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EL CORDILLERANO, 30 AÑOS / HISTORIAS DE BARILOCHE

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01/06/2024

Pablo Soñis, el cafetero poeta

Pablo Soñis, el cafetero poeta
Pablo Soñis, el cafetero poeta

I

Hecho de pasiones violentas

nada iguala el sentir del poeta.

En su misterioso mundo creador

toman forma sus ansias de vida

y su desesperación de mundo.

PABLO SOÑIS

 

Pablo Soñis acostumbra pasear por las calles de Bariloche junto a su mujer, Norma Cordeyro.

El hombre, antes, también recorría las arterias céntricas, pero por trabajo, con sus termos a cuestas. Era cafetero ambulante.

El 22 de marzo de 2017 lo operaron de un quiste benigno en la base del cerebro.

La intervención salió bien, pero luego una hemorragia interna complicó todo.

Permaneció alrededor de un mes en coma inducido.

No podía caminar.

Sin embargo, contra cualquier pronóstico, reanudó su andar. Y si en la actualidad utiliza un bastón, más que nada es por temor al estado de las veredas.

Para él, volver a patear las baldosas –aunque con mucho cuidado– fue algo así como el bíblico “Lázaro, levántate y anda”, y significó una especie de aceptación de la existencia de algo superior. “Nunca había tomado a Dios muy en serio”, reconoce Pablo, para luego suspirar: “Pero, por la forma en que me curé, me doy cuenta de que algo debe haber”.

Aunque los sábados va a la Catedral, e incluso tuvo su boda con Norma en la parroquia la Inmaculada Concepción (el 12 de marzo de 2022, exactamente a treinta años del casamiento por civil), lo suyo no es algo estrictamente ligado al catolicismo. “Más allá de llamarlo Jesús, Alá, Jehová –como quieran–, tiene que haber un Dios… No puedo abandonar mi origen judío, pero escuchar el evangelio en la Iglesia me hace bien”, reflexiona Pablo, que en un recodo de su ser guarece un pasado poético, aunque ligado al dolor…

Pero, al hablar de días lejanos, curiosamente, me estoy adelantando…

 

II

Hay un camino doloroso

y a la vez solitario

que es el que conduce

a la búsqueda de nuestro ser.

PABLO SOÑIS

 

Pablo vive en un departamento rodeado de libros y con muchos casetes, porque, más allá de que el formato hace décadas que cayó en desuso, sigue escuchando música a través de esas cajitas de plástico que en su interior guardan una cinta magnética con la grabación.

Literatura y música, dos pasiones que supieron brindarle calor cuando el alma se sintió fría.

Este reportaje, centrado en una de esas tantas personas que hallaron su destino en Bariloche, incluye referencias porteñas, ya que Pablo nació en Buenos Aires (en 1948), donde transcurrió gran parte de su vida.

Siempre disfrutó de los libros.

De niño, las páginas que desfilaban ante sus ojos llevaban la firma de Emilio Salgari y Julio Verne. 

Aún recuerda como uno de los momentos más placenteros de su existencia la lectura, a los trece años, de Los tres mosqueteros, la novela de Alejandro Dumas.

Pero, asimismo, por esa época, el chico empezaba a sentir que algo no andaba bien…

 

III

Mi niñez se inició como una dulce canción

yo navegaba el río dorado de la inocencia

las flores multiplicaban sus colores ante mis ojos

y los pájaros me decían su nombre

mi primera caída se produjo una noche sin luna

los truenos retumbaban en mi pequeña mente

y una gota de lluvia inundó mis ojos

cuando yo comprendí que mi mundo

no era otra cosa más que un pequeño mundo

poblado en cientos de universos

tuve la certeza de que mi infancia me abandonaba

y mi ser creció adolescente

y de pronto el río por el que me desplazaba

desvió su curso

las flores marchitaron sus pétalos

y los pájaros levantaron vuelo.

PABLO SOÑIS

 

Pablo sufrió cuando comenzó a dejar atrás la infancia.

“Yo vivía en una fantasía. La realidad, en la adolescencia, a veces es bastante dolorosa, y el choque fue muy grande. Quizá mis padres me sobreprotegían demasiado”, evoca.

En tal sentido, recuerda una visita al médico, de pequeño, y el profesional diciéndole a su madre: “Usted crió a su hijo en un castillo de cristal”.

El estado anímico de Pablo, en los tiempos que siguieron, cuando la niñez iba quedando en el ayer, cayó de forma peligrosa.

Para ejemplificar lo que sentía, menciona una frase del filósofo y escritor francés Paul-Ives Nizan, citada a su vez por el peruano Mario Vargas Llosa en su novela La ciudad y los perros: “J’avais vingt ans. Je ne laisserai personne dire que c’est le plus bel âge de la vie” (“Yo tenía veinte años. No dejaré que nadie diga que es la mejor edad de la vida”).
“Para mí, fue bastante doloroso”, medita Pablo a la distancia, y rumia: “Los adolescentes pueden ser muy crueles”.

En ese punto, cuenta que hizo “años de terapia”, y aprecia: “Cuando uno crece, pule las cosas”.

Pero antes de hallar un marco vivencial que no equivaliera al sufrimiento, pasaron muchos inviernos…

 

IV

Serán nuevas las palabras

provistas de un nuevo lenguaje

y con el goce 

resurgirá el sentir

hasta ayer olvidado.

Serán el hombre y la mujer

y su sexo

y la emoción también.

Música que confluyes en mí

en todos nosotros.

Eres nuestra generación

nuestro tiempo.

PABLO SOÑIS

 

Frente al malestar, Pablo se refugió en los discos.

La música siempre lo cobijó.

En gran parte, por el abuelo Isaías. “Cuando yo tenía siete u ocho años, me llevaba al teatro Colón”, recuerda. Y suma: “Por eso mi gusto por la música clásica viene desde la infancia”.

“En mi adolescencia aparecieron los Beatles y los Rolling Stones, y eso cambió todo”, expresa, con la mente en aquellos años culturalmente burbujeantes. El abuelo estaba desesperado… “¡Cómo te puede gustar eso!”, exclamaba el hombre. Y pese a la reticencia ante los sonidos que conformaban el rock & roll, el papá de la mamá de Pablo acudió a una sala de cine para ver una película beatlesca… Intentaba entender qué encontraba el nieto en aquel grupo. Pero, claro, los fenómenos no tienen explicación.

Ya en los setenta, el equipo musical del muchacho albergó al rock sinfónico, con Génesis y Yes, por ejemplo.

Lo que emergía de los parlantes, de alguna manera, le servía de refugio intangible.

 

V

Allí está parado

lo observás

no te ve

es una víctima inocente

pero toda tu vida se abalanza hacia él

alzás la mirilla

tu dedo presiona el gatillo

un mundo de imágenes desfila frente a vos

su vida perforada en pleno cráneo

un hilo de sangre va cubriendo de rojo la tarde.

PABLO SOÑIS

 

Pablo era tímido al extremo. Si por la calle veía a una chica que le agradaba, en lugar de saludarla, por temor a que ella no respondiera, optaba por cruzar de vereda.

Además, Argentina atravesaba un período luctuoso, con la última dictadura militar. “La peor época de mi vida coincidió con la peor del país”, sostiene Pablo.

Todo era una vorágine que llevaba a la cerrazón.

“Viví esa etapa como una pesadilla”, indica, para luego deslizar referencias acerca la desaparición de una persona cercana a su familia.

A todo esto, más allá de la música, que aun hoy piensa que le salvó la vida, la literatura también actuó como catarsis, pero no sólo por la lectura, sino también –y especialmente– a través de la escritura… 

 

VI

Es otoño.

Un joven por las calles

va dibujando sus pasos

de pronto una plaza

frente a un árbol un banco

y un libro de Vallejo

inicia su melancólico canto.

PABLO SOÑIS

 

“Las cosas que me afectaban me hacían escribir”, afirma Pablo.

Fueron algo más de diez años donde su trazo parió poemas que reflejaban un tormento profundo.

En aquellos versos late la huella del cholo César Vallejo, porque la pluma negrísima del poeta peruano repercutió en Pablo.

De aquel autor, había llegado a sus manos el libro Poemas humanos.

De repente, durante una charla, Pablo recita versos vallejianos: “Hoy me gusta la vida mucho menos,/ pero siempre me gusta vivir: ya lo decía./ Casi toqué la parte de mi todo y me contuve/ con un tiro en la lengua detrás de mi palabra”.

 

VII

Siendo las tres de la mañana

me he mentido desesperadamente

porque siendo las tres de la mañana

yo Pablo Soñis

luego de tres años de silencio

silencio en la vida y en la poesía

decidí escribir este pobre y lastimoso poema

que será ignorado y rechazado

condenado y brutalmente interpretado

queriendo aprisionar en pocas líneas

el temor y la vigilia de una noche

siendo pues las tres horas de la noche

yo Pablo Soñis

consciente de mi impotencia de Ser vivo

abocado a la abrumadora tarea de sobrevivir en un mundo

tomo una hoja de papel y escribo

lo que tantos otros callan

por temor

o por vergüenza.

PABLO SOÑIS

 

“Creo que la última poesía que escribí fue en 1983, después de tres años de no haber escrito nada”, revela Pablo.

Aclara que nunca se tomó la escritura “como un esfuerzo”. Simplemente, emanaba de su ser.

“Después de años de terapia, cuando estuve mejor, ya no escribí más… No tenía la necesidad de hacerlo, porque tampoco sentía la vida como la había sentido antes”, explica.

En su caso, ennegrecer folios se emparentaba con expeler el sufrimiento.

Pero, asimismo, hubo algo en esos textos que, en determinado momento, quiso borrar. Por eso destruyó los poemas… 

Luego se arrepintió. Pensó que si a él le habían servido como exorcismo particular, quizá podrían tener el mismo efecto en otras personas.

Los versos estaban grabados con tinta indeleble en su memoria, así que los reescribió.

“Si yo, con esas poesías, salí del pozo, quizá alguien más, leyéndolas, también pueda hacerlo”, medita.

 

VIII

Concédeme la última de tus libertades.

Concédeme tu canto.

PABLO SOÑIS

 

“San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación.” Así se inicia Sur, el tango con letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo.

Aquella intersección porteña, en honor al poeta, pasó a ser conocida como Esquina Homero Manzi, y allí se ubica un café con el mismo nombre.

Apenas a unos metros, hay una galería, en cuyo subsuelo estaba la juguetería que llevaba adelante la familia de Pablo, donde él se desempeñó al terminar el secundario, tras breves pasos por la universidad (en la casa de altos estudios husmeó en Historia Universal y Letras, pero dice que siempre fue muy desordenado y que la falta de disciplina conspiró en la constancia para continuar con los estudios).

En el negocio conoció a Norma, quien se transformaría en su esposa. Ella comenzó a trabajar como empleada. Y si bien el acercamiento no fue inmediato, Cupido hizo lo suyo y aquí están… los años pasaron y continúan con su vida en común.

 

IX

Al dolor sucedió la alegría

y a la angustia la esperanza.

Tanta humanidad en un hombre

tanta humildad y coraje

y la nobleza de su canto.

El deseo es alegría

y la vida es entusiasmo.

Un hombre venció a la muerte.

Hay que seguir sus pasos.

PABLO SOÑIS

 

La crisis económica que surgió en México a finales de 1994 rebotó hacia varias partes del mundo en lo que se llamó “efecto tequila”.

En la Argentina el “tequilazo” pegó fuerte en 1995. Básicamente, cayó el consumo y aumentó la desocupación, todo en el marco de la burbuja de la convertibilidad.

Una de las víctimas de los sorbos del alcohol financiero azteca, en el sur porteño del mundo, fue aquella juguetería ubicada a metros de la Esquina Homero Manzi.

Para aquel entonces, el hermano de Pablo hacía tiempo que se había mudado a Bariloche.

Pablo conocía la ciudad y le gustaba. Al terminar el secundario, había estado como mochilero; luego recaló en varias ocasiones para visitar al hermano.

Así que, en 1996, decidió poner rumbo al sur.

“Para mí, Bariloche siempre fue un paraíso”, afirma, y añade: “En Buenos Aires todos caminan rápido, están eternamente con prisa; acá encontré una vida mucho más tranquila”.

La intención, en un primer momento, era proyectar algo en algún local, pero eso no prosperó, así que comenzó a colaborar con una señora que vendía café por las calles barilochenses.

Después sufrió una recaída anímica, de la que pudo salir para pasar a tener su propio emprendimiento como cafetero ambulante.

“Podrá parecer insólito, pero los quince años que trabajé como vendedor de café me gustaron más que toda la labor en la juguetería”, expresa.

En ese sentido, por ejemplo, revela que en Buenos Aires, ante fechas como el Día del Niño, hacía pedidos para la juguetería y entregaba cheques que lo sumían en un insomnio que no cesaba hasta lograr cubrirlos. “Como cafetero, eso no pasaba”, ríe.

Además, recalca: “Cuando salía con el café, podía hablar con la gente. Y si alguien no me gustaba, no le vendía más y listo”.

 

X

El arte adquiere dimensión de testimonio

cuando es el producto

del sacrificio de un hombre.

PABLO SOÑIS

 

En la actualidad, Pablo relee En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; destaca la calidad de Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline; disfruta al escuchar música que va de la clásica al tango, pasando por el rock y el folklore; y si en la televisión pasan La dolce vita, de Federico Fellini, o Il Gattopardo, de Luchino Visconti, no duda en volver a verlas.

Dice que, ante aquellos días lejanos de melancolía y depresión, bajó una persiana. “Hay que patear para adelante, seguir luchando”, afirma.

Si bien ya no traza poemas, continúa con su "escritura" vivencial al caminar la existencia en un trajinar donde no queda espacio para pensamientos negativos. Y sueña con publicar los versos que le sirvieron como salvavidas cuando un mar enlutado pretendía ahogarlo, porque está esperanzado de que tengan el mismo efecto en aquellos seres lastimados por una realidad que a veces se empecina en mostrar su cara más injusta.

 

A MODO DE EPÍLOGO

He recorrido un largo camino en el infierno

en el infierno olvidé los días con sus noches

debo reconocer sin embargo que la oscuridad total

nunca se posesionó de mi alma

si

yo escuchaba las voces

y la muerte me rondaba

mi imaginación poderosa me aislaba del resto del mundo

yo estuve en el infierno y conocí el dolor

y allí comprendí que la dicha era una esperanza limitada

y pese a todo

aunque aún hay instantes

que me separan de la vida

pese a que la muerte es una realidad

y a que el ser humano

olvidó la emoción de la palabra

un día regresé a la vida

para recorrer el mundo con mis pasos.

PABLO SOÑIS

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