2020-08-31

NICOLÁS RENOLFI, TRAS EL LANZAMIENTO DEL SAOCOM

“No hay que abandonar los sueños”

“No hay que abandonar los sueños, eso es lo que te impulsa”, manifestó el subgerente del Área de Proyectos Espaciales de INVAP, Nicolás Renolfi, tras el lanzamiento exitoso de SAOCOM 1B.

Después de los distintos aplazamientos, causados por diversas razones, y cuando incluso el domingo todavía existía la eventualidad de una nueva suspensión por motivos climáticos, el especialista dijo que atravesaba un momento de “gran emoción”.

Mencionó, además, el temor que sentía ante la posibilidad de que, en el momento cumbre, sucediera algún inconveniente. “Si bien cada vez pasa menos, no es nula la probabilidad de una falla en el lanzamiento”, comentó.

“Estás arriba de una ‘cañita voladora’, y, una vez que se enciende, no hay manera de apagarla”, ejemplificó.

En cuanto a la cantidad de gente involucrada en el proyecto, señaló: “En los años 2015, 2016 y 2017, que fue cuando ocurrió la mayor parte productiva, solo en INVAP, había un equivalente de cuatrocientas personas. Cuando se suma el personal de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), que trabajó en la antena y en el panel solar, y a empresas que hacían software y brindaban apoyo, llegamos a ochocientas personas, aproximadamente”.

En diálogo con Daniela Lucero y Daniel Pardo, en El Cordillerano Radio, Renolfi recordó: “El lanzamiento debería haber sido hace casi seis meses. SpaceX reprogramó, por razones propias, para marzo”.

“Cuando faltaban algo así como diez días, se declaró la pandemia, y se empezaron a cerrar todos los aeropuertos, por lo que tuvimos que tomar una decisión, y preferimos traer a todos nuestros compañeros de Estados Unidos”, explicó.

“Al volver, teníamos que ver cuándo reanudábamos; no entendíamos bien la situación”, rememoró.

Entonces, llegaron las modificaciones. En ese sentido, indicó: “Lo que hicimos fue cambiar los procesos, porque antes dependíamos bastante de quienes estaban en Estados Unidos, que hacían alguna actividad sobre el satélite, y de un grupo muy grande en Córdoba, donde CONAE tiene la estación terrena; pero hasta viajar de Bariloche a Córdoba ya era complicado”.

Así, hubo técnicos que trabajaron en Bariloche; algunos, desde Córdoba; y otros, en Buenos Aires.

Los que pudieron organizarse, viajaron a Estados Unidos. “Nuestros compañeros ya llevan dos meses allá, cuando normalmente hubieran sido quince días”, contó el ingeniero. En ese punto, destacó el “apoyo enorme de las familias”.

En cuanto a la problemática desatada por el COVID-19, Renolfi afirmó: “Nos obligó a cambiar las maneras de hacer las cosas”.

“Tuvimos que hacer procesos en forma remota, modificar procedimientos, y empezar a comandar, desde Bariloche, por primera vez, cuestiones que antes se hacían en forma distinta”, añadió.

A la hora de encontrar alguna ventaja, consideró: “Lo bueno de que nos hayan impuesto este retraso fue que nos permitió practicar muchísimas veces toda la secuencia, con simuladores, y también con el satélite real, pero, obviamente, sin el cohete”.

Durante el programa radial “Chocolate por la noticia”, Renolfi reveló que hasta se trabajó en el armado de los turnos y su funcionamiento, “porque venir a la sede también era un problema, ya que se circulaba en un horario que, en principio, no estaba permitido”.
“Hubo que arreglar toda una logística”, aseveró.

Sobre el trabajo actual, el ingeniero expresó: “Hacemos turnos rotativos, donde se cubren las veinticuatro horas, por aproximadamente una semana y media”.

Luego, el profesional se refirió a diferentes aspectos técnicos, como el despliegue del panel solar y la antena (de un tamaño de “diez metros por tres y medio, casi un monoambiente”, bromeó).

Tras los primeros tres días, cuando ya se hayan desarrollado esos movimientos, Renolfi adelantó que se “pasará a un algoritmo de mayor precisión de navegación, y se entrará en lo que se denomina ‘modo Ciencia’; a partir de ahí, el satélite estará listo para empezar a captar imágenes”.

“Después de que se hagan imágenes de prueba, y que se verifique que todas las partes del satélite sobrevivieron al lanzamiento correctamente, se encenderán las unidades que deban prenderse, y se empezará un proceso de calibración. Todo esto lo hará la CONAE”, puntualizó.

Luego, apuntó: “Una vez que termine todo esa fase, que llevará varios meses, estará listo para medir la humedad correctamente”.

“Es la primera misión espacial en poder hacer esto”, remarcó, y, entre las ventajas en lo referido a ese punto, recalcó que se encuentra facilitar “el uso eficiente de agroquímicos”, como así también prever diferentes situaciones que mejorarán “el manejo de emergencias”.

Asimismo, contó que existen usos comerciales, como, por ejemplo, en la minería.

Al remontarse al inicio del camino, repasó: “El SAOCOM arrancó en el año 2000, cuando en la Argentina no había un grupo de radaristas, es decir de diseñadores de radares”.

“Se comenzó con un modelo que después evolucionó; al principio era un satélite de seiscientos kilos, y terminó con tres mil, y las prestaciones que tiene hoy”, continuó.

En el largo “viaje” de este trabajo, el SAOCOM tuvo varios “hijos”, ya que la experiencia en la labor permitió diseñar radares de tránsito aéreo, meteorológicos, militares.

“Cuando empezamos, la comunidad internacional decía que no íbamos a poder; que esto, a la Argentina, le quedaba enorme”, evocó.
Por eso, consideró “un orgullo” ver la concreción del sueño.

El ingeniero tuvo que mirar el lanzamiento desde su casa: “Me lastimé la pierna hace una semana, así que lo viví en forma remota, rodeado de la familia”, señaló.

Dijo, también, que el acontecimiento lo hizo pensar en la Argentina: “Estudié en un colegio secundario público, después fui a una universidad pública, y, de alguna manera, sentí que le devolvía al país todo lo que había invertido en mí”.

Además, recordó a sus padres, y narró: “Mi mamá, desde que yo era chiquito, me incentivaba, sin darse cuenta. Por ejemplo, cuando me traía la Muy Interesante, o alguna otra revista similar”.

Por eso, a los ocho años, Renolfi ya “soñaba con naves espaciales”.

Christian Masello

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