Editorial
20/06/2019

Verdes los campos de Irlanda, verdes los mares que liberó

El aspecto naval de la Revolución de Mayo y la posterior lucha por la independencia se valora en general, de manera muy secundaria, porque a pesar de los miles y miles de kilómetros de litoral marítimo con que cuenta la Argentina, si de algo se carece por aquí es de conciencia y tradición marinera. También mete la cola en la conmemoración del marino más insigne de aquellos tiempos, el perro de la historia oficial: Guillermo Brown militó del lado de Juan Manuel de Rosas y esa participación alcanzó para que Mitre y sus seguidores, condenaran al irlandés a un segundo o tercer plano.

Un 22 de junio de 1777 vino al mundo en el pequeño pueblo irlandés de Foxford. Su vida no careció de peripecias antes de arribar al Río de la Plata. Como los vientos que se cernían sobre Irlanda no eran del todo venturosos, su familia se mudó hacia Estados Unidos, como decenas de miles de irlandeses. Para su desgracia, apenas arrancaba la adolescencia cuando se quedó sin su padre y se empleó como grumete en un barco estadounidense.

La década que pasó sobre el Atlántico forjó cualidades de marino con las que luego descollaría tanto en aguas marrones como en verdes. Hacia 1796 ya era capitán y después de algunas desventuras, arribó a Montevideo en 1809 con la intención de dedicarse al comercio. En abril del año siguiente, cruzó a Buenos Aires con una fragata de su propiedad en misión comercial y presenció en calidad de testigo privilegiado los primeros pasos de la Junta de Gobierno.

Su conciencia determinó que debía abrazar la causa republicana, aunque apenas conocía estas latitudes. Con la Banda Oriental en mano de los realistas, Brown comenzó a guerrear: capturó buques enemigos, intentó abordajes y transportó armas y víveres para los patriotas. En Buenos Aires habían tomado nota de su sapiencia marinera y en marzo de 1814, decidieron ponerlo al frente de la escuadra de las Provincias Unidas.

Al mando de sus buques, el irlandés que peleaba con los revolucionarios recibió su bautismo de fuego al intentar la rendición realista en la isla de Martín García. En una primera ocasión, el enemigo rechazó el ataque, pero el 15 de marzo de 1814, la acción finalizó con la toma de la isla. Las fuerzas del adversario se retiraron aguas arriba por el río Uruguay y Brown dispuso su persecución.

Por entonces, Montevideo resistía airosa el sitio de orientales y porteños. El marino demostró entonces que también entendía de estrategia y después de varias conversaciones, convenció al Directorio. Un mes después de Martín García, partió la flota de la Revolución desde la rada de Buenos Aires, con los vítores del pueblo a popa. No se equivocó el irlandés, ya que después de librar combate ante las embarcaciones enemigas, Montevideo capituló el 23 de junio. Nada menos que San Martín le puso palabras a la hazaña: “lo más importante hecho por la revolución americana hasta el momento”.

Después, Brown se embarcó hacia el Pacífico con la fragata “Hércules” y antecedió a la flota libertadora, al navegar aguas de Chile, Perú, Ecuador y Colombia. Cuando regresó a Buenos Aires, se abstuvo de inmiscuirse en las disensiones internas y volvió a dedicarse al comercio. Pero su retiro no duró mucho. El 10 de diciembre de 1825, el Imperio del Brasil le declaró la guerra a las Provincias Unidas. Apenas once días después, una escuadra brasileña impuso el bloqueo sobre el puerto de Buenos Aires. ¿A quién iba a recurrir el gobierno? Pues a Guillermo Brown.

La historia recuerda un episodio que lo pinta de cuerpo entero. El 10 de junio de 1826, una fuerza de 31 barcos enemigos apareció ante las costas de Buenos Aires. Con una determinación que costará encontrar en la historia reciente, sencillamente le dijo a su tripulación: “Marinos y soldados de la República: ¿veis esa gran montaña flotante? ¡Son los 31 buques enemigos! Pero no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la 25 de Mayo que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: ¡confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria!” La “25 de Mayo” era su nave insignia.

Momentos después, se escuchó aquella consigna emocionante: “fuego rasante, que el pueblo nos contempla”. Cuando el humo del combate se disipó, ese pueblo que se había apiñado en las orillas, pudo advertir que la flota brasileña navegaba hacia el mar... En el cementerio de La Recoleta, el pequeño monumento que alberga su féretro se destaca por su color verde, tonalidad que identifica a los campos irlandeses pero también, a los mares donde Brown hizo flamear la enseña celeste y blanca.

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