¿EN QUÉ VOLTERETA DE LA HISTORIA PERDIÓ IDENTIDAD?
El Sin Nombre se llamaba arroyo del Molino
Entre quienes nacieron en la década del 50 ya se conocía como en el presente, pero sabían que para sus mayores remitía a una antigua instalación, lindera al almacén de Karl Wiederhold.
Antes de quedar innominado, el Sin Nombre se conocía como arroyo del Molino. Al parecer, el cambio se operó alrededor de las décadas del 50 y 60, si se atiende a las descripciones que legó Hans Schulz en su libro “Mandato paterno” (EDUCO-2012). Todavía en esos tiempos era un atractivo: “En nuestra infancia”, anotó el antropólogo y periodista, “nos parábamos en ese puente para ver correr sus aguas y tiras piedritas”. Lejos quedó ese disfrute.
La casa natal del autor quedaba en la calle Morales y, unos 10 años atrás, ya cobijaba un albergue de la juventud. “Sobre una de las calles laterales, que se abría desde aquella que bajaba al centro, estaba, en la primera esquina, el almacén Gorizia. A mitad de cuadra, hacia el oeste, recuerdo la bicicletería de la familia Baratta, en una vivienda que hizo construir el colono chileno de origen alemán Otto Goedecke en 1907 y que ya forma parte del patrimonio arquitectónico protegido de la aldea”. Se refería, claro está, a la Gallardo.
“En la siguiente esquina se levantaba la casa de la familia Arnaiz, en ese entonces una especie de almacén al que se ingresaba por una escalera de cemento y en el cual se vendían las más variadas cosas”, rememora el texto de Schulz. “Las dos primeras viviendas todavía existen, la tercera desapareció hace poco y es hoy un centro comercial”. Hay que recordar que el libro se publicó en 2012, para contextualizar la descripción.
Incluso desde entonces, los cambios fueron sustantivos. “En el vértigo de las demoliciones de aquellos rincones de mi ciudad, también cayó otra vivienda de estilo alpino que llevaba grabado en su portal, y vaya a saber por qué, el nombre centroeuropeo de Elfriede”. Es de mujer y puede traducirse al castellano como Elfrida. “Vivienda familiar en sus orígenes, fue luego hostería y finalmente restaurante y se la recordaba en el pueblo como el lugar en que, luego de algunos meses de muerto, se encontraron los restos del Holandés de los Perros, víctima de un crimen que hasta el día de hoy no ha sido resuelto”. Un enigma.
“En aquella bicicletería de mitad de cuadra de la familia Baratta, además de reparar nuestras bicicletas, también compramos nuestros primeros esquís, aquellos que todavía adornan una pared interior de mi casa materna. Tablas pesadas de madera de lenga, provistas de herrajes de hierro que, comparados con los modernos de hoy, parecen haber salido de una tardía edad de piedra”, juzgó el autor. “En el negocio de Arnaiz, comprábamos artículos de librería, juguetes, figuritas, historietas y caramelos de goma, que guardaba en aquellos extraños botellones de vidrio que hoy solo existen en museos o en restaurados almacenes turísticos”, resaltó.
En efecto, “entre la vivienda de la familia Baratta y el nuevo centro comercial, todavía corre hoy, y a cielo abierto, el arroyo que nosotros llamábamos Sin Nombre y que antiguamente fue el arroyo del Molino”, rescató el periodista y fotógrafo. “Todo esto estaba a solo dos cuadras de la plaza Belgrano, que a lo largo de los años se fue rodeando de casas de familias alemanas. Una cuadra más arriba, en la esquina, en una casa que todavía existe, vivía mi amigo Alexis. Era una casa de artistas y por ello tenía un aire algo bohemio y una atmósfera distinta a los demás hogares que conocía”.
En dirección al lago, donde en años recientes funcionó un restaurante mexicano, se agruparon una serie de edificios. “Antes de llegar a ellos, hay una especie de puente de piedra desde el cual, mirando hacia el este y entre un grupo de arces, se intuye, en un claro entre las casas, la antigua existencia de un arroyo. Es el arroyo del Molino, aquel que nosotros llamábamos Sin Nombre y que fue desapareciendo con el tiempo, sepultado por el tiempo y los burócratas sin imaginación, en este jardín abandonado de jardineros”, cuestiona el escrito.
Si bien Schulz no hace mención, se trataría del molino que acompañó al establecimiento de Karl Wiederholdt, a comienzos del siglo XX. En cuanto al curso de agua, “unas cuadras más arriba, todavía se lo ve en la superficie, acá (en la primera cuadra de Morales) sus aguas corren ocultas. En nuestra infancia, cuando bajábamos o regresábamos del centro, nos parábamos en ese puente para ver correr sus aguas y tiras piedritas”. Disfrutes infantiles irremediablemente idos en el centro barilochense.