2022-01-31

ENTREVISTA EXCLUSIVA

Piero en el sur

Piero vino al sur.

Junto a su familia, en auto, enfiló para la Patagonia.

El tipo que dicen que suma setenta y seis años -aunque, en realidad, desde hace rato ya no tiene edad-, en su recorrido, tras una visita a Allen, donde pasó gran parte de su infancia, recaló en Bariloche.

Cabe recordar que en Río Negro es donde sus datos biográficos refieren que decidió ingresar en el seminario… Así, casi sin darse cuenta, había apuntado para cura, aunque, según informa, no era su intención…

–¿Qué te llevó a iniciarte como seminarista?

–Un error…

Las risas brotan ante la ocurrencia, o, más que ocurrencia, la sinceridad.

Porque así fue, se hizo seminarista por un equívoco.

Lo que quería el pequeño Piero Antonio Franco De Benedictis era ir a Buenos Aires.

Recién llegado de Italia, había vivido en Banfield.

Tenía tres años, y otros tanto se quedó allí, pero luego la familia se trasladó al sur.

Y en eso estaba, una jornada más de calor en el valle rionegrino, junto a su amigo Valerio…

Las imágenes vienen a su cabeza.

Habían terminado la primaria, y conversaban sobre el futuro.

–¿Vos qué vas a hacer? –preguntó Piero. 

–Yo querría ir al seminario –respondió Valerio.

–¿Qué es un seminario? –consultó Piero, con curiosidad.

“Me hablaba y, entre las cosas que decía, contó que había que ir dos años a Viedma y después se pasaba a Buenos Aires, y, para mí, que había vivido en Banfield, lo de ir a Buenos Aires era tocar el cielo con las manos, o, por lo menos, intentarlo”, rememora el cantante.

–¿Y qué hay que hacer? –indagó Piero, mientras conversaba con su amigo.

–Habría que ir a hablar con el cura –le contestó Valerio.

–Vamos…

–¿Ahora?

–Y sí…

Fueron…

El músico sonríe al recordar la extrañeza del sacerdote…

–¡Piero!, ¿qué hacés por acá? –lo saludó el religioso.

–Y… Yo quisiera ir al seminario...

“El cura se empezó a matar de risa. ‘Si vos, acá, no pasás ni por la vereda’, dijo. Preguntó si había hablado con mi papá. Le contesté que no, pero que estaba todo bien”, señala el cantautor.

En realidad, cuanto el pequeño Piero llegó a su casa, el padre, al escuchar la ocurrencia con la que arribaba el hijo, soltó: “¡¿Pero cómo que vas a ir al seminario?!”.

–En tu casa, ¿no profesaban religión?

–Poco y nada… Era una cosa muy liviana… Pero conté que ya había hablado con el cura, que estaba todo bien, y, como mis viejos nunca me pusieron una traba para nada, a los pocos días ya estaba arriba de un ómnibus rumbo a Viedma… Todo porque después íbamos a Buenos Aires. Para mí, aquello era un peldaño.

Piero, en una chocolatería local.

Piero explica que, cuando “el cura rector” les dio la bienvenida a los recién llegados, lo escuchó decir: “Porque cuando el día de mañana sean sacerdotes…”. Fue entonces que se percató de qué se trataba aquello. “Ahí caí por qué me decían que estaba loco cuando contaba que me iba al seminario… Me di vuelta y le pregunté a Valerio: ‘¿Vos te vas a hacer cura?’. ‘Sí, claro’, contestó”, recuerda Piero.

El joven que había nacido en Italia comenzó a consultarles a todos los pibes patagónicos que estaban allí si en serio pensaban ser sacerdotes. Ante la respuesta afirmativa, Piero cuestionaba: “¡¿Pero por qué se van a hacer curas?!”.

“Me agarró un pánico tremendo”, revela el cantante. “Me fui a la secretaría del cura y le dije: ‘Padre, hubo un error’. Ahí le conté lo que había pasado. Se reía, y me respondió: ‘He visto ingenieros, abogados, médicos, personas que largan todo y se hacen curas, son como vocaciones especiales, pero esto nunca lo había escuchado’”.

El religioso le sugirió que, como todavía faltaba un par de meses para comenzar las clases, se quedara un tiempo, para probar.

“Yo, con tal de no volver atrás, me metí por ese lado… Y así pasaron un montón de cosas”, apunta.

Finalmente, permaneció hasta quinto año: “Uno se va enganchando. Conocí a muchos curas tercermundistas. Comenzó una historia donde traté a tipos muy interesantes, como el padre Mugica, personas que pasaron a ser, para mí, referentes importantes”, explica.

Piero, comprando chocolates

–Hace unos años tuviste la oportunidad de hablar con el papa Francisco. ¿Cómo fue eso?

–Estaba con mi familia, como ahora, porque dos por tres lavo las culpas y la llevo a dar vueltas, y habíamos ido a Europa. Hablamos con un cura y le dije que, ya que estábamos ahí, quizá podríamos saludarlo… Y así fue. Estábamos dentro de una capilla gigante, y él tenía como un orden, iba saludando primero a los enfermeros, después a otros, y así seguía. Vi que en algún momento iba a pasar por donde yo estaba. Mientras esperaba, alguien detrás me reconoció y me habló: “¡Tano!, ¿me firmás?”. Y mientras charlaba, dado vuelta, el papa había aparecido y saludó: “¡Piero!”. Y en un momento me dijo: “Si supieras... tu canción, la del viejo -en referencia a Mi viejo, la composición de Piero y José Tcherkaski-, qué cosa…  Nunca voy a poder pagarte lo que comenzó con ese tema, porque me acercó con mi papá, nos hicimos mucho más amigos”. Yo no sabía qué contestarle, porque el tipo avanzaba y avanzaba -ríe-. Le dije que le mandaban saludos Adolfo Pérez Esquivel y el padre Luis Farinello, que teníamos un proyecto para hacer algo… “Qué bien”, me contestó, y enseguida: “Pero tu canción, Piero” -al recordar, el cantante suelta una risotada-. Iba todo para ese lado… 

–Y, para vos, ¿qué representa Mi viejo?

–Es una cosa que hoy en día no entendemos… Es una canción dictada desde arriba, iluminada… Ni imaginás que vas a hacer algo así, simplemente aparece.

–¿Cada cuánto se acerca alguien a agradecerte por ese tema?

Sonríe: –Cada tantito… Cada día... Es algo increíble.

–¿Cómo fue la creación de la letra y la música?

–Con José, nos juntábamos todos los días. Su mujer se iba a trabajar y nos dejaba un departamentito, y ahí estuvimos varias jornadas hablando sobre “el viejo”. No era apurarse y escribir, que es lo que pasa -y nos pasa- a veces. Y un día de esos, cuando todavía no habíamos hecho nada, arrancamos tocando y, en diez minutos, se hizo la canción. Había una participación mutua con las letras y las ideas de los temas.

–¿Cuántas nacionalidades tenés?

Carcajea: –Tengo tres… Nací en Italia, me crié en la Argentina, y en Colombia me ofrecieron la nacionalidad; allá voy mucho, ahora vengo de hacer once conciertos.

–¿Cómo explicás tu relación con Colombia?

–Son como causalidades… Para mí, es un pueblo hermoso. Desde el principio, sin buscarla, hubo una simpatía. Tocamos muchísimo allá. También vamos a México, Perú, Ecuador, Chile… Y ahora iremos a Estados Unidos, un lugar que tiene la característica de que tocás para mil o dos mil personas que, por ahí, vienen de veinte países, porque son exilios múltiples y variados.

–¿Cómo te estás llevando con estos tiempos pandémicos?

–Tratando de darle una vuelta de tuerca… Tenés un par de caminos, te aburrís y te morís de tristeza o te ponés a trabajar y a armar algo, y ahí empezamos a componer y aprovechar esa historia.

–¿Cómo imaginás tu futuro?

–Yo me imagino cantando y haciendo cosas. A mí me gusta muchísimo lo que pasa con la gente en un estadio o en un teatro; es algo muy fuerte, y soy muy agradecido de todo eso.

–En la Patagonia se rodó la película El profesor patagónico –que se estrenó en 1970–, con Luis Sandrini, y en la que vos participaste. ¿Cómo recordás aquello?

–Don Luis era una persona muy cariñosa y sabia. Fue algo muy interesante que surgió como una cosa que uno ni busca… Y hacía de cura…

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