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ANIVERSARIO DE LA CIUDAD

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03/05/2026

“La época más linda de Bariloche fue cuando todavía era un pueblo y todos nos conocíamos”

Glady Brogger recuerda tiempos pasados y afirma: “Tuve una vida plena”.
Glady, mostrando una foto de su madre junto a los hermanos (sus tíos). Fotos: Facundo Pardo.
Glady, mostrando una foto de su madre junto a los hermanos (sus tíos). Fotos: Facundo Pardo.

Glady Esther Brogger tiene ochenta y ocho años. Recibe en su casa con cosas dulces, té y café. Es una de esas personas que reflejan el viejo Bariloche. Remite a otros tiempos ya evocando su propio nacimiento, en Colonia Suiza.

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No hace falta preguntar. Ella va deshilvanando su vida…

Experiencia de vida.

“Mario, mi papá, llegó de Dinamarca con unos cuantos pesitos que había ahorrado. Como tantos inmigrantes, vino a buscar fortuna. Hizo el primer camino de Valcheta a Bariloche. Tenía bastante maquinaria. Y acá trabajó en el primer asfalto de Llao Llao, pero ahí se le acabó el dinero y tuvo que vender sus tractorcitos para poder salir adelante y pagarles a los trabajadores, porque era muy honesto. En esas tantas idas y venidas, fue a Colonia Suiza y conoció a mi mamá, Dora, una Goye… ¡Eran catorce hermanos!”, comienza.

“Ellos se casaron y mi papá hizo su casita en Albarracín 157. Nací en 1937, antes de la Segunda Guerra Mundial, y tuve la suerte de ser muy mimada”, cuenta.

La casa de la niñez. 

Glady, la mayor de cinco hermanos (además de ella, sólo vive Luis, creador de La abuela Goye y dueño de Tante Frida), señala: “Tuve la suerte de que me mandaran a estudiar a Buenos Aires. En esa época, acá no había Escuela Normal, así que viajé y me recibí de maestra”.

A su regreso, pronto se casó. “Venían los muchachitos de Buenos Aires y te casabas rápido. Mi marido, Roberto Casatti, pertenecía a la Fuerza Aérea. Nos conocimos muy jóvenes. Yo tenía 21 años; él, 25. Y llegamos a los sesenta y tres años de matrimonio… Falleció en la época de la pandemia”, rememora.

Roberto, su marido.

También indica que él se dedicó al esquí. Menciona un cargo importante que tuvo en el Cerro Catedral, así como un vínculo profundo con el Club Andino. Y añade que, justamente, ella era prima de Vicente Ojeda, quien fue socio honorario y vitalicio de aquella entidad.

Los recuerdos emergen en cada rincón de su casa. 

Glady tuvo dos hijos, Denise y Mario.

A Denise la identifica, entre risas, como “la que dirige la batuta”.

Las fotos afloran por todo el hogar.

Pero al recordar a Mario, el gesto cambia, porque hay un dolor muy presente… “Falleció el año pasado, de un cáncer fulminante. Estoy mortificada por eso… Tenía Asperger, pero no se lo descubrimos hasta que fue más grande. Lo llevábamos a los médicos y nos decían que era caprichoso, y no, pasaba otra cosa… Poseía una memoria impresionante, era brillante en historia y geografía, pero digitalmente se anulaba. Tenía un corazón de oro”.

Evocando otros tiempos...

De pronto vuelve a su época de maestra y evoca momentos vividos en las escuelas 16 y 182, como también en el Instituto Primo Capraro.

También menciona que con su marido tuvieron un residencial, y que ella, ya jubilada, también se puso al frente de un local de venta de ropa para niños.

Volviendo a su padre, a quien se nota que adoraba —y adora—, comenta que él escribió sus memorias en danés, y la hija de un amigo se encargó de revisarlas y publicarlas en formato libro.

Amante de la pintura, varias de sus obras cuelgan de las paredes de su casa.

Y ella, en un álbum que le obsequiaron, está reuniendo fotos y recuerdos relacionados con sus padres, especialmente con el papá.

Tras escribir aquellas historias, suele compartirlas con los sobrinos que acuden a visitarla, o con los nietos, que ahora están en Buenos Aires.

El recuerdo fotográfico de sus padres.

“Tuve una vida intensa”, reflexiona, y comenta que le hubiera gustado hacer más ayuda social, aunque rememora un tiempo en que, ya jubilada, colaboraba con la capilla Inmaculada Concepción, incluso haciendo pequeñas presentaciones de títeres para niños, una costumbre que había incorporado en su etapa de docente.

Mostrando recortes relacionados con su familia.

“Televisión no miro, para no hacerme mala sangre”, sonríe, pero reconoce que le “gustan ciertos programas de música y alguna novela turca”.

Luego, al hablar de la ciudad, sostiene: “La época más linda de Bariloche fue cuando todavía era un pueblo y todos nos conocíamos”.

Su hijo, siempre presente.

Al levantarse para guiar al fotógrafo y el periodista hacia la puerta, pasa por una mesa baja, toma una foto y suspira: “Mi hijo… Mi gordo cómico. Era un tipo alegre, solterón. Un ser bueno”.

De puño y letra.

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