2021-12-30

CARLOS CASALLA Y EL RECUERDO DE DIEGO RAPOPORT, A 10 AÑOS DE SU MUERTE

“Amaba este lugar, se quería quedar acá”

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Se conocieron en 1977 y además de compartir andanzas musicales de relieve, se hicieron grandes amigos. Una “amistad longeva que no va a morir nunca”, proclamó el músico.

Una encrucijada profesional hizo que Diego Rapoport y Carlitos Casalla se conocieran en Bariloche. Transcurría 1977 y después de los primeros intercambios musicales, se forjó una amistad que trascendería la muerte del primero, acaecida 10 años atrás. Al menos, así lo siente el percusionista y bajista. Al cumplirse una década, el hijo de Chingolo reconstruyó parte de su historia con el pianista de las bandas eternas, a instancias de El Cordillerano.

“Con Diego nos conocimos a fines de 1976, porque en el 77 ya estábamos trabajando con la música, en una banda que se llamó Ruta 258”, rememoró. “Yo estaba en la percusión, se buscaba un pianista y terminó siendo Diego, cuando ya había terminado de grabar 'A 18 minutos del Sol', el primero que grabó con Spinetta. Conocía el sur de chico, siempre tenía ganas de venir e incluso, tenía familia: su tío Edy (el gran biólogo Eduardo) y todos sus primos”, destacó su compañero.

Ya en aquel entonces, “apenas nos vimos y tocamos un poco, nació una gran camaradería que después se convirtió en amistad longeva, que no va a morir nunca. Nos quisimos un montón, hemos hecho mucha música juntos”, resaltó Casalla. “En aquella formación estuvimos más o menos hasta fines de 1978. Sobre todo, tocábamos en un bar que se llamaba Cristóbal Colón, una sucursal del de Buenos Aires. Los dueños lo trajeron, le alquilaron un departamento en el Bariloche Center e inclusive, compraron instrumentos”, compartió el músico.

Su colega “era un amigazo y también se hizo amigo de Chingolo (Casalla, su padre). Después, tuvimos la oportunidad de frecuentar a otros músicos de El Bolsón, pero después de un año y pico, se volvió, con la chance de volver a trabajar con Luis (Spinetta) y, además, allá era un reconocido pianista de jazz. Tocaba con mucha gente del ambiente. Nos volvimos a reencontrar en Buenos Aires, cuando fui convocado por Miguel Cantilo y Jorge Durietz, para ser parte de Pedro y Pablo, y de Cantilo y Punch. Allá pasamos mucho tiempo juntos”, reconstruyó Carlitos.

Llamativamente, “él se volvió para acá antes que yo. Si bien tenía un montón de alumnos y tocaba con todo el mundo, quería venir para acá, quería volver al sur y se vino. Yo volví dos años después. Hay mucha gente que lo conoce solo por lo que hizo en Buenos Aires, pero estuvo acá un montón de años, de vida muy activa musicalmente y como docente, aunque yo siempre sentí que no fue valorado con justicia, como pasa con muchos músicos de acá”.

Según Casalla, “no es que pasan desapercibidos, pero no son valorados, más allá del ambiente de la música. De hecho, Diego tuvo que hacer otros trabajos, aparte de la música, para poder seguir viviendo acá, aunque tenía la posibilidad de Buenos Aires y seguir trabajando a lo grande. Amaba este lugar, se quería quedar acá, pero yo sé que Bariloche fue muchas veces ingrato con él. Tenía satisfacciones de otro tipo, como estar con sus hijos en la naturaleza, con las amistades y el campo, pero a nivel material le costó mucho”, reveló.

Como cofrades, “creamos una formación que se llamó El Circo de los Hermanos Brothers, donde además estaban Chingolo, los hermanos Jiménez y varios más. Después hicimos un trío de jazz con Pablo Méndez, yo tocaba el bajo y él, el piano. Estuvimos también mucho tiempo en El Sol Azul, el taller que habíamos armado con Kike (Mayer), donde después se sumaron Pablo y Diego. Ese era el staff de las clases y el que armaba los carnavales y otros eventos”. Una época hermosa.

De nuevo en las ligas nacionales, “los dos grabamos en Sudamérica Va, el disco de Miguel Cantilo y salimos a presentarlo por Buenos Aires. Yo aprendí muchísimo de él, me hizo escuchar jazz rock, cuando yo no conocía nada: Weather Report, Herbie Hancock, George Duke, Pastorius… Mucha cosa latina también, yo tenía la info de Fania All Stars y Santana, pero siempre mezclado con el rock. Él me sumó mucho y me enseñó a leer cifrado”, señaló Casalla.

Son pocos los que saben que “él fue el que me dijo que tenía que tocar el bajo, pero era tremendo como congeniábamos en la percusión y el piano. Además de ser amigos, no teníamos ni que mirarnos para tocar, hacíamos las mismas frases. Eso me ha pasado con muy poca gente. Nos mirábamos para reírnos”, rememoró su amigo.

Una década después de aquella jornada fea, Carlitos recordó cómo se produjo la concentración de tristeza. “El día que falleció, estaba volviendo de Chile. Cuando llegué, en el celular tenía un mensaje de mi primo, Javier (el gran violinista), que decía que sentía mucho lo de Diego. Así me enteré, fue tremendo. La verdad, se lo extraña mucho”, compartió. Un recuerdo indeleble.

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