“MUJERES BLANCAS, MUJERES INDIAS”
En la Campaña al Desierto, también marcharon ellas
Cuando las visiones de género todavía estaban en pañales en la Argentina, un trabajo se detuvo en el rol de la mujer durante el avance militar. Si bien está inscripto en la mirada colonialista, es un aporte que 40 años atrás disipó penumbras.
Lejos de las perspectivas de género que de a poco se abren paso en todos los órdenes, en 1979 se consideró la actuación de la mujer durante la Conquista del Desierto “como símbolo de la verdadera heroína en ese ayer de la consolidación de nuestras fronteras en la región sur”. También se la catalogó “como principio o raíz, que hizo posible con su amor, el surgimiento de pueblos, ya que es raro el núcleo que no arranque de los antiguos fortines ‘jalones obligados de la conquista’”.
Tales fueron las consideraciones de Graciela Martínez Aráoz en la ponencia que tituló “Notas sobre la contribución de la mujer en la Conquista del Desierto”, a la que preparó en ocasión del Congreso Nacional de Historia que recordó aquel acontecimiento. El cónclave se llevó a cabo en General Roca del 6 al 10 de noviembre de 1979 –plena dictadura militar–, bajo la convocatoria de la Academia Nacional de la Historia.
Para efectuar su análisis, la historiadora se refirió a “la mujer blanca” y a “la mujer india” aunque su mirada solo tuvo que ver con la sociedad que finalmente se impuso. Es más, su visión sobre la feminidad indígena era poco menos que insultante pero de todos modos, su trabajo aporta porque detuvo su mirada precisamente en el género, sobre el cual solo recientemente se empezó a historiar de forma más sistemática.
“Esta distinción de blanca, simplemente la hago por la necesidad de un orden, para la enumeración de actitudes propiamente criollas frente a las indígenas, pues sabido es que estuvieron mezcladas las más de las veces. El francés Ebelot cuenta al descubrir la tropa del desierto: ‘La escala de tonos empezaba en el agamuzado claro y terminaba en el chocolate’”, según trae a colación el escrito.
Martínez Aráoz acostumbró a citar al testigo de origen galo: “Después de haber galopado un buen rato, vi asomarse primero un nube de polvo y por fin una tropa que marchaba en formación. El grupo intermediario eran las mujeres y los niños. Había una caterva. Todas las edades estaban representadas en ella, desde los niños de pecho, hasta las viejas cuyos cuellos semejaban un manojo de culebras”.
La historiadora también trajo a colación el testimonio de otro europeo, el inglés William Mac Cann: “Es costumbre que cada soldado lleve consigo una compañera durante la campaña. Esta mujer recibe, de ordinario, ración especial. Puede imaginarse el rebullicio y alboroto de las mujeres y niños cuando en un pueblo se encuentra un ejército, listo para emprender la marcha”, describió el forastero.
Fuerza efectiva
Según Martínez Aráoz, la mujer “no dejó oír jamás su voz de protesta para acompañar al soldado en las campañas inhospitalarias, en los cambios de campamento, en las acciones de guerra y de manera importantísima en la frontera y fortines. En las marchas seguían a retaguardia de los batallones conduciendo en sus espaldas pesados atados, y recibiendo lo peor de la polvareda. Esas mujeres de la tropa eran consideradas en aquella época como fuerza efectiva de los cuerpos, lo cual significaba recibir racionamiento y en cambio cumplir con las obligaciones impuestas”.
Para la investigadora, “en los regimientos de armas montadas, se trasladaban a caballo, con uno o dos hijos ceñidos a la cintura y todo un cargamento de maletas, pavas, cacerolas, chifles, pilchas, etc.”. Además, “cuando había que mudar de caballo, era de ver esa operación que significaba el arreglo de los bultos en el suelo y su colocación como un ajuar ambulante en el nuevo animal. Hasta la acción de izar a las propietarias encima, todo constituía una tarea grave, pero los soldados disponibles prestaban su servicio con la mejor voluntad”.
Con su prosa tan particular, Ebelot insistía en ciertos detalles, que cita la ponencia: “He visto viejas desdentadas, cavalgando (sic) a horcajadas detrás de una columna en marcha y eran objeto de la misma deferencia, quizás más, que sus compañeras jóvenes: eran las veteranas. En el afecto de los soldados por las mujeres de la tropa hay tanta camaradería como intenciones galantes, todo el mundo se esfuerza cordialmente por apartar de las mujeres las espinas gordas del vivir militar”.
Por su parte y siempre en el marco de la investigación de Martínez Aráoz, el comandante Manuel Prado explicaba que “eran todas, la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible. Acaso las pobres impedían el desbande de los cuerpos”. Por su parte, Julio Aníbal Portas (autor de un libro que se llamó “Malón contra malón”) expresaba: “el ejército las quiere y tiene razón; murmura de ellas, y tampoco hace mal”.
“Al penetrar en los fuertes y cuarteles, como una parte más del ejército, desempeñó las tareas de cocina, lavado de las ropas de los soldados, cuidado de enfermos, remiendo de trajes. Sus obligaciones eran como las del soldado, irrenunciables. Sin diferencia, casadas o juntadas, ‘terminaban perteneciendo más a una unidad militar cualquiera que a un hombre determinado”, sostenía por su parte la historiadora en los 70.
Según sus apreciaciones, “esa ‘cuartelera’, llamada ‘fortinera’ en un nuevo vocablo incorporado a la lexicografía criolla, cuidó el pingo y las armas y luego, pacificado el desierto, empuñó la mancera del arado ayudando a su ex soldado y ahora chacarero para comenzar a crear la riqueza agraria argentina. A la vera de los fortines constituidos por dos, tres o más ranchos, diminutos, levantados por los mismos ‘mélicos’, la fortinera brindó un ‘remedo de hogar al soldado’, aliviándole sus penas y permitiéndole olvidar en un todo la civilización y fue la generosa y esforzada paridora de nuevas poblaciones”. Visión parcial que sin embargo, se adelantó en varias décadas al poner a la mujer en el centro de la escena.
La tumba de la Pasto Verde, en Plaza Huincul.
Recuerdos y apodos
En sus “Notas sobre la contribución de la mujer en la Conquista del Desierto”, Graciela Martínez Aráoz trajo a colación algunos casos puntuales. Por ejemplo, “la vieja Pilar, mujer del cabo Martínez, era una buena médica. En el año 1879 cuando el general don Teodoro García estuvo enfermo en Puán, lo levantó de la cama con sus ungüentos y trapos calientes. También curó al teniente don Ángel Canevari del I de línea, de una enfermedad a la vejiga. Mamá Pilar, como la llamaban, tal vez tendría sesenta años”.
Seguía nombrando la investigadora: “Catalina Godoy, que ha ido para cuidar al marido y a los alféreces. La vieja María, del soldado Rogelio Juárez, también curandera, su especialidad eran las buenas tortas que vendía a buen precio. Mercedes (a) Mazamorra, cordobesa, joven y que curaba los enfermos del corazón”. Es que “las milicas no eran llamadas por su nombres, todas tenían apodos extravagantes: la ‘Siete Ojos’ y ‘La Mamboretá’, la ‘botón Patria’, ‘La Polla Triste’, ‘La Pasto Verde’ cuyo verdadero nombre era Carmen Funes (recordada por Marcelo Berbel en una zamba); ‘La Pastelera’ y las ‘Pocas Pilchas’”.
“O la ‘Parda Presentación’, de origen entrerriano, que vivió siempre con el sargento Claudio Miño, que cuidaba la tropilla de caballos del jefe. Un día en Menucos, territorio de Neuquén, mientras Miño estaba ausente aparecieron unos indios en dirección a la tropilla, la parda saltó en pelo en un caballo y antes que llegaran los indios, dio un grito y los recogió mientras ya corrían los soldados del destacamento. Si bien esas caballadas estaban enseñadas a rodearse solas al grito del soldado, no deja de ser una hazaña el arrojo de esta mujer”, sostenía Martínez Aráoz.
No obstante, “como mujeres, no descuidaron su coquetería. Ebelot las describe luego de las visitas del comisario pagador, ‘pasearse orgullosamente con sus adornos nuevos, ataviadas con un par de zapatos de raso azul claro, un vestido de seda verde y un gran pañuelo rojo y amarillo. Sus personas representaban todo el esplendor del batallón”. Sin embargo, “en la documentación oficial sobre la campaña final del desierto, las mujeres prácticamente no existen. Y estaban allí”. En efecto, otra omisión de las narraciones históricas más habituales.
Adrián Moyano