HACE NADA MÁS QUE 230 AÑOS, EN EL NACIMIENTO DEL LIMAY
Soldados de Chiloé e “indios puelches” se encontraron donde hoy es Dina Huapi
El acontecimiento tuvo lugar durante el tercer viaje del sacerdote Francisco Menéndez, el 28 de febrero de 1783. En primera instancia, el reencuentro fue amigable.
La mañana del 28 de febrero de 1783 amaneció ventosa, pero sin lluvias, ausencia que celebraron los soldados y milicianos que, provenientes de Chiloé, habían tocado tierra en una playa del Nahuel Huapi jornadas anteriores. Era la tercera vez que al sacerdote Francisco Menéndez merodeaba por estas latitudes y la segunda en que consiguió navegar las aguas del lago. Ese amanecer “se dio ración a cincuenta hombres para seis días con ánimo de buscar los Indios, particularmente al cacique Cayeco Ayejó, que el viaje pasado me dijo, que estaría en el paraje llamado Nahuelhuapi (sic)”.
Aunque de manera indirecta, el encuentro no demoraría en producirse, 230 años atrás. “Salimos a las siete y media de la mañana por una loma hacia el norte y antes de subirla nos llamaron los que quedaron en la playa, porque estaban los Indios a la otra parte de la Laguna hacia el Sur: que nos había estado mirando gente de a caballo. Nos retiramos y por estar la Laguna muy alborotada no pasamos a buscarlos”.
Quiere decir que la partida de españoles había acampando en la orilla del norte del Nahuel Huapi y que el viento era intenso, que no daba para aventurarse en su navegación. “Después fui con don Nicolás López y otros a ver el desagüe de la Laguna, que está al este al pie de un cerro no muy alto”. Se refería Menéndez al Limay, entonces, ya tenemos elementos para situar con más precisión dónde tuvieron lugar aquellos acontecimientos, indudablemente cerca de dónde hoy está el puesto de la Policía de Neuquén, antes (o después) del puente.
“El desagüe no es muy ancho, pero sí muy hondo, y de bastante corriente”, consignó el franciscano. Después de contemplar las características del Limay, “ya nos retirábamos para las piraguas, cuando asomó un Indio por la otra parte del desagüe, que venía hacia nosotros”, es decir, en la actual jurisdicción de Dina Huapi. “Le hablamos, mas por el mucho ruido de la agua (sic) y del viento, apenas nos entendíamos”.
A pesar del fragor, hubo diálogo. “El Capitán (López) preguntó por su compadre el manco, y contestó diciendo, que estaba bueno y acordándose de López, y añadió, que si sabía nadar, pasase, que hablarían: le respondió que no sabía, que pasase él a nosotros”. Prácticamente con la misma integración, el grupo de españoles había interactuado el año anterior con un grupo de “indios puelches”, según la terminología que usó el sacerdote, sobre el arroyo Ñirihuau, a unos dos kilómetros del lago. De aquellas interacciones surgió el compadrazgo entre uno de los moradores de la toldería, a quien llamaban el Manco, y el oficial chilote.
Llama la atención que Menéndez o López no supieran nadar, porque venían de un archipiélago. Habían partido de Castro y cumplimentado una travesía que alternaba tramos lacustres y ribereños con terrestres, de manera que es difícil de creer su torpeza. Más probablemente, fueron por precaución que se abstuvieran de cruzar el Limay, porque no sabían qué había del otro lado.
Su interlocutor no tuvo ningún problema. “Luego desensilló del caballo, y se desnudó quedándose con un bordillo, y una faja ancha que le servía de calzones: montó a caballo, y se echó al río agarrándose con la mano derecha de la clin del caballo, y con la izquierda cogió las riendas con que le gobernaba. Así pasó nadando con brevedad y nos dio la bienvenida de parte de Mancúuvunay, que había más de dos meses que nos estaba esperando, y que presumía, que no cumplíamos nuestra palabra”.
Mankewenüy era el lonco de aquel territorio, es decir, del “paraje Nahuel Huapi”. En su tercer viaje, los españoles de Chiloé arrancaron relativamente tarde si se tiene en cuenta cuáles son los mejores momentos del año para cruzar la cordillera y de ahí la extrañeza de sus anfitriones. “Este Indio es hijo de Cayeco y el año pasado no nos había visto”, menciona el diario de Menéndez.
“Después se le dijo, que si gustaba fuese con nosotros o que se retirase, y dijo que haría lo que le mandasen, porque el cacique le había dicho, que sin son los del año pasado, haz lo que te manden, y si no lo son vuélvete luego”. Entonces, aquel diestro jinete y nadador, “fue con nosotros a las piraguas, comió muy contento y se retiró a dar parte al cacique. Apenas volvió a pasar el desagüe, asomaron por más abajo otros cuatro a caballo y vinieron hacia nosotros”, observó el sacerdote.
“De estos conocíamos tres y ellos nos conocían”, describió. El otro estaba el año pasado hacia Buenos Aires, y aun se les escapaban algunas palabras en Castellano. Los regalamos con harina, y al despedirse quedaron de traer caballos para que el capitán vaya a visitar a Macúunay”. Al día siguiente -1ro de marzo- Menéndez y sus hombres cruzaron el lago porque “amaneció en calma”. Historia que tuvo lugar en estas latitudes, hace nada más que 230 años.