UNA HOTELERA CONFESÓ MUY SUELTA DE CUERPO ANTE UN FRANCÉS
La coima, método para acceder a la tierra en el Bariloche de 1910
Cuando habían transcurrido 25 años desde la creación de la Colonia Agrícola Pastoril Nahuel Huapi y ocho después de la formación de San Carlos de Bariloche como pueblo, muy poca gente había accedido a los títulos de propiedad de los predios que ocupaban. Es más, aquellos que contaban con la preciada documentación, muy probablemente la lograran a través de coimas, como pudo recoger un periodista francés que pasó por aquí en 1910. Se conmovió ante tanta injusticia.
“Cuando se ha dado la vuelta al lago y admirado los aspectos variados de su cuadro de montañas y sus aguas puras, ¿en qué ocuparse en esta soledad sino en escuchar a las gentes del país y oír referir historias?”, razonó Jules Huret en sus escritos, que publicó en forma de libro bajo el título “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes”. En castellano, la obra salió de imprenta un par de años después de su viaje, que coincidió con las celebraciones del Centenario.
En las tertulias que animó en el salón del hotel Perito Moreno, escuchó el viajero que “muchas personas que viven aquí se quejan de no tener sus títulos de propiedad. Vinieron, sin embargo, como colonos, enviados, a petición propia, por la Administración, para instalarse en tierras bien determinadas”, introdujo. Acto seguido, compartió los pareceres de uno de sus interlocutores, a quien desafortunadamente para nuestros intereses, no identificó.
“Hemos cumplido las condiciones legales, es decir, puesto el terreno en estado de cultivo, construido nuestra vivienda, cercado y poblado nuestra posesión, cultivado la cuarta parte, y aún más, de las tierras. ¡Y esto durante diez, doce, quince y más años! Sin embargo, no obstante (sic) nuestras reclamaciones, no hemos podido entrar en posesión de nuestros títulos”, se quejaba con amargura el pionero.
Ante la supuesta parálisis económica que el francés seguro objetó, éste supuso: “Esta es una de las razones, la principal tal vez, del poco desarrollo o desenvolvimiento de la región. En efecto, los colonos se limitan a cultivar el minimun (sic) de tierra impuesto por la ley, por no estar nunca seguros de poseer los títulos definitivos”. Acto seguido y periodista el fin, Juret preguntó qué pasaba con los trámites ministeriales.
Bariloche, unos años después de paso de Juret.
“No se nos responde. En cinco años han venido tres inspectores diferentes. Nos hemos quejado, pero no nos han contestado nunca”, compartió su interlocutor. Después sí identificó a uno de los desventurados. “A uno de esos colonos, llamado Carlos Becker, se le exige, aunque ha cumplido todas las condiciones impuestas por las leyes sobre la colonización, que pruebe su condición de ciudadano argentino. Pero es el caso que los indios incendiaron en otro tiempo su casa, quemándose todo lo que había en ella, incluso sus documentos personales”.
Goedecke, el de la calle
Entonces, Becker sugirió a los todopoderosos inspectores de la Dirección de Tierras: “Vean ustedes los registros de la capital. Me hice ciudadano de Buenos Aires hace diez años, debiendo quedar huellas de mi naturalización”. Sin embargo, hasta entonces era infructuosa su sugerencia. “A otro individuo llamado Otto Goedecker (sic), el colono más viejo de Bariloche, se le prometieron para traerle aquí 250 hectáreas, y luego 100. Pues bien; ahora no se le quieren dar sino 50. Y es el caso que él ha puesto las tierras en estado de cultivo, gastado su dinero y consumido su salud y sus fuerzas”, se solidarizaba Juret.
Aunque Francia y Alemania entrarían en guerra una vez más cuatro años después, el nacido en Boulogne sur Mer comprendió el laberinto al que se enfrentaban. “Estas buenas gentes, que descienden de una raza disciplinada, acostumbrados a obedecer las leyes y a respetar a los agentes de la autoridad, se indignan, sin embargo, al ver los favores que se hacen a algunos y las numerosas injusticias de que ellas son objeto, las cuales me cuentan”.
Por esos días escuchó “las desgracias de viejos colonos burlados y expoliados, y las concesiones injustificadas de miles de hectáreas, de islas enteras, cedidas vitaliciamente y sin razón a millonarios bien quistos en ciertas esferas. Estas quejas, oídas en estas lejanas soledades, son conmovedoras”, resaltó. En la línea anterior, se refería obviamente a Aarón Anchorena y la isla Victoria, quien fue motivo de fugaz tratamiento en otro de sus párrafos.
Pero no todos los primeros pobladores de Bariloche eligieron no cruzar determinada línea en aquellos años inaugurales. Cuando Juret preguntó qué había que hacer para avanzar hacia la titularización, ingresó al debate otra voz. “Yo voy a decírselo, caballero -dijo la dueña de la fonda Perito Moreno, que oía nuestra conversación en la sala común de la hostería-. Esas gentes no quieren gastar dinero… Dicen que la ley no los obliga a ello, que están en su derecho y que si esto o que si lo otro… Pero cuando yo he visto que la ley no bastaba no me he obstinado como ellos -agregó significativamente-. Yo he puesto precio y he abonado a quien correspondía… Pagué a un abogado que según me dijo, era amigo de un empleado del Ministerio, y, por 1.200 pesos estoy en posesión de mis títulos. Parece que 500 pesos eran para el Estado y 700 para el empleado”.
Una fortuna en siete años
No hay muchas formas de entender la confesión de la hotelera. Todo indica que se valió de una coima para lograr su título. De origen vasco, estaba muy contenta con el país adonde había migrado. “Sería una persona muy especial si no lo estuviese. En la Argentina hemos hecho fortuna en siete años mi marido y yo”, se ufanó. Ante tanta franqueza, Juret quiso saber cuál fue el método…
Con soltura, la empresaria enumeró: “En primer lugar por el aumento de valor de nuestras 625 hectáreas de tierra, puestas en cultivo y cercadas, que valen hoy unos 40.000 francos”. El visitante escribía para público francés, de aquí que se refiriera a la moneda oficial de su país en aquellos momentos. “En segundo lugar, dando de beber, comida y cama en la fonda en que se halla usted, que vale más todavía con los terrenos que la rodean”, señaló, sin avergonzarse ni un poco del pésimo servicio que, según el propio huésped, brindaba. “Por esto, dentro de dos años nos retiraremos al país vasco, para vivir tranquilamente de nuestras rentas. Hemos tenido suerte, es verdad, pero ya ve usted que he sabido arreglármelas”. Suerte y descaro, más bien.