POCO ANTES DE SU NACIMIENTO INSTITUCIONAL
El Bariloche que vio un sacerdote en 1901: cuatro casas y unos ranchitos
Hay un testimonio escrito que perduró y tuvo su origen pocos meses antes de que se reconociera formalmente la existencia de San Carlos de Bariloche. Como se sabe, el gobierno nacional dio existencia institucional al poblado el 3 de mayo de 1902, aunque ya existía un vecindario un tanto diseminado a orillas del lago en dirección al Limay y sobre otros cursos de agua que nos resultarán familiares.
Cuando Zacarías Genghini llegó por primera vez a estas latitudes con el ánimo de avanzar hacia la edificación de una iglesia, el pueblo se reducía a “tres casas”, “unos cuantos ranchitos” y “toldos de indios a orillas del lago y del arroyo Nirihuau”, legó el religioso. Escribió sus memorias pocos años después de su primera visita al Nahuel Huapi, aunque sus tareas en estas latitudes demandaron varias estancias y otros viajes.
El religioso residía habitualmente junto con sus compañeros en Junín de los Andes. No obstante, en 1901 emprendió una extensa gira misionera, en cuyo marco llegó adonde hoy está el centro de la ciudad. “En esa época encontré a San Carlos de Bariloche, hoy tan espléndido y adelantado, como un pobre caserío. Su población eran tres casas y unos cuantos ranchitos y toldos de indios a orillas del lago y del arroyo Ñirihuau. El área del actual pueblo eran bosques de árboles forestales y arbustos que fueron desapareciendo a medida que fue poblándose”, destacó el misionero.
Su escrito fue rescatado por Clemente Dumrauf en una ponencia que tituló “La conquista espiritual del Nahuel Huapi” y presentó al Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, cónclave de carácter académico que se llevó a cabo en General Roca en 1979, al cumplirse los 100 años de las expediciones militares con que la Argentina incorporó a su soberanía los territorios indígenas hasta entonces libres.
La actual intersección de Mitre y Frey hacia 1910. Archivo Visual Patagónico.
El sacerdote tenía como cometido avanzar en la construcción de una capilla, cuya concreción no se logró de manera inmediata. “A principios de 1906, por indicación del padre Esteban Pagliere, Superior de las Misiones, el padre Zacarías Genghini emprende nuevamente el camino hacia Bariloche”, establece el trabajo de Dumrauf. Entonces, cinco años después de su llegada inaugural, vino otra vez “para ver lo que hay de particular sobre la construcción de una capilla en ese punto”, es decir, esta ciudad.
Gran porvenir
Si bien todo estaba en pañales y “que recién (el poblado) tiene sus comienzos, no lo es menos que está llamado a un gran porvenir, especialmente cuando llegue hasta allí el ferrocarril por ser el anillo de unión entre Chile y Argentina por el lado Sudoeste de esta última”, conjeturaba el misionero. Cabe recordar que hicieron falta casi tres décadas más para que un convoy ferroviario llegara por primera vez a San Carlos de Bariloche.
Sus preocupaciones iniciales eran las pertinentes. “Se hace sentir la necesidad de una capilla católica y un colegio para educar e instruir a las criaturas que pululan por las calles por no haber quién se ocupe de ellas”, objetó. “Entra en los fines de las Comisiones de Damas y Caballeros para la edificación de la Iglesia la construcción de un colegio que se hará siempre que el Superior Gobierno no olvidando ese pedazo de suelo argentino de mucho progreso y porvenir concurra a tal objeto”.
El resto es historia más o menos conocida por la feligresía católica. En efecto, se formalizó “la comisión pro-templo de caballeros para la construcción de una capilla”, según la reconstrucción de Dumrauf. Se integró así: “presidente Luis Horn; vicepresidente primero Víctor Brunella; vicepresidente segundo Carlos Foeschman; secretario José de García; vocales José Alanís, Humberto Giovanelli, Primo Capraro, J. Fernández Cea y Benito Crespo”. Como puede advertirse, varios de los apellidos ilustres de la época.
Un ángulo similar al de la primera foto, 18 años después. Archivo Visual Patagónico.
El 21 de enero de 1907 se consiguió la autorización burocrática para iniciar los trabajos. La construcción demandó siete meses y medio de intensas tareas. Sin embargo, la inauguración formal se estiró mucho más. “El 17 de agosto el padre Genghini y las dos comisiones en pleno recibieron oficialmente la capilla, completamente terminada”. Los pobladores aguardaban la llegada del Provicario Apostólico para que este la bendijera y quedara formalmente inaugurada, pero no pudo ser.
“No fue el Superior de las Misiones de la Patagonia ni el padre Zacarías (que sobrellevó las fatigas y sinsabores de la construcción) a quien le cupo el honor de bendecir el histórico templo, sino que fue el padre Domingo Milanesio, entonces director de la casa de Junín de los Andes y que había estado alguna vez en el Nahuel Huapi”. El calendario indicaba 19 de abril de 1908, “solemnidad de la Pascua”.
Pero volvamos a la fisonomía barilochense. Cinco años después de su primera visita, Genghini regresó y anotó: “No había sino cuatro casas que formaban la incipiente población: la casa alemana que llevaba el título San Carlos, de allí el motivo que cuando uno iba al negocio decía: voy a San Carlos, y hoy día aún existe tal dicho con la diferencia que se entiende ir a Bariloche, siento éste el verdadero nombre de la población, mientras que San Carlos lo es solamente de la casa de negocio alemana que tiene allí la Compañía Ganadera Comercial Chile-Argentina. Las casas en esa época eran: casa de negocios San Carlos, la comisaría, un gran galpón con varios departamentos y unos ranchitos donde vivían tres familias indígenas”.
Según Dumrauf, “en esa oportunidad (Genghini) visitó también la península San Pedro y recorrió las reducidas tolderías indígenas diseminadas en toda la zona hasta la frontera con Chile. Ya regresando pasó por la estancia San Ramón, Pichileufú, Pilcaniyeu, Paso Limay y desde allí a Junín de los Andes”. Habría pocas casas, pero sí bastante gente, porque administró “100 bautismos, 60 confirmaciones, 5 matrimonios, 150 confesiones, 140 comuniones. Hice un recorrido de unas 90 leguas siempre a caballo”, balanceó el sacerdote, es decir, alrededor de 450 kilómetros. Tuvo ante sus ojos el pueblito cuya prosperidad anunció.