2020-05-05

FORMA PARTE DE LA MUESTRA “PARA TODES, TODE”

Obra de Moma Mozetich quedó en cuarentena en el Centro Cultural Kirchner

Cerca de 300 mujeres artistas respondieron la convocatoria de Kekena Corvalán pero apenas se inauguró la exposición, se impuso el confinamiento obligatorio. Ante esa imposibilidad surgió el ciclo “Cuarencharlas”, del que la barilochense también fue parte.

Las Cuarencharlas de las que dimos cuenta días atrás al registrar la participación de Débora Alegret, surgieron como consecuencia de una situación muy particular. Al decretarse la cuarentena para circunscribir el coronavirus, estaba recientemente inaugurada la muestra “Para todes, tode” en el Centro Cultural Kirchner (CCK). Se trata de una exposición de la que participan a través de sus obras 300 mujeres de buena parte del país, entre ellas, la barilochense Moma Mozetich. Ante la imposibilidad de visitarla, se impulsaron los intercambios virtuales, de los cuales ya se concretaron más de 20. Pueden seguirse en el canal de YouTube de la publicación especializada Leedor.com.

Mozetich aprovechó su intervención para hacer una recapitulación sobre su trayectoria. “No tengo formación académica en Arte, estudié hasta cuarto año de Derecho y huí de la facultad. Mi cursus honorum (carrera) para llegar al día de hoy es una experiencia personal. Voy a leer algo que escribí que se llama Infancia impune: ‘hoy no me puedo mover. El tiempo trepa por mi espalda y parezco retroceder. Las gallinas y las palomas me dan miedo, camino por el jardín de la casa de la abuela. Trepo el pino y le tiro piedras a las gallinas, también les tiro un palo. Se vuelan las plumas, me bajo corriendo. Creo que me pican, me pican. Los conejos me esperan del otro lado del muro, saco cuatro ladrillos y paso a jugar con ellos. Tardan en encontrarme. Escapo por primera vez. Hay conejos, hinojos, calas… Los narcisos de la casa de mi tía me gustaban y las calas también. Dibujaba con las calas y los narcisos. En la playa dibujo con las uñas de gato sobre unas piedras, decimos que son lápidas. Me fui a la plaza del pueblo con mi triciclo de canastita, tengo 3 o 4 años. Hay una planta de moras que parece un árbol al revés. Me escapé de nuevo’. Esta era yo de chica, escapándome”, sintetizó.


Moma Mozetich. (Foto de Gustavo Goglino)

Añadió la plástica: “no tuve una familia que tuviera nada que ver con el arte, en mi casa no había nada que tuviera que ver con lo artístico. Estando en la universidad, comencé un taller de teatro, tuve un gran problema familiar y lo echaron a mi novio de mi casa, José (María Rodríguez), mi marido. Desde ese día, me busqué un laburo y no pedí más nada, porque se había puesto fea la cosa. Ese fue mi primer contacto con el arte”, rememoró.

Nueva adolescencia

Mozetich reside en Bariloche desde 1990. “A los 30 años nos vinimos a vivir acá. Estando de paseo en Buenos Aires, fui a al Nacional de Bellas Artes y ese fue mi primer encuentro con una cosa tan majestuosa. Dije: yo quiero hacer esto. Fue una decisión, como una nueva adolescencia. Volví a Bariloche y busqué dónde empezar. Los talleres no eran lo que yo quería hasta que por suerte, entré en el de Pablo Cortondo, un artista de acá que además de saber un montonazo, te enseña en un marco de absoluta libertad. Ahí empecé”.

Comentó la plástica que “al principio estuve mucho tiempo enojada porque si esto me interesaba tanto, ¡cómo no lo descubrí antes!” Al mostrar sus obras en la Cuarencharla, arrancó con las que integraron el Proyecto Ovo, “pero volviendo a mi formación, trabajé muchísimo cuando empecé en el taller pero quería algo más y apareció (Daniel) Fischer con su proyecto Boomerang. Ahí conocí a un montón de artistas”.

La artista valoró esa experiencia porque “lo que más me gusta de esta actividad, además de practicarla, es conocer artistas y tender estas redes. Sin saberlo, eso me estaba impactando bastante”, admitió Mozetich. “Conocí a muchos que después contribuyeron a la escena local, porque fueron compañeras de Boomerang Emilia (Farrarons Fenoglio), Daniela Gineste y Nany Franzgrote, que también tuvieron una galería. Gente que tenía muchísimo empuje, todos estábamos persiguiendo algo en ese ámbito”, recordó.

Por su parte, “perseguía una especie de profesionalización de la actividad, ver cómo hacer para que me tomaran en serio. Eso era lo que básicamente, me pasaba”. Detrás de ese objetivo, “hicimos un montón de clínicas, residencias, viajé a Córdoba y ahí conocimos también a José Pizarro”, destacado curador. “Viajé con Soledad Escudero, con quien hicimos la primera muestra conjunto en sala Frey y cuando volvimos, pensamos en hacer algo en Bariloche porque habíamos gastado un montón de plata, pero solo para nosotras dos”.


Retícula, del Proyecto Ovo.

“En vez de siempre ir a buscar la formación afuera, pensamos en traer algo para acá”, hilvanó Mozetich. “Con Soledad y Pablo hicimos una plataforma de arte, que se llamó Agua Viva. Durante tres años consecutivos trajimos a José Pizarro para que diera seminarios y clínicas de arte. Nos fue bien desde el apoyo de todos los artistas que nos acompañaron pero de plata, un desastre (risas)”. Ahí se complicó la tarea de gestión.

No obstante, “en este afán de profesionalizarme y hacer algo, cuando Emilia abrió la galería de arte, se hicieron varias muestras colectivas y tuve la suerte de hacer mi primera exposición individual, que se llamó Nuda vida. Contraté a Pizarro para la curaduría y para el texto curatorial”, recordó. En general, “las obras tienen que ver con la búsqueda que yo tengo en el arte, porque trabajo con la tensión entre la vida y la muerte. Tardé mucho en darme cuenta sobre qué trabajaba y todo gira en torno a lo mismo: mi preocupación de cómo le juego a la muerte”, sentenció Mozetich. Una búsqueda que súbitamente, cobró insólita trascendencia.

Territorio presente

En aquella “Nuda vida” la artista mostró “muchísimas cosas. Trabajé el texto como imagen y unas obras enormes: puse un rollo en el piso de 10 metros con un dibujo gigante y estuvo muy bueno pero después, la parte de la gestión y formación se frenó porque por problemas personales (enfermedad del padre), me costó mucho seguir”. Añadió Moma Mozetich que “para los que vivimos acá es muy importante el tema del territorio.

Nos impactan la situación territorial, el clima, las montañas… De hecho, cuando iba a inaugurar esta muestra (Nuda vida) explotó un volcán y todo se demoró una semana, así que de alguna manera estamos atravesados por el paisaje y esto se ve reflejado en las obras”.

Oriunda de Necochea, la barilochense cerró su intervención con una referencia a su presente. “Ahora estoy haciendo algo que culminó con la obra que llevé al CCK (El color del deseo) y que junto con la que está en la Bienal de Neuquén (Proyecto E, junto a la fotógrafa Alejandra Bartoliche), está presa, capturada (risas) por la cuarentena. Eso también me interroga de alguna manera… Estoy trabajando en la serie Agón, una contienda justa. La tensión entre la vida y la muerte”, insistió.

Para redondear el concepto, “siempre recurro a un mito que me encanta, el de Sísifo, al que he interpretado a mi manera”, avisó. “Cuando se estaba por morir, Sísifo le pide a la esposa que no haga honras funerarias, así puede pedirle a los dioses volver, para arreglar la situación. Los convence y después, no vuelve al Hades, se queda ahí de farra. Lo vuelven a buscar, lo condenan a empujar una roca hasta la cima de una montaña y soltarla, para volver a buscarla. Lo que a mí me gusta es que cuando él baja corriendo a buscar esa roca, es libre”, subrayó la artista. Y en consecuencia, está vivo.

Adrián Moyano

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