas cosas, que fue cambiando de carácter también. Tuvo mala suerte con unas cuantas cosas al final. Sobre todo con el tren. Él tenía contrato del Gobierno para hacer todos los puentes ferroviarios, desde Comallo a Bariloche. Porque él trabajó tanto para traer el tren hasta aquí. Él tenía muchos obreros, como es de imaginarse, en toda la línea; y cuando tuvo que pagarles a esos obreros el Gobierno no le respondió, el Gobierno le contestó que no tenía plata (era septiembre de 1930). A pesar de ser muy rico, Capraro era rico en capital, en terrenos, pero no en pesos; y él se sintió perdido y se suicidó. En ese momento se sintió muy solo”. En esa soledad decidió terminar sus días el otrora hombre fuerte del pueblo.