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“¡JUNTA QUEREMOS!”

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18/09/2024

Hubo un grito con acento rioplatense el 18 de septiembre en Chile

Hubo un grito con acento rioplatense el 18 de septiembre en Chile
Hubo un grito con acento rioplatense el 18 de septiembre en Chile

Cuando el vecino país inició el camino hacia su independencia, fue importante la contribución de un joven bonaerense que se había instalado en Santiago para estudiar. Pero la historia no le dejó tiempo.

A principios de 1810, un joven de Buenos Aires llegó a Santiago con el afán de convertirse en abogado previo paso por los claustros de la Universidad de San Felipe, pero entre los atractivos de las jovencitas santiaguinas y las urgencias políticas de la época, poco tiempo pudo dedicarles a los estudios. A días de llegar, el rioplatense ya formaba parte del grupo de estudiantes partidarios de la revolución que pugnaba por destituir al gobernador Francisco Antonio García Carrasco. Sería un año de convulsiones.

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Ya antes de las agitaciones que se derramaron por América como reguero de pólvora, el hombre del rey en Chile había perseguido toda reunión que se le antojara sospechosa, expulsó a estadounidenses e ingleses y declaró “delito atroz” a cualquier conspiración que sembrara desunión entre súbditos y monarca. El mismo día en que la Junta se hizo con el poder en el Río de la Plata, García Carrasco hizo apresar a tres políticos opositores por “expresarse contra los intereses españoles” y sancionó a los jóvenes revolucionarios. Entre los castigados estaba aquel bonaerense apuesto: Manuel Dorrego.

El 24 de junio de 1810 llegaron a la capital trasandina las noticias sobre los sucesos del 25 de mayo en Buenos Aires. Las novedades no hicieron más que apurar el proceso y para colmo, García Carrasco expulsó al Perú a Juan Antonio Ovalle, José Antonio Rojas y Bernardo Vera, aquellos díscolos detenidos. Como consecuencia, las calles de Santiago se dejaron ganar por el clamor que demandaba el retorno de los exiliados y su libertad.

Las cartas estaban sobre la mesa y los días siguientes, las cosas se resolvieron en las calles. Por las noches, patrullas partidarias de la revolución no trepidaban en enfrentar a las tropas realistas. El 16 de septiembre la situación de García Carrasco se tornó insostenible y con la excusa de preservar su salud, delegó el poder en Mateo de Toro Zambrano, un hombre muy mayor y de escasa muñeca política.

En las salas de la Real Audiencia las deliberaciones se tornaron ríspidas y proveniente de una ventana, se escuchó una voz con acento bonaerense: “¡Junta queremos, junta queremos!” Era Dorrego, quien, junto con el sector de los patriotas, pugnaba por una solución similar a la del ex Virreinato del Río de la Plata. Pero hubo que aguardar un poco, porque por entonces, sólo se logró la designación de un par de nombres en el frágil gobierno.

Imposible agarrar un libro de derecho en aquellos días. Por las noches, el que moriría 18 años después en Navarro lideraba grupos de milicianos que velaban por la seguridad de los referentes patriotas y de ciertos edificios públicos, para que no cayeran en manos realistas. También participaba de las discusiones que se daban en los salones de la alta sociedad santiaguina y no perdía chance amorosa alguna.

Sin acudir a “máscara” o disfraz alguno, por esos días Juan Martín de Rozas publicó su “Catecismo político cristiano”, en el que afirmaba sin tapujos: “el sistema de gobierno republicano es el único que conserva la dignidad y majestad del pueblo y el menos expuesto a los horrores del despotismo y la arbitrariedad; el más suave, el más moderado, el más libre y, por lo tanto, el mejor”. Junto con sus compañeros universitario, Dorrego hizo suyo ideario tan corrosivo para los intereses monárquicos.

Entonces, llegó el momento. El 18 de septiembre Zambrano convocó al pertinente cabildo abierto, que congregó a 300 personas. El anciano dijo: “Aquí está el bastón; disponed de él y del mando”. Casi todos los presentes se pusieron de pie y según el relato de Hernán Brienza, cuyo libro sobre Dorrego es el que utilizamos como fuente, la mayoría reprodujo el grito que había importado su biografiado: “¡Junta queremos!”

Precisamente, se instituyó una y ante la iniciativa del rioplatense, se creó el batallón de Granaderos de Chile, primera fuerza organizada del nuevo gobierno, que se anticipó en un año y medio aproximadamente a la fuerza que organizara San Martín. Días después, arribó a la capital de la vieja Capitanía General Antonio Álvarez Jonte, enviado de la Junta de Buenos Aires. Como no podía ser de otra manera, rápidamente se entendió con Dorrego.

En febrero de 1811 llegaron a Santiago noticias sobre la llegada de refuerzos realistas a Montevideo, concentración de fuerzas amenazadora. Al tanto de la situación, Manuel intercedió ante la Junta chilena para que se involucrara y se comprometiera en la defensa de la revolución antimonárquica. De paso, se ofreció como voluntario ante Álvarez Jonte e inclusive, puso plata de su bolsillo para conformar el cuerpo expedicionario.

De manera que el primer cruce de los Andes por parte de un ejército patriota no fue el que acometió San Martín en 1817, sino el que concretó la columna chilena que a partir de marzo de 1811 para impedir que Buenos Aires retornara a manos realistas, con Manuel Dorrego en sus filas. Desafortunadamente, en abril estalló una asonada contrarrevolucionaria en Santiago que alcanzaría éxito, pero aquel 18 de septiembre ya había quedado en la historia. También hubo un rioplatense escribiéndola: “¡Junta queremos!”

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