2022-01-09

CUANDO PASÓ POR BARILOCHE, 70 AÑOS ATRÁS

El Che Guevara durmió en Gendarmería y navegó en la Modesta Victoria

Lee también: La Poderosa II trepó y trepó hasta que no dio más

El futuro comandante guerrillero pernoctó en la ciudad a comienzos de febrero de 1952, cuando iniciaba su viaje por Sudamérica en compañía de Alberto Granado. A bordo de La Poderosa, venían, literalmente, a los tumbos.

Ernesto Guevara y Alberto Granado llegaron a Bariloche poco menos que a los tumbos y no es una metáfora. “Matizado con alguna caída sin mayor importancia para la integridad de la moto seguimos nuestro camino rumbo a San Martín de los Andes. Cuando faltaba poco para llegar, mientras manejaba yo, compramos nueva parcela en el sur, en una preciosa curva cubierta de ripio y a orillas de un arroyito cantarín”, ironizó el futuro comandante guerrillero en sus anotaciones, que luego se convertirían en los “Diarios de motocicleta”.

Transcurría el verano de 1952 y la dupla de amigos afrontaba el primer viaje del Che por Sudamérica, experiencia que, según el propio rosarino, trastocaría sustancialmente el curso de su existencia. Aquella caída cerca de la vecina localidad neuquina tuvo sus consecuencias. “Esta vez la carrocería de la Poderosa sufrió desperfectos bastante graves que nos obligaron a demorar en el camino; para colmo, sucedió aquí uno de los más temidos accidentes para nosotros: pinchamos la goma trasera”.

Siete décadas atrás, tenía sus bemoles ser motoquero. “Para arreglarla había que sacar todo el equipaje, sacar los ‘seguros’ alambres con que la parrilla estaba ‘asegurada’ y luego luchar con la cubierta que desafiaba la potencia de nuestras débiles palancas. El resultado de una pinchadura -trabajó por ‘flaca’- era la pérdida de dos horas por lo menos”. Pero esa jornada terminó de buena manera para Granado y Guevara.

Después de sus experiencias en cercanías del lago Lacar, “decidimos ir a Bariloche por la ruta denominada de los Siete Lagos, pues éste es el número de ellos que bordea antes de llegar a la ciudad. Y siempre con el paso tranquilo de la Poderosa hicimos los primeros kilómetros sin tener otro disgusto que accidentes mecánicos de menor importancia hasta que, acosados por la noche, hicimos el viejo cuento del farol roto en una caída para dormir en la casita del caminero, ‘rebusque’ útil porque el frío se sintió esa noche con inusitada aspereza”, recuerdan las anotaciones indelebles del Che.

Granado se dirigió a Villa La Angostura para reparar otra destrucción parcial en la cubierta de la moto. Una vez superado el enésimo inconveniente, “llegamos al anochecer del día siguiente a San Carlos de Bariloche y nos alojamos en la Gendarmería Nacional a la espera de que saliera la Modesta Victoria hacia la frontera chilena”. ¡En Gendarmería! ¿Supieron sus autoridades de entonces que habían alojado a quien se convertiría en el revolucionario más famoso?

En esta ciudad, un médico estadounidense le dijo a la dupla viajera: “Ustedes llegarán donde se propongan, tienen pasta. Pero me parece que se quedarán en México. Es un país maravilloso”. Pronóstico de acierto apenas parcial. El joven Ernesto -por entonces contaba con 24 años- no incluyó fechas precisas en el tramo de sus escritos correspondiente a la zona, pero se sabe que de San Martín de los Andes partieron el 3 de febrero, de manera que estuvieron por aquí dos o tres días después.

Cierta nostalgia se apoderó del Che al momento de abandonar la jurisdicción de su país de origen. “Un sol tibio alumbraba el nuevo día, el de la partida, la despedida del suelo argentino. Cargar la moto en la Modesta Victoria no fue tarea fácil, pero con paciencia se llevó a cabo. Y bajarla también fue difícil, por cierto. Sin embargo, ya estábamos en ese minúsculo paraje del lago, llamado pomposamente Puerto Blest”.

Alberto Granado en el Nahuel Huapi. La foto la tomó el propio Che.

Páginas antes, el todavía estudiante de Medicina, había confesado cierto empalagamiento antes la sucesión de pasajes lacustres. Quizás, ese hartazgo explique que no se emocionara demasiado ante la magnificencia que ofrece el cruce a Chile por los lagos. “Unos kilómetros de camino, tres o cuatro a lo sumo y otra vez agua, ahora, en las de una laguna de un verde sucio, laguna Frías, navegamos un rato, para llegar, finalmente, a la aduana y luego al puesto chileno del otro lado de la cordillera, muy disminuida en su altura en estas latitudes”.

Guevara y su amigo celebraron la chance de poder bañarse, ya del otro lado del límite. “Allí nos topamos con un nuevo lago alimentado por las aguas del río Tronador, que nace en el imponente volcán del mismo nombre. Dicho lago, el Esmeralda, ofrece, en contraste con los argentinos, unas aguas templadas que hacen agradable la tarea de tomar un baño, muy sentador, por otra parte, a nuestras interioridades personales”. Por entonces, no había muchos campings que ofrecieran duchas en el noroeste de la Patagonia…

Te puede interesar