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15/06/2026

Bariloche cuenta con una bloguera de desafiante filosofía

Julia Molina reside a pasos del Nahuel Huapi desde hace una década. Bajo el seudónimo de “La hija de Cioran” procura “llevar las ideas hasta las últimas consecuencias”.
Además de valerse de la palabra escrita, Julia se vale de otras formas de expresión. Foto: Mario Conesa (2022).
Además de valerse de la palabra escrita, Julia se vale de otras formas de expresión. Foto: Mario Conesa (2022).

Vecina de Bariloche hace 10 años, Julia Molina puede lucir anacrónica. A pesar de su considerable juventud evidencia una pasión por la filosofía que a priori, parecería más propia de otras generaciones. Además, bajo el seudónimo de “La hija de Cioran” sostiene un blog, una herramienta que también -podría considerarse- se puso vetusta hace un par de décadas. Pero como se verá, tanto el contenido como la forma responden a profundas y desafiantes convicciones.

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“Durante mucho tiempo fui una lectora voraz de poesía y narrativa contemporánea, pero empecé a sentir que la narrativa, por más brillante que fuera, me dejaba corta. Subrayaba frases, pero me faltaba el después de esa idea”, le dijo la particular bloguera a El Cordillerano. “El punto de inflexión fue cuando me crucé con el filósofo rumano Emil Cioran y su Del inconveniente de haber nacido”, libro que precisamente, data de 1973, aunque se tradujo al castellano bastante después.

Para nuestra interlocutora, “encontrarme con esa honestidad radical fue un alivio. Estaba atravesando un momento de preguntas profundas sobre la existencia y, en particular, sobre la maternidad. Leer a alguien que cuestionaba ese mandato con una ferocidad tan lúcida me ayudó a entender que mis dudas no eran una falla personal. Me marcó profundamente esa sentencia suya Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre… No me considero una fundamentalista, pero sí me fascina la capacidad de la filosofía para llevar las ideas hasta sus últimas consecuencias”.

A raíz de esa fascinación, “creo que el oficio del filósofo es vital: es el que se anima a habitar esas zonas extremas donde la vida se vuelve insoportable, para decirnos que, después de todo, no estamos tan erradas en nuestra extrañeza”, concluyó Julia, cuyo segundo nombre es precisamente, Sofía. “No soy docente ni académica. Mi relación con la filosofía es la de una persona neurótica que necesita verse reflejada en otros para poder habitar su propia cabeza”, confesó.

Julia hace honor a su segundo nombre: Sofía.

Hubo un período de gimnasia. “Durante 10 años mi escritura tuvo un cauce muy distinto: fui divulgadora científica para una ONG de astronomía. Ese oficio me enseñó la belleza de traducir lo hipercomplejo al lenguaje cotidiano, de hacer accesible lo inmenso. Actualmente, todo ese bagaje está confluyendo en la escritura de mi primera novela: una biografía atravesada por reflexiones filosóficas y cuestiones de género. Mi escritura es el punto donde se cruzan esa antigua vocación de traducir lo complejo con esta necesidad vital de entender por qué estamos acá. No busco la validación de la cátedra, sino la libertad de un pensamiento”, proclamó.

El Cordillerano: hubo una cierta popularización de la filosofía en los últimos años, al menos hasta 2023. ¿Te sentís parte de ese proceso?

Julia Molina: no viví ese auge, antes de 2023 mi relación con la filosofía era casi nula. Estoy viviendo mi propio proceso de descubrimiento, en una constante exploración que me hace discrepar de la idea de la moda. Ojalá la filosofía fuera una moda, creo que el mundo sería, aunque sea un poquito, menos terrible. Lo que anhelo es que la filosofía deserte de la academia para volverse una práctica de trinchera: un conocimiento autogestionado, capaz de intervenir en el caos de la vida cotidiana.

La filosofía te da unos ojos que no encontré en ninguna otra parte. Mientras que la literatura a veces se detiene en la forma o el relato, la filosofía se aplica a cada pliegue de la existencia humana. Es esa capacidad de diseccionar lo cotidiano y encontrar el mecanismo que hay detrás lo que me fascina. Estoy en una etapa de aprendizaje en el que cada texto que leo no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para entender -por fin- qué es lo que me atraviesa.

EC: sé que la pregunta es demasiado general, pero ¿qué puede aportar la filosofía al desmadre civilizatorio que atravesamos?

JM: para mí, la filosofía es, ante todo, un acto de resistencia. En este mundo que nos quiere frenéticos, proponer una vida pausada y reflexiva es una revancha necesaria. No busco que la filosofía sea un sistema complejo, sino una herramienta para recuperar el pulso propio frente a la alienación. Ese efecto es inevitable, tanto en lo individual como en lo colectivo. Por eso rescato la importancia de los espacios filosóficos reales: desde un mate compartido con una amiga para rosquear ideas, hasta cualquier instancia de acceso libre en la que nos juntemos a pensar. Es ahí, en el intercambio, donde la filosofía cobra sentido real. Estos espacios tienen un efecto positivo indiscutible, seamos o no fanáticos de la disciplina. Al final del día, lo que nos aporta no es solo un listado de respuestas, sino maneras de encarar la vida individual y colectivamente con otros ojos. Es devolverle a lo cotidiano la profundidad que le han robado.

La bloguera pregona llevar las ideas hasta sus últimas consecuencias.

EC: suele decirse que las redes sociales destruyeron la cultura de los blogs. ¿Por qué un blog sobre filosofía?

EC: cuando abrí el blog alguien me dijo, en tono de broma, que los blogs eran algo re 2010. Me dio mucha risa y lo tomé como un halago. Si el mundo actual exige velocidad, inmediatez y alienación, prefiero refugiarme en algo que se parezca a un tiempo anterior, donde todavía había lugar para la pausa.

En mi blog comparto lo que llamo mis puchitos literarios. Son textos donde, básicamente, me desnudo ante gente que no conozco; confieso mis propias contradicciones y neurosis, pero intento darles siempre una vuelta de rosca. No busco un monólogo, sino un puente: tomo un hecho de mi vida cotidiana y trato de elevarlo a una reflexión que creo que nos convoca a todos. Me interesa reflexionar sobre los temas que nos habitan —la soledad, los mandatos, la fragilidad de los vínculos, el desapego—, buscando ese punto en común donde mi historia personal deja de ser mía para volverse un territorio compartido.

EC: ¿cómo funciona tu blog? Quiero decir, periodicidad, temáticas, acceso y demás.

JM: Funciona con la periodicidad del deseo, escribo cuando la necesidad de poner algo en palabras algo supera el ruido del día a día. Está alojado en Medium bajo el nombre La hija de Cioran. No hay calendarios estrictos, pero aviso cada vez que publico un texto nuevo en mi Instagram: @julitamiamor. Allí no solo comparto mi escritura, sino que aprovecho para abrir el juego y preguntarles a otros cómo viven ciertas cuestiones. Esa retroalimentación es vital para mi proceso: me permite nutrir mis reflexiones con otras opiniones y no quedarme solo en mi propia mirada.

Antes de que el método del algoritmo dividiera contactos en afinidades amplias, donde la polémica queda finalmente sepultada, así funcionaban los blogs: retroalimentándose. Sin ir más lejos, pueden leerse los libros del gran Mark Fisher, cuyos sesudos textos se publicaron en primera instancia en su célebre blog. Y como puede advertirse en las imágenes que ilustran este texto, Julia también pone énfasis en forma paralela en una faceta visual para seguir “incomodando”. En breve, incursionará con un texto en la salud mental. Agárrense.

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