2022-03-13

SESENTA AÑOS ATRÁS

Se podía bajar en esquí por la Morales hasta el Centro Cívico

La calle todavía era de ripio y en los inviernos, una fiesta. Del Alto, solo existía como barrio La Cumbre, el de “los chilenos”. La Bustillo era la Ruta al Llao Llao.

Sesenta años atrás, la calle Morales todavía era de ripio y, en ocasión de nevadas considerables, era posible bajar por su trazado en esquí o trineo hasta el Centro Cívico. Además, la Pampa de Huenuleo todavía no registraba la presencia de barrios y el más cercano al Alto de la actualidad era el barrio La Cumbre, al que se consideraba de “los chilenos”. Hacia el este, Bariloche era pura estepa.

Descripciones memorables de “la aldea” pueden encontrarse en “Mandato paterno” (EDUCO-2012), el libro que Hans Schulz escribió sobre la siempre incómoda relación entre la colectividad alemana de la ciudad y el nacionalsocialismo, a partir de la experiencia de su padre. Pero, además, en sus primeras páginas existen entrañables semblanzas sobre el Bariloche de los 60.

Si se tiene en cuenta que el 3 de mayo de 2022, la localidad cumplirá 120 años de existencia formal, la semblanza que legó el antropólogo, periodista, docente y fotógrafo coincide con la mitad de esa trayectoria. El propio Schulz anotó que nació el 14 de julio de 1955. “La aldea que me vio nacer se extiende sobre un inmenso lago de un país marginal y, en el año en que nací, no tenía más de diez mil habitantes”.

Como se recordará, Schulz falleció prematuramente, en diciembre de 2019. “Yo nací en el pueblo y viví siempre en él, a solo tres cuadras del centro, que en esos años eran las pocas cuadras de una calle Mitre asfaltada que comenzaba en el Centro Cívico, el lugar mítico de la primera fundación, y se alejaba desde allí hacia el este. En lo que ahora es la plaza, funcionó, a fines del siglo XIX, el viejo almacén de ramos generales del pionero chileno de origen alemán, Karl Wiederhold, el fundador que bajó de un barco”, ironiza el texto.

La descripción es muy precisa. “Más allá, hacia arriba, alejándose del lago, estaba el barrio Alto. No eran los barrios de arriba o del alto, que hoy ya ocupan una gran parte de lo que en ese entonces era la desolada pampa alta de Huenuleu. Era solamente el barrio Alto, que más al sur, recostándose sobre la falda este del cerro Otto, se transformaba en el barrio La Cumbre, el barrio de los chilenos”.

Por entonces, no se utilizaban denominaciones que hoy tenemos incorporadas. “Desde el centro y hacia el oeste, serpenteaba, a lo largo del lago, la Ruta al Llao Llao, una de las pocas rutas asfaltadas de la región, que llevaba al famoso hotel de Parques Nacionales, la gran obra del arquitecto Bustillo, una de las joyas de la abuela. Con el tiempo terminó siendo la Bustillo. Para nosotros, sin embargo, fue siempre la Ruta al Llao Llao”.

El ”nosotros” de Schulz refiere no solo a su familia, sino también a quienes fueron niños o jóvenes en los 50 y 60. “Hacia el este, del lado de la estación, se extendían las mesetas y la estepa, lo que los porteños, desde otra latitud y con cierta indiferencia llamaron en su momento el desierto, un concepto que encerraba naturalmente una voluntad geopolítica, ya que si lo hubiese sido, no habría sido necesaria una campaña de exterminio y desplazamiento compulsivo de sus habitantes”, criticó.

Hans fue vecino de un sitio que, en el presente, es muy céntrico. “A lo largo de una de esas calles, que en los años de mi niñez era de tierra y bajaba en pendiente hacia el lago, nos deslizábamos en trineo o en esquíes, luego de las nevadas, hasta el Centro Cívico. En el verano bajábamos caminando para comprar helados en la Heladería Suiza o para pasear por las pocas cuadras que conformaban el reducido centro de aquel pequeño pueblo”.

En efecto, “nuestra casa original, sobre la calle Emilio B. Morales, todavía existe y es ahora un albergue para la juventud”. Hay que recordar que el libro se catalogó en 2012, es decir, otra década atrás. “Al lado estaba la casa de mis abuelos, que luego se vendió. En realidad, mis padres vendieron ambas propiedades para comprar otra, un poco más abajo, que luego convirtieron en una hostería. Le pusieron el extraño nombre de Madinette, una combinación de partes de los nombres de tres de las dueñas anteriores: María Luisa, Ditta y Jeanette”.

Además de su extrañeza, aquella denominación resultó original, porque por entonces, la mayoría de los nombres que ostentaban establecimientos similares, evocaban alguna ciudad o región europea, según menciona el escrito de Schulz. Rehacer su camino con el libro en la mano, permite constatar qué tan rápido cambió el centro neurálgico de Bariloche. Casi nunca para bien.

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