UNOS DÍAS DESPUÉS DEL PASO DEL CHE POR BARILOCHE
La Poderosa II trepó y trepó hasta que no dio más
Al salir de Lautaro (Chile), la dupla viajera sufrió un accidente del que resultaron ilesos de “milagro”, según concedió el joven Guevara. Continuaron un poco más, pero debieron abandonar su preciada moto en Los Ángeles.
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Después de cruzar la cordillera por Puerto Blest, Ernesto Guevara y Alberto Granado enfilaron hacia el norte de Chile, para seguir con su viaje por Sudamérica. En Temuco merecieron la atención de la prensa, a través de una extensa nota del diario Austral. La moto en la que viajaban, una Norton 500 (1939) a la que llamaban Poderosa II, venía a los tumbos, los que se acentuaron entre San Martín de los Andes y Bariloche. En cercanías de Collipulli (Región de la Araucanía), sencillamente no pudo más. Sus tripulantes se salvaron por un pelo de no contar el cuento.
En noches anteriores, los amigos evitaron por centímetros una trifulca por cuestiones de alcohol y amagues amorosos, al término de un baile. “Temprano nos pusimos sobre la moto hasta ponerla ‘al pelo’ y huimos de parajes que ya no estaban tan hospitalarios para nosotros, después de aceptar la última invitación a almorzar que la familia que estaba al lado del taller nos hiciera”. Se trataba de la localidad de Lautaro
El relato que legó el joven Che y que puede consultarse en “Diarios de motocicleta”, es sencillamente memorable e indica que la historia de Cuba, Centro y Sudamérica más África, pudo ser distinta. “Alberto, por cábala, no quiso manejar, de modo que salí yo adelante y así recorrimos unos pocos kilómetros para detenernos al fin a arreglar la caja de velocidades que fallaba. Poco más lejos, al frenar en una curva algo cerrada, yendo a bastante velocidad, saltó la mariposa del freno trasero; apareció en la curva la cabeza de una vaca y luego un montón más; me prendí del freno de mano y éste, soldado ‘a la que te criaste’, se rompió también”.
La situación se tornó desesperante. “Por unos momentos, no vi nada más que formaciones semejantes a vacunos que pasaban velozmente por todos lados, mientras la pobre Poderosa aumentaba su velocidad impulsada por la fuerte pendiente. La pata de la última vaca fue todo lo que tocamos -por un verdadero milagro- y de pronto apareció a lo lejos un río que parecía atraernos con una eficacia atemorizante”. Entonces, “largué la moto contra el costado del camino”. La Poderosa “quedó incrustada entre dos piedras y nosotros ilesos”.
En primera instancia, los viajeros no se dieron por vencidos. “Aunque el accidente, en un primer momento, parecía no tener importancia, se demostraba ahora nuestro error de apreciación. La moto hacía una serie de cosas raras cada vez que debía afrontar una cuesta. Por fin, iniciamos la trepada de la de Malleco, donde está un puente de ferrocarril que los chilenos consideran el más alto de América; allí plantó bandera la moto y perdimos todo el día esperando un alma caritativa, en forma de camión, que nos llevara hasta la cumbre”.
El fierro estaba en las últimas. “Dormimos en el pueblo de Collipulli -luego de logrado nuestro objetivo- y partimos temprano esperando la catástrofe que se avecinaba ya. En la primera cuesta brava -de las muchas que por ese camino abundan- quedó la Poderosa, definitivamente anclada. De allí nos llevaron en camión a Los Ángeles donde la dejamos en el cuartel de bomberos y dormimos en casa de un alférez del ejército chileno que parecía estar muy agradecido del recibimiento que en nuestra tierra le habían hecho y no hacía más que agasajarnos”.
Ese “fue nuestro último día de ‘mangueros motorizados’, lo siguiente apuntaba como más difícil: ser ‘mangueros no motorizados’”. La expresión se explica porque Guevara y Granado habían adquirido cierta habilidad en hacerse invitar a comer, tanto en la Argentina como en Chile. Después de unos días de hospedaje en el cuartel de bomberos de Los Ángeles, consiguieron continuar su viaje a Santiago, pero ya a bordo de un camión. La deserción de La Poderosa no impidió que continuaran con el destino memorable que se habían fijado.