HISTORIAS DE VIDA
Marta Romero restaura libros para que se sigan leyendo
Hacer conocer a nuestra gente es una meta de las historias de vida, personas que de manera silenciosa hacen su aporte cotidiano a una ciudad que vertiginosa, crece, a veces, sin ver los detalles de quienes la integran.
Marta Nora Romero trabaja en la biblioteca Perito Moreno del Museo de la Patagonia, el cual depende de Parques Nacionales. Además de recibir y orientar a la gente ávida de conocer nuestra historia, se dedica a rearmarla por medio del maravilloso arte de la restauración de libros y fotos.
La museóloga nació en Berazategui, sudeste de Buenos Aires, ciudad que tiene una actividad cultural muy grande. Le gustaba mucho la historia y Museología era una carrera simple de cursar, “yo estaba sola con mis dos hijos, necesitaba trabajar pero quería estudiar y esa fue la única manera, era a larga distancia, cursaba tres veces al año, iba a La Plata al Instituto de Formación Docente y Técnica que pertenece a esa Universidad” detalló. Museología, Archivística y Bibliotecología son carreras de Comunicación.
Marta ya leía a los cuatro años, tuvo un problema de salud que la dejó en cama entonces su distracción eran los libros, “también aprendí a bordar, matemáticas, todo de muy chiquita”. Cuando cumplió diez su mamá, como premio, la hizo socia de la biblioteca de Berazategui. A sus hijos siempre en cada cumpleaños o Navidad, les regala alguna cosa siempre acompañada de un libro, al cual le escribe una dedicatoria.
“Yo recién había empezado a estudiar Museología y Cultura me ofreció algunas horas en el primer museo que se estaba armando, en ocho años logramos tener tres diferentes así que estábamos felices”.
Al cumplir 55 años sintió que la ciudad le había pasado por encima, “mis hijos ya eran grandes entonces decidí venirme a Bariloche”. Ya había estado en varias ocasiones, “cuando llegué empecé a mandar currículum a todos lados, si bien mi base es la Museología, me ofrecía para restauración de obras de papel”. Libros, cartas, escritos, “hasta biombos chinos porque trabajé en el taller más grande de Argentina en ese entonces, la Asociación Amigos de los Museos Argentinos de San Telmo”.
Tener cosas antiguas en sus manos y contar con el conocimiento necesario para recuperarlas es algo que aún hoy, sigue llenando de emoción a Marta. Así fue como empezó en la Biblioteca Sarmiento con un taller de encuadernación de sus propios libros y luego tomó cursos de la Biblioteca Nacional quedando en la planta de trabajadores.
Originales y colecciones.
Técnicas de restauración
Hay dos conceptos fundamentales en la restauración, “recuperar la pieza a como sea y que se note lo menos posible y la otra recuperarla con técnicas que se puedan desarmar porque nunca se sabe si en diez o quince años se descubrirán técnicas nuevas”. Esta segunda es la que Marta toma como la más acertada, toda la intervención que se realiza sobre una obra tiene que poder retirarse sin estropear la pieza.
Citó un ejemplo sobre un cuadro de Van Gogh, “si las ratas se comieron un pedazo de la obra primero hay que recuperar la tela perdida, si falta un pedazo de una casita, no se la puede completar porque eso sería falsificación entonces hay técnicas de relleno que permiten que se vea que está restaurado”. Se hace una aclaración mencionando esas tareas de restauración.
En el caso de los libros se deben buscar los materiales que más se asemejen tanto en papel como en hilos de costura, siempre teniendo en cuenta que sea lo que menos perjudique a la obra.
A veces se tienen las herramientas necesarias, “en el taller que trabajaba teníamos microscopios con los cuales se analizaban los materiales para determinar de qué eran las fibras originales, antiguamente se hacían con resabios de cultivos, trigo o cebada”.
El miedo a cometer errores está siempre presente, “uno trata de hacer las cosas bien, la recomendación es siempre tener tres o cuatro cosas en restauración al mismo tiempo, si ese día no te sentís con la suficiente seguridad, lo dejás de lado y seguís con otro trabajo hasta hacer consultas, investigar y hacerlo sin tantos temores” aclaró.
Las hojas de los libros con el correr de los años van tomando una tonalidad amarronada con un olor inconfundible a viejo. “Eso es causado por la lignina, un producto del papel, se puede blanquear pero ya estaríamos interviniendo demasiado en la obra”. Esto ocurre porque el papel va tomando acidez, entonces es necesario bajarle el Ph lo que se logra con un simple lavado de sus hojas.
Para ello es necesario desarmar el libro y lavar hoja por hoja pero como detalle a tener en cuenta, hay que analizar cómo y con qué materiales fue armado, para dejarlo tal como estaba al finalizar. “Las encuadernaciones suelen ser diferentes, van por modas y etapas” aclaró.
Se pone agua en una batea, se va introduciendo cada hoja y a los pocos minutos, el líquido va tomando la tonalidad amarronada, se escurre suavemente el agua y luego viene el proceso de secado por medio de prensas especiales o vidrios preparados para tal fin.
“La tinta de impresión no se corre, no aconsejo que lo hagan en sus hogares porque no es tan simple como suena, hay que conocer los tiempos de aireados y telas del secado porque corre grandes riesgos de llenarse de hongos”. Tal como citan algunas imágenes televisivas, no lo intenten en sus hogares, podríamos aconsejar.
Cuatro profesores de Florencia le enseñaron diversas técnicas de lavado de libros, “con ese proceso las hojas vuelven a tener elasticidad, lo que evita que se resquebrajen”. Después del bañado comienza la etapa de rearmado del libro, dependiendo de la cantidad de páginas, la tarea completa lleva varios meses, incluso años.
Obras de arte que por medio de la restauración continúan viviendo.
El libro de la Escuela Nº 16
Son muchos los pedidos de restauración que recibe Marta, tal como sucedió con el libro de la Escuela Nº 16. “Es de 1932, no se lavó porque está todo escrito a mano con tinta, había tenido una encuadernación anterior y cuando lo recortaron después de coserlo, lo hicieron demasiado entonces sacaron números de páginas y algunas partes de textos, eso fue imposible de reparar” detalló. “Un patrimonio de Bariloche que contiene notas muy amorosas reflejando el paso de mucha gente por esa escuela”. Más de un año trabajó en su restauración.
En Bariloche lo que más ha restaurado son libros de cocina y biblias. Algunos libros tienen todas las hojas sueltas, entonces Marta termina de desarmarlo, le crea un sistema de costura y luego recién lo vuelve a encolar, permitiendo de esta manera abrirlo sin que se vuelva a desarmar. “Mi abuela forraba los libros con tela, los cosía y quedaban hermosos”.
Otra reliquia que se puede apreciar en la biblioteca Perito Moreno entre los más de dos mil novecientos ejemplares, es el de la Comisión de Límites. “La colección de Frey es impresionante, también están las cartas de Moreno reclamándole al Estado Nacional que no les ha llegado la partida de dinero para mate cocido y galletas”. A puro esfuerzo trazaron el país, “de Jujuy hasta Tierra del Fuego, todos eran conocedores de la montaña, me conmueve profundamente lo que han hecho estos pioneros”, dijo.
Libros que no pudieron quemar en la dictadura
En una época muy difícil del país, donde la censura era algo cotidiano, se quemaban muchos libros, “la gente de mi biblioteca había implementado que cada socio con cierta antigüedad se llevara libros a su casa, los envolvíamos en nylon y los enterrábamos en el patio de nuestras casas para evitar que fueran destruidos”, nos contó Marta.
Durante toda la dictadura militar esos libros durmieron bajo tierra, “así pudimos conservarlos, el día que todos los devolvimos fue algo muy fuerte que me marcó mucho” dijo muy emocionada.
La biblioteca, ubicada en el primer piso del Museo de la Patagonia, está abierta al público de lunes a viernes de 10 a 14 horas, un espacio donde nuestra historia está a disposición de quienes deseen consultarla.
Textos: Susana Alegría/ Fotos: Facundo Pardo