2026-06-25

El presidente ejecutivo de Luigi Bosca destacó el valor que Bariloche tiene para la bodega

En el marco de la presentación de una exclusiva degustación en Bariloche, el presidente ejecutivo de Luigi Bosca destacó el vínculo histórico de la bodega con la ciudad y aseguró que el destino representa un mercado estratégico por su perfil turístico, gastronómico y la calidad de sus consumidores.

Bariloche vivió un momento de distinción de esos que engalanan un lugar. La bodega Luigi Bosca organizó un almuerzo de pretemporada en el hotel Catedral, desplegando, para la ocasión, un abanico con una variedad de vinos que deslumbró a los concurrentes. “Para nosotros, como plaza, la ciudad es muy importante”, explicó el presidente ejecutivo de la firma, Alberto Arizu (h), para luego añadir: “Acá tenemos una gran cantidad de clientes, y estamos presentes desde hace muchísimos años. En el último tiempo, hemos formalizado esa presencia viniendo antes del inicio de la temporada”.

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De esa manera, el objetivo, en la localidad, fue generar un momento de encuentro, donde los invitados mayormente pertenecían al ámbito gastronómico y hotelero. Así, prevalecieron conversaciones donde, copa en mano, se analizaba el presente y el futuro de la actividad turística en la zona.

El presidente ejecutivo de la bodega brindó detalles de las diversas variedades que presenta la firma.

Para propiciar ese ámbito de diálogo cercano, en Luigi Bosca escogieron privilegiar la colección De Sangre, una propuesta que nació como homenaje a una tradición de la familia Arizu relacionada con la costumbre de separar barricas especiales, identificándolas y reservándolas exclusivamente para compartir con seres cercanos. La intención, con esta línea, ha sido resaltar la importancia de los vínculos y el legado. Debe tenerse en cuenta que la empresa tiene ciento veinticinco años, y siempre ha estado vinculada a la misma familia.

Justamente, Alberto Arizu (h) es cuarta generación en la cadena familiar ligada a un emprendimiento con un prestigio que trasciende fronteras.

Alberto obervando una de las botellas que cobijan un producto de una calidad notable.

De algún modo, con la colección De Sangre, en la firma buscaron acercar a la gente en general ese espíritu íntimo ligado a sabores nacidos para ser degustados en familia y con amigos.

Alberto, en el marco cálido del hotel Catedral, explicó ese sentimiento y mucho más…

—¿Cuándo surgió De Sangre?

—Primero, en 2008, nació como un vino que se llamaba Luigi Bosca De Sangre, con una etiqueta negra. Diez años después, decidimos emular aquella historia y se transformó en una colección.

—¿Qué significa esa línea de vinos para usted?

—En lo personal, tiene un sentido muy especial, porque es transmitir, por medio de una colección de vinos, un ritual que, durante muchísimos años, ha sido algo íntimo de la familia, casi secreto.

—¿Es posible transferir esa intimidad a una escala tan grande?

—Se trata de que la gente nos conozca mejor. Cada vino representa una parte nuestra y es el reflejo fiel de cómo pensamos, cómo soñamos, qué es lo que nos gusta… Eso es lo más valioso y genuino que tiene el vino. Técnicamente, nuestras propuestas poseen un nivel de perfección muy alto, pero lo más importante es poder transmitir, a través de ellas, parte de tu personalidad. No es tan fácil, pero resulta maravilloso.

"Cada vino representa una parte nuestra y es el reflejo fiel de cómo pensamos".

—Sus palabras cargan con cierto romanticismo que uno en ocasiones asocia con el mundo de las bodegas, pero en la actualidad, por cómo se mueve el mundo, sería factible pensar que ese sentimiento se podría estar perdiendo.

—Hay algo que me enseñó mi padre: un vino debe tener un porqué. Es decir, pensar en cuál es la razón para hacerlo, lo que se desea expresar a través de ese vino. Todos los vinos que hemos hecho en mi familia desde hace ciento veinticinco años han tenido un propósito. Deseamos ofrecer nuestra destreza técnica, mostrarnos lo más cercanos a la perfección en algunas botellas en particular y, sobre todo, presentar qué es lo que nos gusta. Cuando te doy un vino, comparto con vos algo por lo que siento una profunda fascinación. Al hacerlo, no pretendo que sientas lo mismo, pero sí quiero que entiendas qué es lo que a mí me deslumbra de ese vino. Poder transmitir eso es muy lindo.

"Cuando te doy un vino, comparto con vos algo por lo que siento una profunda fascinación".

—Podría decirse que usted prácticamente nació en una bodega, ¿cómo es ser parte de una familia tan ligada al mundo del vino?

—Primero, resulta divertido, porque siempre hay un momento para tomar un buen vino. En realidad, las ocasiones se generan alrededor del vino. Hay una frase que mi padre dijo hace poco y a mí me quedó grabada: “Cuando llega el vino, la mesa se hace redonda”. En una reunión, el vino unifica la conversación y, justamente, hace que la mesa sea más redonda. Todo encuentro que se convoque alrededor de un vino tiene un sentido distinto, especial, porque convergen historia, cultura, arte…

"Todo encuentro que se convoque alrededor de un vino tiene un sentido distinto, especial".

—¿Recuerda cuándo probó vino por primera vez?

—Un pediatra le recomendó a mi madre que, a partir de los seis años, me empezara a poner algunas gotitas de vino en el agua, para empezar a acostumbrar el organismo. El vino tiene una infinita cantidad de propiedades. A veces la gente toma un montón de pastillas antioxidantes para conseguir cosas que el vino brinda naturalmente. Así, todos los años, mi mamá iba poniendo algunas gotitas más, hasta que, primero, llegamos a mitad y mitad en el vaso; luego, cuando ya tenía alrededor de dieciocho años, a la copa completa. Obviamente, en mi casa se almuerza y se cena con vino. Y se le da importancia, no es una bebida más. Decimos: “Hoy vamos a probar este vino por tal razón”. Toda mi vida ha girado alrededor del vino. Me la pasaba probando los que traía mi padre para probar. Nos preguntaba qué opinábamos. Obviamente, no nos daba bolilla —sonrió—, pero quería escucharnos. Y eso es algo que actualmente hago con mis hijos. Los escucho y me interesa saber cuál es la primera sensación que tienen, porque es muy lindo acostumbrarse a expresar lo que genera el vino, ya que, a diferencia de otras bebidas alcohólicas, te desafía a poder describirlo. Tiene tanta variedad que definirlo en palabras, aunque sea diciendo algo sencillo, requiere un esfuerzo intelectual.

"Es muy lindo acostumbrarse a expresar lo que genera el vino, ya que, a diferencia de otras bebidas alcohólicas, te desafía a poder describirlo".

—¿Cómo observa el mercado del vino a nivel interno y también en lo que hace a la exportación?

—Nuestros vinos se venden en la Argentina y en alrededor de otros sesenta países, pero no hacemos un vino para exportación y otro para el mercado nacional. Para nosotros, la importancia de vender en la Argentina es la misma que hacerlo a otros lugares del mundo. Quizás, en un país como este, donde hemos tenido tanta dificultad para sostener nuestra moneda, la exportación se transforma en un canal muy importante desde el punto de vista del negocio, porque te brinda más estabilidad, ya que se trabaja en dólares. Pero el vino es el mismo, y se vende a igual precio. No se hace una distinción, porque lo importante, justamente, es que los vinos representan lo que somos.

"No hacemos un vino para exportación y otro para el mercado nacional". 

—¿El vino argentino mantiene el estatus que en algún momento supo ganar en el mercado global?

—Sí, en la actualidad el país es un reconocido productor de vinos a nivel mundial, quizá muy asociado a una variedad, el Malbec, que ha sido nuestra gran bandera y ayudó a mostrarnos en el mundo. Fue la puerta que permitió exponer nuestra destreza como productores, porque es una variedad que hacemos mejor que cualquier otro país. El desafío, mirando hacia adelante, es demostrar que somos también buenos realizando otros vinos, interpretando regiones que cuentan con un carácter particular. Nosotros producimos en Mendoza, pero contamos con viñedos alojados en varios valles, a diferentes alturas y con distintos tipos de suelos, lo que nos permite tener una diversidad importante. Buscamos que cada variedad logre su mejor expresión. Por ejemplo, nuestro Cabernet Franc lo producíamos desde hacía muchos años en una zona, pero después decidimos hacerlo en otra, porque la expresión que buscábamos la encontramos en otro suelo, con un clima distinto. Para nosotros, la simbiosis entre la variedad del vino y el suelo es fundamental.

"La simbiosis entre la variedad del vino y el suelo es fundamental".

—¿Cuál es su variedad preferida?

—Por naturaleza, estoy acostumbrado a disfrutar sin tomar partido por ninguna variedad. Pero si tengo que mencionar algunos vinos, podrían ser Paraíso, un blend de Cabernet Sauvignon y Malbec, y León, un Cabernet Sauvignon puro. Me siento muy identificado con ellos. Al pensarlos y definirlos, mientras interactuaba con nuestro enólogo, Pablo Cúneo, esos vinos me desafiaron desde todo punto de vista.

Recordando el pasado, analizando el presente y avizorando el futuro.

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