2022-03-20

LA HISTORIA DE UNA AGRICULTORA Y UN TAXISTA

Otra que Rolando Rivas… Entre viaje y viaje, nació el amor

Se llama Isabela, pero quienes la conocen le dicen “Chabela”.

¿Su apellido? Toro.

Es de Villa Llanquín.

En general, en Bariloche, los asiduos a la Feria Franca de Agricultores del Nahuel Huapi la conocen por los productos que ofrece cada sábado en la plaza Belgrano.

Como ella dice, lleva “de todo”.

En su stand hay frutas, verduras, plantas, hierbas aromáticas… Pero, antes que nada, es una gran recolectora de semillas, algo que pocos saben hacer.

Incluso, los sábados, suelen aparecer por la plaza personas de otras localidades consultando por esta mujer, que pareciera tener una sonrisa dibujada a fuego en el rostro, porque siempre recibe con un gesto agradable a quien pasa por su puesto.

En el caso particular de las semillas, cuenta que el padre fue quien le enseñó a recolectarlas. Precisamente, comenzó a acudir a la Feria Franca con él, en el inicio de esta propuesta para pequeños emprendedores, hace ya catorce años.

Paulino, el padre, falleció hace cinco años; antes había muerto Luz Esther, su mamá.

Pero ella no está sola.

Se la ve feliz en pareja. A los sesenta y cinco (“todavía una nena”, ríe), vive su noviazgo como si tuviera quince.

El origen de la relación, precisamente, se vincula con acudir a la plaza.

Porque el hombre que hoy es su novio era quien solía irla a buscar a Llanquín.

Enrique Panes, tal el nombre del caballero, era taxista.

“Lo saqué del taxi y me lo llevé para el lado de la agricultura”, bromea ella, mientras que él cuenta que es “nacido y criado en Bariloche”.

Ahora, ambos viven en Villa Llanquín. 

Enrique dice: “Estar allá es un cambio importante. Yo tenía un poco de conocimiento de campo por cuestiones familiares, pero no a fondo. La naturaleza te da muchas cosas”.

Lejos del taxi, en la actualidad es chofer personalizado, solo posee una pasajera: Chabela.

Desde hace tres años, concurren juntos a la Feria Franca.

“Esta es nuestra felicidad”, señala ella.

Chabela, con su papá, antes de que existiera ese espacio en la plaza Belgrano, ofrecía la verdura de manera “clandestina”, como ironiza ella. Sucede que la vendían a los amigos, e incluso se acercaban a Bariloche e iban casa por casa.

La mujer cuenta que su labor es una herencia de su abuela, a la que califica como “trabajadora como ella sola”. 

“En esa época no había sistema de riego, así que tenía que cargar baldes”, apunta.

En cambio, el abuelo se dedicaba más a los animales. “A él le gustaba andar en la montaña; nunca le agradó trabajar la tierra”, expresa.

Así, tener la posibilidad de contar con un lugar fijo donde acudir cada semana para ofrecer lo que laboriosamente recoge con sus manos -tal como hacía su abuela- es muy importante.

“Amo este sitio; esta es mi vida”, afirma, para luego destacar “el reconocimiento de la gente”.

Además, ahora, a su lado, tiene a un hombre cantor, porque Enrique suele entonar canciones sureñas.

Chabela, con ojos embelesados, suspira: “Canta de lindo…”.

Enrique sonríe. 

Conforman una pareja feliz.

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