VIAJAR POR PATAGONIA TENÍA SUS BEMOLES
El tramo Neuquén-Bariloche, más caro que Constitución-Neuquén
En 1917 anduvo por aquí Emilio Morales, el de la calle céntrica. Dejó anotadas algunas curiosidades. El camino no seguía el trazado de la actual Ruta Nacional 237.
En nuestros días, unir los 430 kilómetros que separan Bariloche de Neuquén puede demandar cinco horas en automóvil y un poco más en colectivo. Más allá de los congestionamientos veraniegos o los inconvenientes que causan las nevadas intensas en los inviernos, desplazarse por la Ruta Nacional 237 no encierra ninguna hazaña. Pero no siempre fue así. En una época, viajar al Nahuel Huapi desde la capital de la vecina provincia –por entonces era Territorio Nacional– costaba más del doble que el trayecto ferrocarrilero Buenos Aires-Neuquén. Imagínese las razones.
En efecto, hacia 1917, unir Constitución con la estación neuquina en primera clase –ida y vuelta–, costaba 81,10 pesos. Había que invertir 15 más por los cuatro almuerzos y las dos cenas –también ida y vuelta– que se servían en acogedores vagones comedor. Pernoctar por dos noches en un hotel neuquino demandaba otros 16 pesos. Por lejos, la exigencia económica más importante del viaje por los ásperos caminos de entonces, eran los 200 pesos que se pedían para llegar y volver en automóvil.
Publicó las cifras en cuestión Emilio Morales, el periodista que es homenajeado por la calle que arranca en el centro de Bariloche y sube en dirección al sur. Viajero infatigable, recorrió la zona durante 1917 y además de brindar una conferencia en Buenos Aires para compartir con el público las bondades paisajísticas del lago y sus alrededores, legó el libro “Nahuel Huapi”, entre otros títulos referidos a más zonas de la Argentina.
Cuando por fin llegó a esta ciudad, por entonces, apenas un poblado, Morales resaltó al hotel Los Lagos, destacó que contaba con luz eléctrica –quiere decir que no estaba generalizado el servicio– y que era propiedad de Celso Fernández. También mencionó al Perito Moreno, que pertenecía a Juan Rivero. En ambos, la tarifa era de 6 pesos por día. En tanto, una cena y un hospedaje en el camino entre Neuquén y Bariloche ascendía a 10 pesos.
En este punto, cabe aclarar que El Cordillerano no accedió al libro de Morales, sino a una crónica que incluye estas facetas quizá curiosas, publicada por un diario regional 22 años atrás. Cuando estuvo por aquí en el verano de 1917, el escriba recorrió el área en lancha, a caballo y a pie. Además de retornar a Buenos Aires con un volumen importante de apuntes, tomó una considerable cantidad de fotografías, algunas de las cuales también dio a conocer.
Con un libro sobre Iguazú como antecedente, Imprenta Peuser sacó a la calle “Lagos, bosques y cascadas”, un trabajo de 200 páginas. La edición incluyó un plano para desplegar que llevaba la firma de Emilio Frey, que abarcaba desde Junín de los Andes a El Bolsón. Otro mapa ahondaba en los detalles de interés para un público turístico, desde San Carlos hasta el Brazo Tristeza. Un tercero se detenía en la Isla Victoria, trabajo de Otto Mühlenpfordt, que tenía experiencia en el ámbito naval.
Por las dudas y como también sabemos gracias al testimonio que legó Ada María Elflein –estuvo por aquí un año antes–, el camino que por entonces vinculaba Neuquén con Bariloche no seguía el trazado de la Ruta Nacional 237, sino que cruzaba el Limay a la altura de Plottier, se entrometía en la actual jurisdicción rionegrina de noreste a sudeste hasta dar con Mencué y luego Comallo, para luego torcer decididamente hacia el oeste.
El trayecto se hacía a bordo de automóviles Mercedes, que pertenecían al Gobierno del Territorio Nacional de Neuquén. En Bariloche, Morales reparó en el “suntuoso chalet” Los Cipreses, que se levantaba a mil metros del aserradero de Primo Capraro, es decir, a esa distancia de donde hoy está el Centro Cívico. Era obra de Emilio Frey y desde su posición, se podían apreciar chacras y paisajes.
No muy lejos quedaba la quinta de Carlos Runge, con llamativos frutales y una lechería. También hizo mención Morales al aserradero de Benito Boock y, como ya destacó en otra oportunidad este diario, consignó que por entonces, la península Quetrihue se llamaba Beatriz. En 1917, unir Bariloche con El Bolsón demandaba cuatro días de cabalgata. Alguna editorial patagónica debería animarse a reimprimir aquellos libros de Morales, que, durante dos décadas, fueron las únicas guías de turismo que circularon.