Javier Bravo, alma de malambo
“Tengo treinta y cinco años, y bailo desde los cinco”, se presenta Javier Bravo, campeón de malambo sureño en la última edición del Festival Nacional de Música Popular Argentina de Baradero.
El barilochense cuenta que es el menor de tres hermanos: hay otro varón y una mujer.
Mientras que el otro hombre siempre se inclinó por los autos (“armaba y desarmaba motores”, sintetiza Javier), la dama del trío, Paola, tomaba clases de folklore en la Escuela Municipal de Arte La Llave.
Javier revela que, al principio, no decidió ir por motu propio, sino que la decisión la tomó su mamá, Sonia. Él lo dice de manera directa: “Fui porque mi vieja me llevó”.
“El barrio era bastante heavy en ese momento”, cuenta, en referencia al 169 Viviendas. Así, señala que, durante su infancia, en aquel sitio había mucha delincuencia, y la mamá quería que hiciera alguna actividad, como una forma de que el niño no chocara con esa realidad cruel que se palpaba en la calle.
El bailarín expone que, en la casa familiar, se escuchaba mucho a Los Chalchaleros, por lo que el folklore ya se venía impregnando en él.
Así que, cuando asistió a las clases en La Llave, no sintió el asunto como un quiebre, sino como una continuación de lo que se vivía en el hogar. “La música me era familiar, porque la escuchaba a diario”, expone, y añade que, en la institución educativa, se sumó otra faceta que lo cautivó: “Me llamó la atención el zapateo y la danza folklórica; me atrajo ver bailar”, aprecia.
El encanto se completó con todos los aspectos culturales que rodean la actividad, desde la vestimenta a la historia que conlleva la tradición.
La hermana siguió asistiendo cierto tiempo, luego tuvo una hija y las distintas obligaciones la hicieron tomar por otro camino.
Justamente, al respecto, Javier señala: “El trabajo del bailarín es complicado; muchas y muchos dejan de participar en la danza porque surge una responsabilidad, con la familia o en lo laboral… Uno tiene la suerte de combinar las dos cosas, pero muchos no”.
Él comenzó muy joven como profesor, y de una manera poco habitual.
Como le gustaba, preparaba gratuitamente a varios alumnos para que participaran en distintos certámenes, y los padres de los chicos, al observar los resultados obtenidos, escribieron una carta solicitando que pasara a dedicarse a la enseñanza.
“En el malambo y las danzas folklóricas, siempre me destaqué, a partir de una disciplina que he llevado a través de los años: entrenar, salir a correr, tomar clases, prepararme, ensayar…Todo el trabajo intenso que lleva una preparación”, explica.
Cuando su profesora Nelly Tezanos, que estaba a cargo del ballet municipal Tolkeyen, se jubiló, él pasó a ocupar el cargo de director de ese cuerpo de baile al que el campeón de malambo identifica como “un patrimonio cultural de todos los barilochenses”.
“Es uno de los ballets más prestigiosos de la Patagonia”, afirma orgulloso.
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Cabe mencionar que Tolkeyen significa “dar de corazón”, y eso es lo que hace Javier cuando de baile se trata: entrega todo, desde el fondo de su alma.
Más allá de ese cargo, enseña en otras entidades, y también de manera privada: “Doy clases, soy profe de folklore”, resume, para luego añadir: “De eso vivo, gracias a Dios”.
Sobre la distinción que obtuvo en Baradero, indica: “Es un premio que había buscado durante muchos años, y el ganarlo me impulsa a seguir”.
Así, informa que, a partir de su participación en el festival, le están llegando distintos ofrecimientos interesantes.
Sobre el porqué cree que se quedó con el galardón, manifiesta: “Mi propuesta era muy original a nivel escénico, y estaba basada en un estudio que hice sobre cómo se zapatea el malambo en Río Negro en particular, con características distintas a otras partes del país”.
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Apunta que Río Negro no tenía ganadores de certámenes nacionales desde 1978. “Llegábamos a la final, pero nunca se nos daba”, dice.
Incluso él estuvo ahí nomás en Córdoba, hace unos cuantos años, cuando quedó tercero en el Festival Nacional del Malambo, de Laborde.
“Gracias a Dios, esta vez sí se dio”, señala sobre el triunfo en Baradero.
Asimismo, remarca el impulso de su esposa, Natalia, a quien conoció cuando cursaban el secundario.
Él estaba “bajoneado”, y ella, que trabaja en INVAP, lo empujó para que se anotara en el selectivo rumbo a Baradero. “Hizo bien”, ríe Javier, que también realza el cariño de sus tres hijas (Alma, Candela y Martina), que van de los dos a los nueve años de edad, aunque en cuanto al género musical que es de preferencia en las niñas no hay mucha coincidencia: “Escuchan algo de folklore, y de repente se aprenden las canciones, pero prefieren cosas más urbanas, modernas, como, BTS, pop coreano”, mastica entre risas.