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LA “MONTAÑA INSIGNIA DEL PARQUE NACIONAL NAHUEL HUAPI”

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04/01/2026

Si visita el Tronador, tenga cuidado con sus enanos de leyenda

El relato fantástico se recopiló por primera vez en 1670 y refiere a “seres tan diminutos, que apenas si se les puede distinguir a simple vista”. No son precisamente simpáticos.
La "montaña insignia" vista desde el aire (sin fecha). Archivo General de la Nación.
La "montaña insignia" vista desde el aire (sin fecha). Archivo General de la Nación.

Más allá de los vaivenes de la temporada, es muy probable que durante el enero que recién se inicia, febrero e incluso marzo, cientos y quizá miles de caminantes se aventuren por los senderos del Tronador, como dice un querido colega, “la montaña insignia del Parque Nacional Nahuel Huapi”. Sería prudente que además de las habituales y válidas para cualquier travesía, tomaran otro tipo de precauciones porque según una leyenda antiquísima, no estarán solos mientras se desplacen entre bosques, cañaverales o pedreros.

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“Los seres a que vamos a referirnos en la leyenda del Tronador […] son seres tan diminutos, que apenas si se les puede distinguir a simple vista”, advirtió hace añares Gregorio Álvarez en el capítulo que tituló “El Tronador y leyenda”. Forma parte de su libro “Donde estuvo el paraíso. Del Tronador a Copahue”, publicación que data de 1960 y salió por Editorial Pehuen. El sello se adjudicaba “el propósito de difundir el pensamiento del Neuquén”, aunque tan emblemática elevación quede en la provincia de Río Negro.

La primera versión del relato fantástico parece remontarse a 1670 y fue recogida por el sacerdote Nicolás Mascardi, según la reconstrucción del estudioso neuquino. Por su parte, “la señora de Koessler, en su libro Cuentan los araucanos, la narra de acuerdo con una tradición referida por el cacique regional don Abel Curruhuinca”. Álvarez practicó un extracto a partir de la publicación que hiciera la célebre vecina de San Martín de los Andes.

“En los pasados siglos, existía junto al volcán Tronador, que los lugareños indígenas llamaban Amún Car, un pueblo de mapuches o araucanos, cuyo caudillo era un lonco o cacique llamado Linco Nahuel (tigre saltarín). El valle estaba cerrado por altas montañas difíciles de ser escaladas por huestes enemigas. Por otra parte, en el interior del cráter del volcán, moraba un famoso antepasado de la raza, llamado Pillán, que en cualquier caso de emergencia llegaría a favorecerla”, según la interpretación de Koessler.

Camino en dirección al Tronador, 1942. Archivo General de la Nación.

Su versión indica que “aunque los pobladores vivían pacíficamente, Linco Nahuel, en previsión de un posible ataque por sorpresa, siempre tenía centinelas destacados en los parajes más estratégicos de sus cordilleras. Llegó un día en que estos vigías bajaron alarmados trayendo la noticia de que un ejército de enanitos, tan pequeños como cucarachas, hasta entonces nunca vistos, comenzaban a invadir el territorio y pugnaba por apoderarse del volcán, para atacar, presumiblemente desde su cumbre, a los mapuches del valle”.

Pieles de tigre y plumas de avestruz

Siempre según la transcripción de la alemana, “Linco Nahuel envió primeramente a sus huerques (sic) o mensajeros más inteligentes, que además eran los más valientes guerreros, para cerciorarse del grado de veracidad de aquellas novedades, y la misión, en caso de ser ciertas, de convencer a los invasores del error de querer apoderarse de tierras ajenas, cuyos pobladores podían exterminarlos sin piedad. Para reforzar sus argumentaciones e impresionarles por el miedo, se disfrazaron con pieles de tigre, largas plumas de avestruz, y se desfiguraron los rostros con pinturas negras, blancas y rojas, que le daban el más terrible de los aspectos”.

Al parecer, “Linco Nahuel creyó que, con este solo expediente, aquellos enanitos tan despreciables, huirían aterrorizados, pero ¡cuál no fuera su sorpresa luego, a ver que sus guerreros regresaban cariacontecidos y humillados trayendo las noticias más desalentadoras! Según ellos, los enanos se habían mofado de sus investiduras; les habían amenazado y desafiado diciéndoles que no se irían del país, simplemente porque les gustaba. Subirían al Amun Car o montaña sagrada del mapuche por lo pronto, y si no se los dejaba tranquilos, ya verían lo que iba a suceder”.

Los recién llegados cumplieron con sus amenazas. “Para dar comienzo a la ejecución de su plan, emprendieron el escalamiento del cerro en número tan considerable, que negreaban las laderas, pues parecían una alfombra de termitas en procesión. Ante ese audaz asalto, realizado por enanos tan insignificantes, Linco Nahuel organizó su ejército en forma tal, que creyó le sería fácil terminar con aquella sabandija. Así pareció ser en los primeros ataques, porque los enanos corrieron, al parecer muy asustados, hacia las alturas, cual si fueran huyendo de terror. Pero muy pronto pudo advertir Linco Nahuel, que esto no era más que una maniobra táctica, porque apenas había llegado con su gente a la mitad del cerro, aparecieron por todos los recovecos, cañadones, riscos y bardones de nieve, tupidas legiones de enanos del tamaño ya antedicho, de cucarachas o lulús, que los envolvieron por retaguardia y costados, sin dejarles otra alternativa que subir cumbre arriba”.

Al borde del cráter

“El propósito de los enanos era el de llevar a los mapuches hacia el borde del cráter. A medida que los iban arrollando, el jefe de los enanos gritaba a Linco Nahuel: ¡Haré arrojar al fuego del Pillán a todos los hombres y tú serás el último, para que puedas ver el espectáculo de su desesperación al ser tragados por el fuego! Y así hubiera sucedido si Pillán, al ruido de la pelea, no se hubiera despertado y advertido que sus dominios, impolutos hasta entonces, habían sido hollados por seres insignificantes. ¡Cuán terrible fue su enojo!”

El cerro desde Casa Pangue (Chile). Archivo General de la Nación.

La sucesión de acontecimientos fue previsible. “Comenzó a lanzar fuego y lava ardiendo por su cráter y, sacudiéndose, hizo estremecer sus flancos, sobre los cuales, los espíritus del aire, subordinados suyos, fustigaban rayos verdes en todas direcciones. Muy pronto todos los guerreros, enanos atacantes y mapuches defensores, acabaron convertidos en cenizas. A los dos jefes impuso mayor castigo: los transformó en los dos riscos que se ven en su cumbre, mirándose frente a frente, sin poder tocarse ni hacerse daño, pero mascullando reiteradamente sus rencores, que continuarán hasta el día en que el gigante Pillán, el implacable dios de la Ira, se duerma para siempre. Recién entonces, aquellos volverán a su primitiva condición y podrán vengar el exterminio de su gente”, siempre según la recopiladora.

La leyenda del monte Tronador, según la acuñó Bertha de Koessler y reprodujo Gregorio Álvarez, se extiende por un par de párrafos más: “Pero como el Pillán, el Espíritu Grande, reina aún, y seguirá reinando hasta que se cumpla el ciclo de 60.000 años, ningún ser viviente debe pisar la cumbre del cerro; nadie la podrá visitar sin que peligre su vida, porque la cumbre está prohibida a la gente, porque es de Dios. Sólo el pájaro Fürühue vuelva sobre los altos picos y las cabezas de los petrificados, a los que le tiene lástima. Así, se sienta sobre sus Uyü lonco, (coronillas de sus cabezas) (paréntesis en el original), eternamente cubiertas de nieve. Es un pájaro maravilloso que hasta el rebelde espíritu del Pillán lo quiere, lo trata bien y lo deja cantar”.

Por último, afirmó Koessler: “Desde aquella guerra, humeó siempre este terrible monte. Los espíritus del aire, parientes de Pillán, que le ayudaron a producir la espantosa catástrofe, duermen también el sueño de aquél y así seguirán mientras dure la humanidad actual. Pero Pillán seguirá retorciéndose y produciendo los estruendos que los huincas llaman trueno, por lo que pusieron el nombre Tronador”. Humear, hace mucho rato que no humea “la montaña insignia” de Bariloche y sus alrededores, pero por las dudas, que tomen precauciones quienes se aventuren por sus intimidades y picos más altos.

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