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ACTUÓ EN VARIOS PAÍSES

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01/05/2022

Un músico canta en los colectivos como una manera de ganarle a la depresión y obtener algo de dinero

Un músico canta en los colectivos como una manera de ganarle a la depresión y obtener algo de dinero
Un músico canta en los colectivos como una manera de ganarle a la depresión y obtener algo de dinero

Una mañana cualquiera, los pasajeros de colectivos en Bariloche se pueden encontrar con un hombre de sesenta y siete años que se sube al vehículo, guitarra en mano, para entonar unas pocas canciones que sirvan de compañía auditiva durante el viaje. A cambio, de buen modo, solicitará si le pueden ayudar con algo de dinero.

Su voz es cálida. Se nota que se trata de alguien que “sabe” cantar. Es decir, lo suyo no es improvisación.

Lo mismo sucede en su forma de tocar el instrumento. Incluso se toma unos segundos, antes de iniciar su actuación sobre ruedas, para tensar adecuadamente las cuerdas en busca de la afinación óptima.

Se llama Víctor Paz, aunque eso es cierto a medias… Su verdadero nombre es Víctor Hugo Bisco, pero cuando era muy joven, y daba sus primeros pasos en esto de la música, siguiendo ese ideario de que hay que contar con un nombre artístico, aceptó el consejo de quien lo atendió en una gráfica donde fue a realizar unos afiches para sus actuaciones iniciales. El comerciante lo vio tan pacífico que le dijo: “¿Por qué no te ponés Paz?”.

Y ahora, en un hospedaje de la calle Tiscornia, a un par de cuadras de Onelli, mientras un gato insiste en “meterse en la conversación”, comienza a desgranar su historia, teñida por una pátina de oscuridad que lo ha llevado a momentos donde la depresión metió -y a veces todavía mete- la cola.

Así, Víctor narra que nació en Córdoba y que tiene dos hijos: un varón de veintidós, que vive en Bariloche, y una mujer de veinticuatro, que reside en Santiago de Chile.

Señala que lleva dieciocho años en Bariloche, desde que el gerente de un casino de Villa Carlos Paz le consultó si le interesaría tocar un tiempo en esta parte del sur.

Víctor contestó afirmativamente y esa misma noche el encargado se puso en contacto con su par de esta ciudad.

A los quince días, el músico arribó a la localidad.

Nunca se fue, más que para ir a tocar a algún lado y volver.

“A partir de los quince años, mi vida fue la música”, afirma.

Explica que, cuanto él tenía esa edad, su hermano, que participaba en un conjunto vocal llamado Los Serenateros, fue convocado por una agrupación muy popular por aquel entonces denominada Los de Córdoba, así que él pasó a ocupar su lugar.

De ese tiempo evoca viajes a Buenos Aires, con participaciones en emisiones de las radios El Mundo, Splendid, Excelsior.

Su narración está salpicada por vistazos a unas hojas volcadas sobre la mesa.

“Mis recuerdos son tres carpetas con mi currículum”, dice.

Entre las fotos se lo ve con gente como Beto Orlando y Palito Ortega, ya sea arriba del escenario o compartiendo la trastienda de algún show.

Víctor, que había empezado su carrera en el folklore, luego se encaminó por lo melódico y los boleros. 

Con los años, ya como solista, o bien en algún dúo, recorrió gran parte de Latinoamérica: Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela…

Su placard aún guarda camisas destinadas a la actuación compradas en algunos de esos viajes.

El cantante, a partir de la propuesta de un conocido, también llegó a los Estados Unidos.

“Un amigo cordobés que tenía contacto con los propietarios de un lugar en Queens, Nueva York, me preguntó si quería ir. Era un restaurante latino donde todos los fines de semana actuaban artistas de distintos países. Por ejemplo, habían estado Los Visconti y Los 4 de Córdoba. Fui y me quedé un mes; una experiencia muy buena”, manifiesta.

También estuvo en Madrid, donde tocó en un restaurante de dueños rosarinos, cerca de la Puerta del Sol.

Apunta que, tanto en Nueva York como en Madrid, surgieron oportunidades como para quedarse a trabajar. “Pero mis hijos eran chicos, y los extrañaba”, confiesa. 

Luego se separó de la que era su esposa, que regresó con sus hijos a Córdoba (después, el varón, ya adolescente, retornaría junto al papá) y todo se oscureció: “Al tiempo, me agarró una depresión complicada; se me vino la oscuridad… Por los nervios incluso tuve hemorragias digestivas”.

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Recuerda noches en las que, tras haber hecho cantar y bailar a turistas y locales, salía del casino barilochense y no podía evitar largarse a llorar. “Soy enfermo depresivo mayor recurrente”, detalla ahora, ya con el diagnóstico incorporado.

“A mí, esto me agarró de grande, y no sabía qué hacer”, expone.

De esa forma, indica: “Hay mucha gente que no tiene la dimensión de lo que es esto, de lo que significa hacer alegrar a los demás y luego… Les pasó a muchos artistas. Alberto Olmedo, por ejemplo, y Gianni Lunadei, que se suicidó por la depresión”.

Bajoneado, con el peso añadido que le había otorgado la cuarentena, donde no la pasó bien, decidió “colgar” la guitarra.

Pero un amigo remisero le insistía con que cantara en los colectivos.

Le decía que eso lo ayudaría, tanto en lo económico -porque Víctor cobra una pensión mínima– como en lo emocional.

–No me animo, no me da la cara –contestaba él.

Sin embargo, tanta fue la insistencia del amigo que un día lo convenció, y de tomar un café pasaron a estar arriba de un colectivo. 

“Fue hace un año. Me presenté tímidamente. Cuando terminé, la gente aplaudió; desde entonces, no paré”, relata.

Dice que en esos trayectos “no hay revancha”, así que en las dos o tres canciones que interpreta por viaje trata de enfocarse en temas que puedan captar la atención de los pasajeros. Puede ser una composición de Leo Dan o una de Abel Pintos, la cuestión es que el que está enfrente pase un momento agradable.

“Cuando voy a buscar la propina, digo ‘que Dios lo bendiga’, o ‘bendiciones’… Soy creyente, evangélico”, detalla.

En cuanto al modo en que encara su labor, afirma: “Hay cantores de cartón, de plástico, automáticos, y otros que transmiten lo que cantan; yo trato de que las letras lleguen, de dar todo, aunque vayan tres personas a bordo… La gente, que es muy caritativa, cuando vos transmitís humildad, se da cuenta…”.

Cuenta que, a veces, se sube a líneas que no sabe a dónde lo van a llevar, y que en la ciudad hay dos choferes que no dejan subir a nadie para cantar; en ocasiones, le ha tocado que uno pasara detrás del otro y tuvo que quedarse aguardando a que llegara un tercero para poder hacer su arte.

Sobre su estado anímico, revela que últimamente ha "recibido algunos golpes desde lo afectivo”.

Sucede que se había puesto nuevamente en pareja, pero los hijos de la mujer no estaban de acuerdo y todo se complicó…

“Estar solo no es bueno”, suspira Víctor, que luego puntualiza que en la actualidad toma medicamentos para sentirse estabilizado.

“Trato de sobrevivir”, suspira.

El músico reconoce que, de vez en cuando, al bajar del colectivo, tras haber compartido un momento grato con la gente que iba a bordo, le da por llorar.

En esas ocasiones, aguarda en la garita hasta que el llanto pasa, y luego vuelve a subir a otra unidad.

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“La música es lo mío”, sostiene Víctor, que pelea sin vergüenza contra la depresión, y, en ese combate, son más los rounds que gana que los que pierde.

CONTACTO

Aquel que desee hablar con Víctor para una actuación puede consultarle por WhatsApp al +54 9 2944 637071.

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