Editorial
23/06/2019

Cuando la rebeldía echó al invasor

El 28 de junio de 1807, alrededor de seis mil soldados británicos desembarcaron en Ensenada, a unos 50 kilómetros del Riachuelo. A diferencia de la agresión del año anterior, en esta oportunidad Buenos Aires no se dejaría tomar por sorpresa. Desde febrero los invasores estaban en Montevideo y de este lado del Río de la Plata, los preparativos para repeler el nuevo embate se impulsaban con efervescencia.

En febrero, un cabildo abierto había destituido al representante del rey porque encontró que vacilaba ante el renovado intento de Londres. Recordemos que las dos “invasiones inglesas” fueron consecuencia de una decisión política del gobierno británico. Existen documentos que demuestran que la suerte de las columnas invasoras se siguió de cerca en Londres, inclusive a través de la prensa.

Los partes oficiales que daban cuenta de la capitulación británica arribaron a Londres en septiembre de 1807 y fueron reproducidos por el diario “The Times”, que tituló a su artículo “Evacuación de Sudamérica”. El periódico publicó: “El ataque sobre Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica. Los detalles de este desastre, quizás el más grande que ha sufrido este país desde la guerra revolucionaria, fueron publicados ayer en un número extraordinario. El ataque de acuerdo al plan preestablecido se llevó a cabo el 5 de julio y los resultados fueron los previsibles. Las columnas se encontraron con una resistencia decidida. En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró”.

Quizá haga falta traer a colación testimonios de afuera para valorar la hazaña que protagonizaron los hombres y mujeres de Buenos Aires y sus alrededores. El teniente coronel invasor Denis Pack, describió así sus impresiones. “Antes de que me hubiese escasamente aproximado a la Iglesia de San Francisco, ya había perdido bajo el fuego de un enemigo invisible y ciertamente inatacable para nosotros, los oficiales y la casi totalidad de los hombres que componían la fracción de vanguardia, formada por voluntarios de distintas compañías, los oficiales y casi la mitad de la compañía siguiente, y así en proporción en las otras compañías que componían mi columna”.

El sitio había comenzado el 4 de julio de 1807, después de que las tropas agresoras avanzaran con dificultad, ante tantos riachos, arroyos y bañados. Efectivos a las órdenes de Liniers se cruzaron con el enemigo cerca de Miserere y el combate se extendió hasta la noche. En la mañana siguiente, el ejército británico se reunió en el mismo lugar para iniciar el avance, pero los vecinos habían construido barricadas, pozos y trincheras.

El comandante adversario, John Whitelocke, dividió a su gente en doce columnas y ordenó el avance hacia el fuerte y Retiro. Si los atacantes se dejaron llevar por los informes de la invasión anterior, se equivocaron y fiero. La tradición popular recuerda que los porteños recibieron a los servidores de su majestad británica a piedrazos y torrentes de aceite hirviendo. Pero en verdad, la cosa no fue tan espontánea.

Entre una y otra invasión, se había organizado una tropa de nueve mil soldados y milicianos, en la que revistaron varios futuros héroes de la Independencia, como Belgrano o Güemes. Como testimoniaba Pack, sus filas se toparon con defensas y con un fuego permanente que venía -para ellos- de vaya a saber dónde. Pero además, los oficiales que estaban al mando de las respectivas columnas no se entendieron entre sí y cada esquina, significó un desbarajuste para los veteranos de tantas guerras coloniales.

El invasor resolvió la capitulación cuando observó que entre bajas y prisioneros, solo comandaba a la mitad de su tropa. Los británicos resistieron en la Iglesia de Santo Domingo -que todavía hoy presenta las huellas de aquellos combates- y aceptaron las condiciones el 7 de julio. Pero recién se fueron de Montevideo el 9 de septiembre. Justamente, Liniers había impuesto como término de la rendición la evacuación de la ciudad oriental.

De regreso en Gran Bretaña, Whitelocke enfrentó una corte marcial y fue removido de su función. Se lo declaró incapaz de servir a la corona inglesa. Nótense las consecuencias que provocó la resistencia rioplatense... Los sucesos de la Revolución de Mayo eclipsarían su importancia, sobre todo al pasar por el tamiz filo-británico de Mitre. Pero los primeros gestos de rebeldía incluso hacia España, se expresaron aquellos días de 1807, frente a las tropas que venían con la “Union Jack” al frente. La misma que hiere al flamear todos los días en Malvinas e indigna al situarse en remeras y buzos de nuestros jóvenes.

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