OTOÑO DE 1870 EN LEUBUCÓ
Algarroba pisada y maíz tostado, postres en el toldo de Mariano Rosas
Días más, días menos, la visita del célebre Lucio Mansilla a la ruca del lonco de los rankülche coincidió con las andanzas de Musters por Pilcaniyeu. Distintos ingredientes para comidas igual de significativas.
Prácticamente al mismo tiempo que George Musters probaba postre de manzanas y piñones en el toldo del lonco Foyel, Lucio Victorio Mansilla hacía otro tanto en el hogar de Mariano Rosas, en la lejana Leubucó. Claro que los ingredientes eran otros. Las tolderías del ranquel se ubicaban, aproximadamente, donde hoy limitan las provincias de La Pampa y San Luis. Las impresiones del militar quedaron en “Una excursión a los indios ranqueles”, obra que primero se publicó por capítulos en diarios de la época y, luego, como libro.
Después de un agotador periplo, el contingente de soldados y sacerdotes al mando de Mansilla disfrutó del primer almuerzo en la ruca de su poderoso anfitrión. Los siguientes sucesos tuvieron lugar en “la enramada” que precedía al toldo. “Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos o tres formaban el lecho, otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas”.
Según Mansilla, hombre de modales y mundo, “todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad, con las piernas cruzadas a la turca, estiradas, dobladas; acostarse, reclinarse o tomar la postura que se quisiera”. El lonco anfitrión -cuyo nombre original era Panguitruz Guor- se sentó frente al coronel y llevaban cinco minutos de charla cuando llegó la comida.
“Entraron varios cautivos y cautivas -una de estas había sido sirviente de Rosas- trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y harina de maíz”. El militar se deshizo en elogios: “Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero. Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo mismo, los cuchillos comunes”. La abundancia también fue objeto de comentarios: “A cada cual le tocó un plato como una fuente”.
Pero aquella solo era la entrada: “Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes pantagruélicos, lleno de asado de vaca. Materialmente me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer a manteles que en el suelo y en Leubucó”, se justificó Mansilla. Después de tamaño menú, “nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, a manera de postre; es bueno”, concedió el oficial.
Al igual que otros comensales que tuvieron la suerte de compartir comidas con anfitriones mapuches en tiempos de su libertad, el porteño observó que “los indios beben, como todo el mundo, por la boca. Pero ellos no beben comiendo. Beber es un acto aparte. Nada hay para ellos más agradable. Por beber posponen todo”, ironizó. “No teniendo aguardiente o vino, beben chicha o piquillín”. Para rematar aquel almuerzo, en efecto pantagruélico, en la ruca de Mariano Rosas hubo vino. Casi al mismo tiempo, a mil kilómetros de distancia, abundaba la chicha de manzana en el toldo de Foyel.