Publicidad
 
19/04/2026

Pedro Aznar transformó el gimnasio María Auxiliadora en un fogón de belleza musical

Bariloche vivió una noche de magia sonora.
Aznar, en Bariloche, hechizó con un show íntimo (foto gentileza de Noelia López).
Aznar, en Bariloche, hechizó con un show íntimo (foto gentileza de Noelia López).

Pedro Aznar transformó el gimnasio María Auxiliadora de Bariloche en una noche de fogón, sentándose junto a un fuego reflejado en una pantalla a su espalda que, con el ardor de las canciones, se convertía en real.

Lee también: Una charla profunda con Pedro Aznar: música, literatura, budismo, vinos y mucho más

Es decir, las llamas que ondeaban de manera virtual, aunque parezca increíble, calentaban el ambiente. La energía ígnea se sentía hasta en la última fila, en un espacio que estaba repleto.

El gimnasio María Auxiliadora estuvo colmado (foto gentileza de Noelia López).

Si el público hubiese pertenecido a una actividad deportiva, hubiera abarcado las categorías más diversas. Porque había desde personas que entraban en el rango de infantiles hasta veteranos, pasando por cadetes, júnior y sénior. Pocas veces suele verse esa confluencia de generaciones en una convocatoria artística. En el caso de Pedro, la variedad en la edad de los presentes parecería responder a una carrera intachable, a un compromiso con el arte que se ha extendido a través del tiempo. Cada paso que ha dado respondió a una honestidad con sus sentimientos, en una búsqueda musical que lo hizo explorar diversos estilos, siempre con una calidad notable.

La sensación predominante fue de intimidad (foto gentileza de Noelia López).

Y, en el marco de un show con el que ha recorrido diversas ciudades argentinas, denominado Una noche con amigos, Pedro Aznar desembarcó en Bariloche con un puñado de canciones ajenas, transformándolas por un ratito en propias, además de varias de su autoría.

Sobre el escenario, alternó diversas guitarras, bajo y teclado, junto a bases pregrabadas, y una voz que desafió cualquier complejidad que ofreciera la composición a abordar. Incluso, las delineadas por otros autores parecieron que, desde su génesis, hubiesen sido siempre cantadas por él.

Poniéndole fondo sonoro a la vida (foto gentileza de Noelia López).

Además, con un uso del inglés impecable para temas en ese idioma, y el bienvenido gesto de sumar la traducción al español en la pantalla, sobre el fondo eterno del fogón virtual (aunque en panoramas distintos, porque, por ejemplo, en algunas ocasiones aparecía sobre terrenos pedregosos, mientras que, en otras, se lo veía en terrenos boscosos).

Encuentro de fogón... (foto gentileza de Noelia López).

Asimismo, en algunos momentos, sumó pequeñas introducciones a ciertas composiciones. De tal forma, hubo palabras que resultaron especialmente adecuadas, como aquellas con las que presentó Don’t give up (No te rindas), de Peter Gabriel: “La escribió en un momento muy triste y duro de su Inglaterra natal, en plena era Thatcher, cuando tantos trabajadores y trabajadoras estaban perdiendo sus empleos y sus derechos; la canción es un llamado a no bajar los brazos”. Así, comenzó su bella interpretación de ese tema que convoca a no rendirse frente a situaciones en que la vida se empeña en mostrar su peor cara, en aquel caso particular, con una frialdad sobre lo humano a partir de una macabra redondez numérica que caracterizó al thatcherismo, algo que —quién lo diría— ha tenido un eco en la Argentina de estos tiempos, marcando el presente del sur del mundo con recetas guionadas cuarenta y tantos años atrás en Gran Bretaña.

Virtuosismo en cada interpretación (foto gentileza de Noelia López).

En todo momento, durante el concierto, prevaleció la idea de estar sentados en un ambiente cálido junto al artista, que iba sacando de la galera canciones como si fuera un mago musical. El arranque con la spinettiana Tema de Pototo, primer single de Almendra, hacía prever que lo que vendría sería a puro golpe al corazón. Y así fue.

La pantalla, detrás del músico, ofrecía calor de fogón y la traducción al español de las canciones cantadas en inglés (foto gentileza de Noelia López).

Tras Bluebird, de Paul McCartney (del período con los Wings), segunda canción de la noche, anunció, precisamente, que la idea era disfrutar de algunos de los temas que más lo emocionaban.

De esa manera, el listado de músicos que, de la mano de Aznar, pasearon por el gimnasio María Auxiliadora fue extenso y diverso. Gustavo Cerati, Queen, Sting, Charly García, Duran Duran, León Gieco/Luis Gurevich, Red Hot Chili Peppers, John Lennon, George Harrison, Beach Boys, Joni Mitchell…

Cuando la música toma un vuelo íntimo en la inmensidad (foto gentileza de Noelia López).

También, claro, hizo varias composiciones propias, entre ellas, la que escogió para el último bis, Una extraña felicidad.

Y, antes de esa canción, se vivió, quizá, el mejor momento de la noche, con Aznar a cappella entonando una seguidilla de fragmentos de canciones memorables, desde Quebrado a Tu amor (de Tango 4, la placa que grabó con Charly en 1991), pasando por sus versiones en español —a esta altura, clásicas— de A primera vista (A primeira vista, de Chico César) y Ya no hay forma de pedir perdón (Sorry seems to be the hardest word, de Elton John y Bernie Taupin).

Uno de los mejores momentos de la noche: Pedro cantando a cappella (foto gentileza de la productora +Ayá) .

En definitiva, una pintura sonora realizada con pinceladas que marcaron a fuego un lienzo definitivo, en la curiosa intimidad que reinó en la inmensidad de un gimnasio repleto, transformado, durante una hora y media, en un fogón donde resplandeció una belleza musical que, apenas culminó, ya se extrañaba.

 

Aznar brindó un show impecable (foto gentileza de Noelia López).

¿Que opinión tenés sobre esta nota?